En la madrugada de una noche fría de Febrero. En la calle 113, un disparó se oyó desde la lejanía. La calle 113 era bien conocida por estar en una de la zonas donde más altercados y peleas callejeras solían frecuentar. El ruido de los bares y demás pubs se vieron en vueltos por un silencio sepulcral al oír el disparo. La música cesó, como si el tiempo hubiese parado y se vieran los jugadores de cartas, como depositaban las cartas en la mesa. Por otro lado, los borrachos de algunos bares dejaron de pelearse entre ellos. El sonido de aquel disparo proveniente de la fachada de color gris y desgastado por el tiempo, llevaba marcada la sangre del hombre al que habían disparado y en el suelo se hallaba sin vida.

—¡Llamad a un hospital! —exclamó un hombre que se encontraba cerca del incidente. —tal vez podamos reanimarlo con electro choks.

—¿Quién le ha disparado? —preguntó la dueña del prostíbulo que era bien conocido en la zona, sobre todo por la clientela varonil que solía frecuentarlo.

—¡Es Don Julián! —exclamó la dueña del prostíbulo.

—¿Lo conoce? —si, por supuesto. Lo conozco del buen trato y de que es un cliente que suele frecuentar mi local y a las chicas, en general.., mientras percibía en su interior, pensativa. quien podría haber sido la asesina del crimen.

A lo lejos se oía el sonido de la ambulancia, mientras la dueña el local levantaba la cabeza hacía su vivienda.

—¿Ocurre algo? —preguntó el hombre, desconcertado

—Tengo el mal presentimiento de que posiblemente podría haber sido su mujer la asesina de Don Julián. Hace tiempo que su relación fue disminuyendo, por eso Julián merodeaba frecuentemente mi local, en busca de chicas de compañía que le ofrecían el sexo que su mujer le había dejado de ofrecer. Todos los del barrio sabían de su ruptura. Aunque aparentaban ser una pareja perfecta, dentro de la casa era muy distinto.

Mientras la ambulancia recogía el cuerpo sin vida, y sin apenas posibilidades de que pudieran reanimarlo, la dueña del local no paraba de levantar la vista hacia la ventana. Una sombra había percibido en la habitación. La sombra de su mujer, escondida y a oscuras.

—¡No te escondas, Filomena! —exclamó. Tus manos manchadas de sangre están. Has matado a tu esposo. Yo misma seré la que se encarguen de esposarte y que cargues con el peso de la culpa por haber asesinado a sangre fría a Don Julián.