—Si es que se venia venir, Manolo. Ya te lo dije en más de una ocasión. Silvia, la hija de la vecina esta en cinta

—¡Pero es que las mujeres sois muy exageradas! —exclamó su marido

—¡Exagerada, puede ser! — pero esta vez no me he equivocado.

—¡Mujer, anda y qué más te da! —es un problema suyo. No es de nuestra incumbencia.

Silvia era la hija de la vecina que Manolo y Juana tenían como vecinos. Vivían en unos adosados y ellos eran sus únicos vecinos, ya que su casa era la que hacía esquina. Cierto día les llamó la atención ver a Silvia por la mañana, con ojeras. Esperaba a su novio, el chico con el que estaba saliendo, que había salido apresurado del coche y en ese momento Juana se dio cuenta, mientras los observaba que Silvia posaba en su vientre la mano de su novio. Desde ese pequeño instante en la mente de Juana empezaron las sospechas. Sospechas que fueron reveladas a medida que pasaron los días. Cuando recibieron una carta en el buzón;

—Queridos vecinos Manolo y Juana,

Tenemos el placer de invitarles a nuestra ceremonia nupcial, que será en breve. En unas semanas.

Un cordial saludo, Silvia y Rodrigo.

—¡Manolo, Manolo! —lee esta invitación. ¿estás de acuerdo con mis sospechas?

—Bueno mujer, y si así fuera. A fin de cuentas, es cosa de ellos.

—¡Hombres! —a veces no entendéis a las mujeres.

Manolo asintió con la cabeza y dando la razón a su mujer siguió leyendo el periódico.

El día de la ceremonia nupcial, no solo Teresa era la que sospechaba de que posiblemente estuviera en cinta, sino alguna que otra mujer pensaba igual que ella. Los padres intentaron disimular, ofreciendo a los invitados al igual que los novios una sonrisa, conforme iban llegando. La ceremonia siguió su curso, hasta que vinieron las preguntas de alguna que otra vecina que sentía curiosidad por tantas prisa en casarse.

—¡Felicidades a los dos! —exclamó una de ellas. Pero ¿y esas prisas?. Hoy en día la juventud casi no se casa

—Porque nos queremos, señora Josefa. —respondió la joven. Ahora si me disculpa. Debo asearme.

Silvia salió en busca del aseo más próximo, donde encontró a Juana retocándose. Pero Silvia no podía más y devolvió en el lavabo. A salir, se encontraba un tanto pálida y Juana le ofreció su maquillaje para poder disimular la palidez.

—Gracias… —respondió dubitativa.

Juana asintió. Sobraban las palabras. Con la mirada se lo habían dicho todo. El secreto estaba a salvo con su vecina, hasta que Silvia y Rodrigo tuvieran que dar la noticia, un mes mas tarde de la boda.