—¡Estas preciosa! —exclamó su hermana. Lo digo en serio, mírate en el espejo y verás lo hermosa que estás.

—Gracias, hermana. —respondió Miriam, mientras se contemplaba en el espejo.

Miriam se miro largo y tendido en el espejo. Iba vestida con un glamuroso vestido rosado que hacía juego con un turbante que a su mesita se encontraba. El miriñaque de debajo de su vestimenta, estaba bien ajustado. Se levantó, dio un giro a su alrededor y al verse tan hermosa se desanimó.

—¿ocurre algo? —le preguntó su hermana, extrañada. Estás perfecta y te ves muy hermosa —añadió

—Ese es el problema. —afirmó Miriam a su hermana menor.

—¡Explícate! —Tal vez pueda ayudarte.

Miriam la miró sin saber si la comprendería. Era más joven e inocente y no sabía si la comprendería. Hizo un intento por conseguir que lo entendiera.

—¡Ay, hermanita mía.! —empezó diciendo —Cuando te alcances mi edad, me comprenderás mejor. El problemas de ser tan hermosa, es que más candidatos quieren casarse contigo o por ser princesas, como nosotras. Nuestro padre es quien nos designa un futuro marido, por supuesto, de alto rango.

—Pero, el amor está ahí afuera. Tu debes casarte con quien quieras.

—¡Ojala fuese así, pero no lo es! —y menos para nosotras, que somos nacidas de alta cuna.

—Pueda que sea menor que tu, pero de una cosa estoy segura y es que aún siendo princesa, seré yo con quien desee casarme. No podrán obligarme a casarme con quien Padre diga.

Miriam quedó mirando a su hermana y aunque solo fueran palabras para consolarla, era una gran verdad. Quedó pensando en las palabras de su hermana menor, asomada en la ventana. Un trovador la vio asomado en el balcón, y al verla, quedó prendida de tan radiante mujer. El trovador no pudo resistirse y una balada de amor compuso para la mujer de tez blanca y vestido rosado.

Miriam al escuchar los versos de aquella balada, quedó prendida de sentimientos hacia quien la había compuesto. Al bajar la mirada vio con sus ojos a un joven trovador. Sus miradas se cruzaron y fue entonces en ese fragmento de tiempo en el que el amor empezaba a surgir entre ambos. Un trovador y una princesa. Pensó en las palabras de su hermana, de nuevo y se dijo a sí misma que dejaría escuchar a a su corazón y saltarse alguna que otra norma que en el palacio se les había impuesto por ser las hijas de un Rey.