Dunia se encontraba en la sala de estar junto a Dereck, mientras el televisor retransmitía una película a la que no prestaba demasiado interés. Su mente se encontraba pensando en que tenía que hablar con Dereck. 

—Dereck —creo que debemos hablar —le sugirió, mientras le cogía cariñosamente de la mano. 

—¿Ha ocurrido algo, Dunia? —preguntó alarmado. Sobre todo por los cambios de humor que solía frecuentar últimamente Dunia. 

—Le he estado dando varias vueltas y creo que deberíamos hacer las paces con la policía. 

—¿estás segura de que es buena idea? — respondió dubitativo.

—Dereck, no he olvidado y no voy a poder olvidar nunca lo que hizo y nos hizo. Pero, creo que es conveniente no tener rivalidad alguna con la ley. Lo que me importa ahora somos nosotros dos. No me importa nada mas.  

—Entiendo —musitó mientras se acariciaba, el mentón de la barbilla. No es que perdones al policía por lo hizo sino para no tener problemas en un futuro, ¿es eso lo que quieres dar a entender?

—Exactamente —afirmó Dunia

Decidieron entre los dos invitarlo a cenar. Dereck no había dicho nada, pero eso le sonaba más a chantaje que a otra cosa, aunque prefirió no decir nada y seguir los pasos de Dunia. Prefería en estos momentos seguir sus pasos que no contradecirla, por temor a que hiciera alguna locura de la que se pudiera arrepentir.  

Dereck desconocía las salidas y quedadas que había mantenido con la hechicera y todo lo que había aprendido. En el sótano, Dunia tenía sus anotaciones y su muñeco vudú. Antes de la cena lo preparó con esmero, clavando cada aguja donde tenía que estar, en el punto exacto, donde sabía dónde percibir el dolor. 

Cuando el cielo se tiño de negro invitaron a una pizza al policía para hacer las supuestas paces. 

En la cena se vistió de negro, con el medallón de plata que le dió la hechicera. Dereck, encontró a Dunia radiante como siempre, aunque no dejaba de tener ese aire misterioso, que todavía detectaba en su amada. ¿Habría sido buena idea invitarlo? —pensó Dereck para sus adentros…

—¡Toc, Toc! —llamaban a la puerta. El policía llegó a la hora indicada con unas cervezas en la mano.

—Pase, pase… —se apresuró a indicar Dunia. No tenía porqué molestarse —le respondió, al ver que en las manos traía cervezas. 

—Era lo mínimo que podía hacer —respondió educadamente. 

La velada parecía ir según lo previsto y Dereck se alegraba interiormente de que no hubiera habido ningún percance. Era lo que más temía. Entre alguna que otra risa o comentario gracioso, por lo demás, Dereck creía que la cena daría sus frutos y terminaría en una cena tranquila. 

—A veces me consideran un Mefistófeles —aunque no creerán en esas historias, imagino —dijo a modo de broma y suavizar el entorno, negando con la cabeza. 

Tras tomar otra cerveza, el policía empezó a sentirse un poco mareado, así que decidió irse a casa. 

—Gracias por todo —pero debo irme, me he empezado a sentir mal, repentinamente, mientras se tocaba el pecho con una mano y con la otra el estómago. En el mismo lugar donde Dunia tenía clavadas las agujas de su muñeco vudú. 

—A usted, por venir —respondió Dunia.

—¿Desea que le acompañe? —le preguntó Dereck, ofreciendo su ayuda. 

—No será necesario. En serio. Muchas gracias.

Al cerrar la puerta y despedirse, Dunia se acercó a la ventana más próxima y vio alejarse al policía. “Tu pesadilla solo ha hecho más que empezar” —pensó para sí misma, esbozando una sonrisa, un tanto siniestra.