Soraya tenía como maestra a su madrastra, quien le aconsejaba y guiaba en el mundo de la brujería. O eso hacia ver a los ojos de los demás. En cambio, Soraya tuvo que aprender por su cuenta. Apenas se fijaba en la hija del mago; convertida en su hijastra. Soraya era muy lista y tenía poderes que sus hijas no habían adquirido todavía.

Por ello, la rabia le consumía por dentro, haciendo de ella una madrastra feroz y que solo se dedicaba exclusivamente a enseñar sus enseñanzas a sus dos hijas, dejando de lado a Soraya. Muchas era las noches en las que practicaba el arte de la brujería y de sus muchos poderes que había adquirido, hasta que su padre falleció.

En un ocasión, encontró un libro dedicado a las artes de la escoba que su padre al fallecer dejó en sus estantes de su habitación. En el explicaba cada uno de los detalles de la escoba, un objeto a simple vista muy simple pero quien supiera manejarlo bien, se podría convertir en una de las brujas más poderosas. Soraya se enfrascó en el estudio del arte de las escobas, de cómo antiguamente se relacionaba con las brujas y el aquelarre. Rituales paganos y demás artilugios destacaba en el libro.

Cuando estuvo preparada para emprende el vuelo, lo hizo montando en su escoba. La que antaño perteneció a su difunta madre y que su padre guardó celosamente, hasta el día en que Soraya la encontrara. Una noche oscura, de luna llena alzó el vuelo montada en ella y con su mirada maldijo la casa en la que ahora vivían su madrastra y sus dos hijas. La mala suerte les perseguiría hasta el fin de sus días.