El rugido de la naturaleza es aquel que se escucha por las animales salvajes, cuando se ven en peligro o acechados por el hombre. Es aquel que predomina en el bosque, cuando intentan perseguir a una de sus presas. El que predomina ante todos, es el rugido que proviene del León. Considerado por muchos El Rey y Señor de la fauna animal. Desde aquel nefasto día en que los hombros invadieron su territorio, el León cargó sobre sus hombre el cargo más importante de todos; el de proteger a todos los suyos, a la madre naturaleza de las garras de fuego con las que el hombre asoló.

Todos los animales recuerdan con tristeza, como muchos de los suyos fueron aniquilados por el humano. El paisaje que brillaba, se tornó oscuro y gris. Los aromas que hipnotizaban a todos los que vivían en la natura, se vieron obligados a oler durante un tiempo el olor a ceniza y a quemado que con sus fusiles y armas de fuego habían dejado impregnados en la naturaleza. Recuerdos que de vez en cuando regresan, cuando echan la vista atrás.

Ahora el bosque había cobrado de nuevo su color y sus aromas volvían a resurgir de las cenizas. Habían tardado mucho tiempo en reconstruir lo que el hombre destruyó, pero se juraron que jamás ninguno de ellos ni la madre natura volvería a sufrir. Unieron sus fuerzas y trazaron un plan. Sabían que el hombre, tarde o temprano volvería a visitarlos con sus armas de fuego.
Pasados unos años, regresaron. Pero esta vez estaban preparados. No iban a caer en sus trampas. Esta vez sería el hombre el que caería en sus garras.

El león avisó a todos con su rugido. Había llegado el día en que les tocaba vengarse. Una tormenta de arena y polvo se formó ante los ojos de los cazadores, mientras podían escuchar la avalancha de fieras envistiendo contra su cargamento, hiriendo a alguno de ellos con sus cuernos. No se imaginaban tal embestida. El rugido del león les hizo temblar y retroceder. Nunca más se les volvió a ver.