Andrea trabajaba casi siempre fuera de su hogar. A sus veinticinco años, se encontraba en un crucero en alta mar, con destino a Hawaii. Le habían contratado durante nueve meses para ser una más en el servicio del barco, junto a otros ayudantes de la tripulación. Andrea se encargaba especialmente de ayudar en la sobrecarga y recogida de equipaje de los pasajeros. Aparte de otras tareas que le iban asignando junto a los demás. El trabajo en un barco siempre era considerado un trabajo de equipo. Como empleada del crucero, tenía que saber trabajar con todos los tripulantes y saber colaborar con todos ellos en distintas tareas del barco.

En el crucero a Hawaii había bastantes personas. También era temporada alta y muchos eran los que aprovechaban las vacaciones, así como turistas que aprovechaban las vacaciones en familia para salir de la rutina cotidiana. Todos los pasajeros tenían sus respectivos camarotes y Andrea junto con su compañera, recogían las migajas de pan que habían dejado sobre la mesa del servicio de comida.

Todo parecía ir viento en popa, pero Robert, encargado de ser el oficial radioeléctrico que se encontraba en unos de los camerinos próximo al del comandante Max, estaba intentando comunicarse con los de su equipo sin éxito, las interferencias se lo estaban impidiendo. Habían perdido la señal de comunicación. Una marea se aproximaba sin que los demás pudieran tener constancia de ello. El comandante intentaba mantener la calma a sabiendas de que sin comunicación le sería imposible combatir el mal tiempo que se aproximaba. El comandante y el oficial radioeléctrico se miraron a los ojos. Sobraban las palabras. Solo un milagro les podía salvar. Una señal.

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Max era el comandante del barco. Desde muy niño había sido criado bajo la influencia del mar. Sus parientes habían sido desde marineros, pescadores, hombres dedicados al mar y su padre, que en paz descanse, llegó a ser comandante. Max había seguido los pasos de su familia. 

Había escuchado muchas historias desde su infancia hasta llegar a su adolescencia, pero nunca se había encontrado con un dilema como el que tenía enfrente. Solo si se rezaba a un ángel, o un Santo, tal vez con suerte el oficial Robert y él pudieran salir del apuro en que se encontraban. Ellos y toda la tripulación, de la que nadie tenía constancia, por la falta de comunicación. 

Por otro lado Robert intentaba por todos los medios poder hallar un medio para comunicarse, sin tener que llegar a alarmar a la tripulación. Todos los trabajadores llevaban consigo un móvil que les hacían llegar avisos para estar en contacto entre ellos, ya que el crucero era tan grande que era una vía de trabajo para saber en dónde y en qué zona estaban trabajando, en el caso en que tuvieran que repartirse los trabajos o demás quehaceres.

—Aquí Robert —¿se me oye? —preguntó mientras iba tocando nervioso cada botón que tenía delante.

—La marea se acerca. —respondió Max mientras ojeaba con los prismáticos

—Solo necesito contactar con alguien para que pueda llegar hasta aquí y podamos salir. —respondió nervioso Robert. —añadiendo —y que éste avise a la tripulación para que aguarde en sus camerinos hasta que pase la tempestad.

—Eso sí conseguimos contactar y salir de aquí — dijo con cierto temor en la voz Max. 

Robert tecleó con todas sus fuerzas con la finalidad de poder contactar, aunque solo fuera con una persona de la tripulación. Rezó con todos sus fuerzas. Necesitaba un milagro. Nunca se había enfrentado a un problema como oficial radioeléctrico, como el que tenía delante y más con una tormenta aventándose. Pensó en su familia que había dejado a tierra, en su mujer e hija y tras pulsar varias teclas más, la radio emitió un pitido distinto a los anteriores. 

Andrea se encontraba sirviendo bandejas de brócoli, para la tripulación que había bajado al servicio de restaurante para cenar, cuando de repente en el bolsillo de su pantalón notó una vibración. Su móvil estaba dando una señal de aviso. Depositó la bandeja en la mesa y al retirarse cogió el móvil. 

—¿Sí, me oye? —oyó la voz nerviosa de Robert a través del auricular.

—Sí le oigo, habla Andrea. ¿sucede algo? —preguntó por la voz de agobio del oficial

—Estamos en alerta roja. El capitán y yo estamos encerrados en mi sitio de trabajo y hasta ahora has sido la única persona con la que nos hemos podido comunicar, tras muchos intentos fallidos. 

—¿Qué? —preguntó alarmada.

—¡Andrea, escúchame! —aquí habla el capitán Max. Tienes diez minutos. Cinco para venir a rescatarnos y abrirnos la puerta en la que nos encontramos encerrados y cinco para avisar con cautela y tranquilidad, que todos los pasajeros se vayan a sus camarotes. —añadió —la marea se está acercando y la tormenta dentro de poco la tendremos encima. Pit..pit..pit…  —La llamada se cortó.

Andrea no perdió más tiempo y fue directamente a dónde se encontraba el puesto de trabajo del oficial radioeléctrico. Al llegar se encontró con ambos encerrados en la cabina. Extrajo de uno de sus bolsillos unas llaves de repuesto para estos casos y tras varios intentos fallidos a la tercera pudo sacarlos de la cabina, mientras podía observar detrás de ellos la tormenta que se avecinaba.

—¡Gracias Andrea! —le agradecieron. Ahora subamos no hay tiempo que perder. 

Seguida del oficial y del comandante Robert fueron a avisar a toda la tripulación con ayuda de un megáfono que se resguardaran en sus camerinos. 

—”A todos los pasajeros, les habla el oficial de parte del capitán. Recomiendo que todos dejen lo que están haciendo y vayan a resguardarse a sus camerinos. Tenemos una tormenta que se avecina con rapidez y la marea va subiendo cada vez más.”  — Les mantendremos informados.

Andrea iba acompañando a los pasajeros, mientras les iba calmando haciéndoles saber que sería cuestión de un breve tiempo. No teman, tranquilos  —mantengan la calma —en breve pasará. — Les mantendremos informados.

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Los pasajeros se hallaban todos en sus camarotes después de escuchar la noticia que había cambiado el rumbo de su destino. La marea se le había echado encima y el tronar de los truenos se oía junto con los sollozos de las mujeres que aunque estuvieran a salvo en sus camerinos, no podían evitar sentir un miedo en su interior. Sus maridos intentaban consolarlas, lo habían intentado con manzanillas y tilas pero el miedo se encontraba en el crucero en que ellos, al igual que los demás se hallaban. Todos dependían de la suerte. Si la suerte estaría de su favor o por el contrario les daría la espalda. 

Andrea y los demás trabajadores habían aprendido a lo largo de los años de trabajar en alta mar a aprender a controlar el miedo ante situaciones como las que era inevitable que se produjeran. Una de ellas son las tormentas en el mar. Aunque, por primera vez en años, Andrea tenía ante sus ojos la primera tormenta jamás vista en la historia de su vida. Era como si el mar estuviera furioso con ellos.

Max seguía en el timón, o al menos lo intentaba. Luchando contra la marea y la tempestad. Pensando en las vidas de sus pasajeros y la de su tripulación. Algunos palos y amarres habían caído o habían sido destrozados por la fuerza de la tormenta. Pero si conseguía mantener el timón en su sitio y las fuerzas no le fallaban entonces podrían llegar a algún destino. 

—¡Robert! —llamó a gritos, para hacerse oír. 

—¡Sí, Capitán! —respondió desde la cabina de mandos

—¡Manténte al timón! — voy un segundo a mi camarote a por una cosa

La familia de Max, sobre todo los que fueron navegantes, como su abuelo o su padre y demás parientes que no tuvo ocasión de conocer. Dejaron escrita una Antología escrita para Max, al ser el siguiente en la línea sucesiva de la familia de navegantes. En ella había fragmentos de historias o hechos de cada uno de sus generaciones que pasaron la vida en el mar. Él era el siguiente. Rebuscó entre líneas algún indicio de tormentas como las que estaba viviendo, algún familiar que hubiese pasado por algo similar.

Su abuelo siendo marinero había vivido algo parecido, pero tan solo la suerte era el destino que al fin y al cabo le podía deparar. O el mar está de tu lado o por el contrario te da la espalda. Eran las palabras que tuvo ocasión de leer, mientras oía que le llamaba Robert.

—¡Max, Max! —llamó insistentemente

—¡Ya estoy aquí! — respondió

—¡Voy corriendo al control de Mandos!

—¡Robert! —¡Cuidado con el mástil! —gritó Max con todas sus fuerzas.

Robert quedó inconsciente, mientras a su encuentro Andrea y los demás levantaron el mástil con todas sus fuerzas para atender rápidamente a Robert.

—¡Andrea! —le dijo Max. Te ocupas de atender a Robert. Tu eres apta. Has estudiado los primeros auxilios y tienes un master en enfermería. Eres la más indicada. En el caso de necesitarte arriba, te lo haremos saber.

—¡A sus órdenes, Capitán! — Andre asintió 

La tormenta duró dos días más. Dos en los que Andrea atendió a Robert para que se recuperara de su lesión que había sufrido, al parecer en la pierna. Mientras, arriba el mar parecía estar más en calma. Dícese que después de la tormenta viene la calma. 

—¿Te encuentras mejor, Robert? —preguntó a su compañero

—Sí. Y todo gracias a tí, Andrea. Gracias por ayudarme

—Robert, tan solo he hecho mi trabajo. Además. eres mi compañero y me ha gustado saber que te recuperabas de tu inconsciencia. ¡Me habías preocupado!. —exclamó

—De todas formas te debo una.

La tempestad había terminado. Llamaron por comunicación a los pasajeros para anunciarles la buena noticia. Ahora quedaba trabajo por hacer, sobre todo en reparar los daños causados. Había zonas a los pasajeros que les fue prohibido el acceso por motivos de seguridad. Pero tenían el buffet y la sala de estar para estar paseando en el barco, sin olvidar la zona de baile que por la noches solían frecuentar. Lo que las vistas arriba no eran precisamente las mejores, el barco había sufrido daños y había que hacer reforma. El vuelo de una hermosa mariposa indicó a la tripulación que el mar había estado de su lado al estar vivos. 

El crucero había quedado anclado en una isla paradisíaca, cuyo nombre no sabían cuál era ni tampoco sabían dónde se encontraban. Aunque Max y la tripulación prefirieron no alertar a la gente, sin saber exactamente en qué punto se encontraban. 

—Todo a su tiempo, todo a su tiempo —pensó Max, frotando la mano en el mentón, mientras con la otra sujetaba la brújula que no le marcaba en qué dirección ir.

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Se encontraban en una isla paradisíaca donde se podía ver la blanca arena de una cautivadora playa virgen. El capitán ordenó a la tripulación ayudar a los pasajeros a aterrizar en la playa, con ayuda de los botes salvavidas, durante el tiempo que se necesitará para arreglar los daños causados por la tormenta. 

—¡No os alejéis! —ordenó Max. Permaneced unidos y a ser posible en grupos. 

Andrea quedó prendida por el maravilloso paisaje que la envolvía. Jamás sus pies habían pisado una isla como aquélla. Los cocoteros de las palmeras asomaban, rodeados de una calma sin igual. Tuvo la sensación de estar viviendo un sueño.

Robert decidió quedarse cerca del Capitán, mientras observaba al grupo de pasajeros cómo perplejos algunos y otros un tanto preocupados, esperaban noticias. 

—¿Cómo te encuentras de la pierna, Robert? —preguntó Max

—Recuperándose. Aún tengo molestias por lo que prefiero quedarme cerca de los pasajeros si no le importa, para de esta forma comprobar su estado emocional y que nadie se separe. 

—Mejor, Robert. Además, tal vez necesite de tu ayuda para resolver una duda —respondió Max mientras extendía ante sus ojos un mapa que le ayudará a resolver en qué punto se encontraban.

—No sé dónde nos encontramos. Mi brújula se ha extraviado y no tengo ningún punto de referencia, por el momento. Pero, saldremos de esta, Robert. 

Andrea siguió andando absorta en sus pensamientos, embelesada por la belleza de la isla que sin darse cuenta se había alejado demasiado. Puso su mano a modo de visera, y un escalofrío recorrió su cuerpo. Intentó mantener la calma, llamando a sus compañeros, con el fin de que la oyeran.

—¡Robert, Max, !.. —llamó a gritos para ser escuchada. No recibió ninguna respuesta. Cansada y aturdida, detrás de unas rocas ocultas creyó ver algo escondido. Se acercó al lugar indicado, con cautela y sus ojos vieron un baúl. Parecía a simple vista abandonado, no se había visto a nadie en el lugar durante todo el tiempo. 

El candado se encontraba roído por lo que pudo levantar y ver su contenido. El grito de Andrea se hizo oír entre Robert y Max por unos segundos.

—¡Andrea, Andrea! —exclamó Robert. Capitán me ha parecido oír la voz de Andrea. ¡No se encuentra entre los demás! —Tengo que buscarla, Max.

—¡Espera! —exclamó Max mirando la pierna herida de Robert. Te acompaño —le sugirió. 

—Voy a avisar a los demás que se queden junto a los pasajeros. Pronto anochecerá.

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