Los pasajeros se hallaban todos en sus camarotes después de escuchar la noticia que había cambiado el rumbo de su destino. La marea se le había echado encima y el tronar de los truenos se oía junto con los sollozos de las mujeres que aunque estuvieran a salvo en sus camerinos, no podían evitar sentir un miedo en su interior. Sus maridos intentaban consolarlas, lo habían intentado con manzanillas y tilas pero el miedo se encontraba en el crucero en que ellos, al igual que los demás se hallaban. Todos dependían de la suerte. Si la suerte estaría de su favor o por el contrario les daría la espalda. 

Andrea y los demás trabajadores habían aprendido a lo largo de los años de trabajar en alta mar a aprender a controlar el miedo ante situaciones como las que era inevitable que se produjeran. Una de ellas son las tormentas en el mar. Aunque, por primera vez en años, Andrea tenía ante sus ojos la primera tormenta jamás vista en la historia de su vida. Era como si el mar estuviera furioso con ellos.

Max seguía en el timón, o al menos lo intentaba. Luchando contra la marea y la tempestad. Pensando en las vidas de sus pasajeros y la de su tripulación. Algunos palos y amarres habían caído o habían sido destrozados por la fuerza de la tormenta. Pero si conseguía mantener el timón en su sitio y las fuerzas no le fallaban entonces podrían llegar a algún destino. 

—¡Robert! —llamó a gritos, para hacerse oír. 

—¡Sí, Capitán! —respondió desde la cabina de mandos

—¡Manténte al timón! — voy un segundo a mi camarote a por una cosa

La familia de Max, sobre todo los que fueron navegantes, como su abuelo o su padre y demás parientes que no tuvo ocasión de conocer. Dejaron escrita una Antología escrita para Max, al ser el siguiente en la línea sucesiva de la familia de navegantes. En ella había fragmentos de historias o hechos de cada uno de sus generaciones que pasaron la vida en el mar. Él era el siguiente. Rebuscó entre líneas algún indicio de tormentas como las que estaba viviendo, algún familiar que hubiese pasado por algo similar.

Su abuelo siendo marinero había vivido algo parecido, pero tan solo la suerte era el destino que al fin y al cabo le podía deparar. O el mar está de tu lado o por el contrario te da la espalda. Eran las palabras que tuvo ocasión de leer, mientras oía que le llamaba Robert.

—¡Max, Max! —llamó insistentemente

—¡Ya estoy aquí! — respondió

—¡Voy corriendo al control de Mandos!

—¡Robert! —¡Cuidado con el mástil! —gritó Max con todas sus fuerzas.

Robert quedó inconsciente, mientras a su encuentro Andrea y los demás levantaron el mástil con todas sus fuerzas para atender rápidamente a Robert.

—¡Andrea! —le dijo Max. Te ocupas de atender a Robert. Tu eres apta. Has estudiado los primeros auxilios y tienes un master en enfermería. Eres la más indicada. En el caso de necesitarte arriba, te lo haremos saber.

—¡A sus órdenes, Capitán! — Andre asintió 

La tormenta duró dos días más. Dos en los que Andrea atendió a Robert para que se recuperara de su lesión que había sufrido, al parecer en la pierna. Mientras, arriba el mar parecía estar más en calma. Dícese que después de la tormenta viene la calma. 

—¿Te encuentras mejor, Robert? —preguntó a su compañero

—Sí. Y todo gracias a tí, Andrea. Gracias por ayudarme

—Robert, tan solo he hecho mi trabajo. Además. eres mi compañero y me ha gustado saber que te recuperabas de tu inconsciencia. ¡Me habías preocupado!. —exclamó

—De todas formas te debo una.

La tempestad había terminado. Llamaron por comunicación a los pasajeros para anunciarles la buena noticia. Ahora quedaba trabajo por hacer, sobre todo en reparar los daños causados. Había zonas a los pasajeros que les fue prohibido el acceso por motivos de seguridad.Pero tenían el buffet y la sala de estar para estar paseando en el barco, sin olvidar la zona de baile que por la noches solían frecuentar. Lo que las vistas arriba no eran precisamente las mejores, el barco había sufrido daños y había que hacer reforma. El vuelo de una hermosa mariposa indicó a la tripulación que el mar había estado de su lado al estar vivos. 

El crucero había quedado anclado en una isla paradisíaca, cuyo nombre no sabían cuál era ni tampoco sabían dónde se encontraban. Aunque Max y la tripulación prefirieron no alertar a la gente, sin saber exactamente en qué punto se encontraban. 

—Todo a su tiempo, todo a su tiempo —pensó Max, frotando la mano en el mentón, mientras con la otra sujetaba la brújula que no le marcaba en qué dirección ir.