Las casa de los pueblos también tienen una historia, oculta bajo la mirada de los que tuvieron la suerte de vivir y ver la desgracia de lo sucedido en su generación. Otros se la habían llevado hace unos años a sus tumbas.
La familia Andrew’s, había sido invadida por las ratas en su casa que habían comprando recientemente. Lo más extraño era que fuese la única casa infestada de las ratas que se escurrían por ella y que los exterminadores de plagas no pudieran remediarlo.

Una vecina que vivía con su madre anciana se ofreció a que pasaran unos días en su casa, hasta que todo se solucionará.
—Hija..—le llamó su madre desde la habitación.
—Madre —descansa. No empecemos otra vez…

De vuelta a la sala, la señora Andrew’s se percató de que algo sucedía, cuando la vecina regresó de vuelta un tanto acalorada.

—No queremos molestar. Sino puedo quedarnos lo comprenderemos.
—Oh no! —en absoluto. Lo único que mi madre se encuentra un poco enferma y por la edad empieza a ver alucinaciones. Y a decir cosas que no tienen sentido.

—Deben saber la verdad — la crean o no. —dijo la anciana desde su cama.

Con la ayuda de una silla la anciana atravesó el pasillo hacia la sala. —con un ademán de manos hizo callar a su hija, que iba a replicar.

La anciana miró a su hija, cansada de esconder un secreto que había sido oculto hacia generaciones. —Sentaos, por favor. —Tú también, hija mía. Ahora seré yo la que hable.
—En la antigüedad, las ratas eran conocidas por infestar lugares abandonados, sucios o en ruinas que, según se creía, estaban embrujados por fantasmas.
Hace muchos años, cuando empecé a tener uso de razón, existió una familia que vivía en la misma casa que ahora estáis viviendo. Muy pocos saben la verdadera historia. Muchos ya no están para contarla. En esa casa habita un fantasma, un espíritu errante. Su familia falleció de una enfermedad que contrajeron. El fue el único superviviente, hasta que una noche oímos un disparo. El de su suicidio.