Sonia cogió un libro de las estantería. De hecho el único. Su caucásica piel, contrastaba con sus cabellos castaños. Se preguntó que hacía estantería en la sala de espera, si tan solo había un libro que ojear o ser leído. Al levantar la vista, se percató del motivo. Todos los presentes en salita, se encontraban esperando su turno cada uno mirando su teléfono u aparato electrónico que llevara encima. Triste pero cierta realidad. Ella era la única que en sus manos sostenía un libro.

Revivió ese primer momento que sigue vivo en su mente. A partir de entonces, no ha sido ni la primera ni última vez en que se ha encontrado en la misma situación, en cualquier lugar, parque, incluso entre los bares donde se reúnen los amigos y parejas para hablar de sus cosas. Siempre sostienen o están a un lado de la mesa, los teléfonos. Lo que pierden en navegar entre líneas de muchos libros que abundan por el mundo, lo que ellos ganan en tecnología lo pierden en cultura.

Los años han transcurrido y Sonia ya no es la joven de antaño. Gracias a los libros supo apreciar mucho mas la vida y vivir sin el estres que nos hace depender el teléfono móvil. Ganó en salud y en tranquilidad. Aunque perdió otras cosas por el camino. Comprendió que la salud era mucho más importante.