Isabella había crecido desde que tenía uso de razón a todo lujo. Con su padre al mando de una gran internacional. Ella y su madre podían mantener el privilegio de gastarse el dinero en sus caprichosos. Desde ropa de primera clase hasta el más impoluto detalle de su cuidado personal. Tanto hija como madre eran uña y carne, viviendo a costa de las riquezas que entraban gracias a los contactos de su padre.
Nunca tuvieron que preocuparse de no poder viajar a donde ellas quisieran, de no poder gastarlo en hacer o comprar aquello que deseaban. Sus rostros eran sonrisas falsas, enmascaradas por un precio muy alto que debían pagar a cambio de tener todos esos bienes preciados y todo aquello que se les antojase.

El precio que tenían que pagar fue el tener, por un lado su madre que casarse con un hombre con dinero pero carente de amor mutuo. Sin embargo, Isabella pasaba por delante de sus amigas, mirando de arriba a abajo, creyéndose la diosa de la belleza por tener el mejor estilista y llevar la mejor ropa. Pero carecía de amistades verdaderas y del amor y cariño de un padre. Desconocía esa faceta. La vida le había enseñado a que con belleza lo podía conseguir todo y no era así, que con dinero lo podía tener todo a su alcance. Su madre, fue la primera que le enseñó esas enseñanzas. Ella y su familia habían vivido en una burbuja de aire. Sumergidos en un mundo en el que solo gobernaba el dinero, la fama y el ser la mejor.

La vida le enseñó otra enseñanza. Isabella comprobó a medida que fue creciendo como todos se alejaban de ella. El vacío que sentía en su interior al verse marginada, al igual que ella había despreciado a todos sus llamados amigos. Se encontró sola, con un fajo de dinero que no le dieron solución alguna. La amistad al igual que el amor no lo conseguiría con tener mucho. Basta con poco para ser feliz.

A todo lujo, quiero vivir yo. A todo lujo seré feliz. Cuando la realidad, es muy distinta. Mejor tarde darse cuenta de que no es así, que no darse nunca cuenta de la realidad.