Se avecinaba una noche fría. Tomás, el anciano librero de la librería del condado estaba terminando de limpiar los estantes y recoger algún que otro tomo de libros que habían quedado en la mesa, cuando una ráfaga de aire polar había abierto la ventana. Al cerrarla, pudo ver como había cambiado el tiempo. Se esperaban lluvias, pero lo que no se había previsto era que ráfagas de viento acompañadas de pequeñas gotas de granizo empezaran a caer, éstas fueron en aumento. La calle quedó desierta. Solo se oía el ulular del viento como azotaba con fuerza.

Tomás vivía solo. En la planta de arriba a la librería tenía dos habitaciones junto con una mini cocina y un aseo. Siempre pensaba en sus dos hijos, esperando de ellos alguna carta o una calurosa bienvenida. Por desgracia, nunca llegó ese día. Ellos partieron a hacer sus vidas en el extranjero. Estaban lejos para verse y la distancia los había alejado aún más de sus poblado natal. Las fechas navideñas se acercaban y Tomás se acordaba especialmente de ellos por estas fechas, ansiando siempre el deseo de verlos en alguna fecha festiva, aunque solo fueran ilusiones.

Sus pensamientos fueron despertados por golpes insistentes en la puerta. Alguien parecía tocar a la puerta o era el viento que hacia volar cualquier cosa u objeto que pasará por su lado…tan solo acercarse a la puerta sus pies empezaron a notar el frío como calaba afuera.. Los golpes insistían de mayor a menor fuerza. Echó una ojeada por el visor de la puerta y sus ojos se agrandaron al ver a una joven, desprovista de su paraguas que había echado a volar y pidiendo ayuda.

—¡Dios Santo! —exclamó al verla.

—¡Ayuda, ayuda ! —alguien abra la puerta

Tomás la hizo entrar, encendió la chimenea y sin preguntarle siquiera su nombre, dejó primero que entrara en calor. Se encontraba en un estado que no creía que hubiera aguantado mucho mas afuera, en las frías y nevadas calles. Poco a poco fue entrando en calor y sus labios dejaron de escocerle por el frío. El entumecimiento en su rostro, pronto estaba recobrando color.

—¿Te has perdido? — quiso saber Tomás.

—Estaba intentar encontrar el paradero de un familiar, cuando el granizo me cogió por sorpresa y me desvié del camino, caminando sin un rumbo fijo.

—¡Oh vaya! —por tu acento no pareces de por aquí ¿me equivoco? —preguntó extrañado

—Mi nombre es Amanda. Vengo de muy lejos en busca de respuestas. Estoy intentando buscar el motivo por el cual se me negó conocer a mi abuelo.

—Lo encontrarás. Ten fe.

Sus ojos color pardo como los del anciano lo descolocaron. ¿acaso no sería..?. Demasiadas casualidades, —pensó. Mientras cómo le gustaría haber tenido nietos. La nostalgia se apoderó de él, pensando en sus hijos.

—Yo tengo a dos hijos. Ya son mayores y se fueron a vivir al extranjero. Desde entonces no los he vuelto a ver por aquí. Sus mujeres los arrastraron en un mundo donde el poder los ha absorbido y no ven más allá… ¿Cómo se llama a quién buscas?. Tal vez te pueda se de ayuda.

—Su nombre es Tomás. Busco a mi abuelo Tomás Suárez.

Tomás palideció al instante. Tenía ante sus ojos a la que podría ser perfectamente su nieta. —Chiquilla, no importa que busques más. Yo soy el Tomás que estás buscando. Soy tu abuelo.

—¿Saben tus padres que estás aquí? —preguntó.

—Les dije que iba a encontrarte. Que quería ir en busca de mi abuelo. De mis raíces.

A raíz de entonces surgió una amistad y un vínculo entre Tomás y su nieta. La dejó vivir con el todo el tiempo que ella quisiera. Su librería sería suya y la única heredera de todos sus libros y bienes.

El día en que falleció sus hijos junto a sus esposas vieron el testamento, donde el anciano había dejado todo a su nieta Amanda. La única que se había dignado a ir en su busca.

Amanda decidió dedicarse a la librería y cuidarla así como su abuelo lo hizo en vida. Amante de los libros, le dedicó todo su cariño y su pasión en nombre de su abuelo Tomás.