El castillo de Drácula se encuentra en Transilvania. Imponente en la noche, mientras murciélagos siguen revoleteando el lugar en busca de su amo, perdido o desaparecido. Nunca más se ha vuelto a saber de él. A largo de los años se ha perdido el temor a que un día pueda regresar. De él queda su recuerdo y su pasado. El castillo es el único monumento que honra su nombre.

Mucho son, los que quisieran que se derribaran los muros del castillo, para dar a la maldición o posible posibilidad de que algún día regresara. Por otro lado seguía intacto debido a los historiadores, que gracias a que se trataba de un monumento único e histórico. No debía derribarse, ni construir nada al lado.
Los ciudadanos de Transilvania se dividieron en dos bandos. Los que lo seguían temiendo y los que por salvar la historia de Transilvania, el castillo permanecía igual que siempre lo había estado.

Las sombras se cernían bajo un manto de oscuridad absoluta, mientras en las profundidades del suelo del castillo, había un subterránea que jamás nadie había podido ver. En el se encontraba dormitando en una de sus tumbas el que lo había oído y visto, todo lo que decían de el. De madrugada salía en forma de murciélago para no se visto, comiendo animales salvajes o ratas de las cloacas. No volvió a alimentarse de humanos, ni mucho menos convertir a nadie para que juntos pudieran vivir una vida eterna.

Mina fue la única a la que le ofreció la inmortalidad. Durante todo este tiempo había hecho duelo por la que fue su adorada compañera, amante y mujer. Hasta que el los rayos del sol la convirtieron en cenizas. Desde ese día, Drácula se hundió en las profundidades más oscuras de un tormento tortuoso, jamás experimentado. El recuerdo de su dulce Mina. La mujer que se había enamorado de él y quiso ser su eterna compañera, no estaba. Solo su recuerdo.

Drácula, abrió sus ojos rojos, brillando en la oscuridad. – Drácula ha regresado, –
¡temblad todos aquellos que fueron los culpables de la muerte de mi esposa!