Miriam, era una mujer de cuarenta y tres años. Entrenadora de perros policía por vocación. Tanto fuera como dentro del ámbito laboral destacaba por su tacañería y una motivación de avaricia, incomprensible. Los que la conocían siempre decían que era muy gruñona aunque también también la consideraban una persona muy decidida y emprendedora. Cualidad que le hizo destacar en su oficio.

Vivía en su apartamento de soltera junto a sus dos perros, ya que consideraba a los animales mejores personas que el propio hombre. Pero los años pasaban y a ellos nunca le importó no encontrar el amor de su vida, aunque tampoco ella tuvo intención de buscarlo. A veces sus recuerdos se remontaban a cuando a su padre aún vivía, cuántas veces no le había advertido que no quedara sola. La soledad era muy vacía. Pero Miriam se refugió en su trabajo y sus perros y emprendió una vida en solitario.

Su padre había sido pintor. Y de todos su pinturas solo una de ellas no había expuesto ni enseñado jamás a nadie. Jamás. Miriam tenía la necesidad de encontrar un retrato. El que su padre dibujo y que por motivos desconocidos no se sabía de su existencia ni procedencia. Investigó en sus ratos libres, buscando pistas que le condujeran al cuadro que su padre, en paz descanse, hizo en esa época. Miriam era pequeña para ese entonces para poder recordar. Cualquier pista valía para ella.

Rebuscó el nombre de su padre en libros y revistas de arte, incluso en exposiciones, para hallar el retrato. Un día pidió permiso al trabajo para poder hacer un viaje de unos días. Había hallado una pequeña pista que podría ser una mera coincidencia o tal vez se estaba acercando. El nombre de su padre había aparecido en una posesión aislada de la ciudad.

—Buenos días —saludó.

—Buenos días ¿desea algo? —preguntó una anciana mujer, menuda, de ojos celestes que le recordaron a los de su padre.

—El caso es es que pregunto por Mikel Roman —pronunciando el nombre de su padre.

La mujer palideció al instante. Hubo un intenso silencio, que aunque breve pareció durar una eternidad.

—¿Quién pregunta por él? — quiso saber la anciana, antes de responder.

—Soy su hija, Miriam. Soy la hija de Mikel Roman. —respondió

—¿Su hija? —preguntó sin salir de su asombro. Mientras unas lágrimas resbalaban por sus mejillas. El era mi hermano. Aunque el hace dos años nos dejó, mi niña..

—Si sé que falleció…Espere —¿¿Hermana?. Es decir, eres mi ¡Tia! —exclamó Miriam.

—Tu tía Melani. Tu padre y yo estábamos muy unidos. Hasta que las circunstancias nos llevaron a alejarnos.

—¿Por qué?, quiso saber.

—Los dos rehicimos nuestras vidas. El se casó. Te tuvo a ti y yo por otro lado, no estaba pasando uno de mis mejores momentos y decidí alejarme. No de tu padre, al contrario. Sino de la ciudad. Necesitaba un poco de armonía en mi vida. A tu madre, le afectó al igual que a tu padre, el que no estuvieramos unidos. Por un lado, los comprendía. No los juzgo. Pero había salido de una relación muy dolorosa y no podía estar en contacto con otras personas. Necesitaba de la armonía de esta paz que como ves abunda en esta posesión.

—¿Qué te trae por aquí? —preguntó. Apenas debes de reconocerme. Eras una niña cuando me vine a vivir aquí.

—Tía Melani, estoy buscando un retrato que en vida mi padre dibujó y que nunca ha salido a la luz, porque el así lo deseó. Pero no hay día que no deje de pensar en encontrarlo. Me he armado de valor y de esperanza, pero no logro encontrar las pistas que me lleguen a él.

Los ojos de Melani brillaron con intensidad. Lo tengo yo —afirmó sin tapujos. Ven, sígueme.

Miriam, no salía de su asombro, estupefacta, deseando ver el retrato. Miriam —le tengo un gran cariño. Ha llegado el día en que a tus manos debe de ir. Tu padre no quiso exponerlo, porque era un regalo para mi. Fue una de sus obras más personales. Para que tuviera un retrato de tu padre contigo de niña. Le dijo ofreciendo el retrato en las manos de Miriam.

—Ahora es tuyo. Lo he guardado y cuidado con mucha delicadeza pero ha llegado la hora que regrese a las manos de su hija — que eres tú, Miriam.

—Muchas gracias. No tengo palabras.

—No me las des. Te pertenece. Aquí ha estado durante todo este tiempo. Sabía que este día llegaría y vendrías a por él, en su búsqueda. Ambas se abrazaron y prometieron verse más a menudo. La tía Melani era su única familia que le quedaba.