Deseaba llevar al circo a mi hijo. Esa noche actuaba un nuevo payaso. Le llamaban el payaso blanco por llevar la cara toda pintada de blanco, aparentando ser como un esqueleto andante. Todos los espectadores empezaron a reír y a pasarlo en grande cuando los demás payasos de diversos colores y alegres empezaron a mirarlo extrañado y a animar al público a que lo abuchearan.

El payaso blanco apenas hacía nada mas que mirar al público y a los demás payasos como actuaban para dar hacer gracia al público, mientras era humillado. Lo que no sabían es que el no era un payaso cualquiera, de hecho no era un payaso. El público enmudeció, cuando oyeron su risa malvada, haciendo eco en el mismo escenario. Entonces pronuncio las palabras que dejaron helado a la gente que lo miraba con el terror reflejado en sus rostros, cubriendo los ojos de los mas pequeños, para que éstos dejaran de sollozar y tapando las oídos para que no oyeran las palabras que pronunció.

Muchos fueron los espectadores que quisieron huir y abandonar el circo, pero el payaso blanco con su mirada electrizante se lo impidió. Con uno de sus dedos largos y finos como los de un esqueleto, les señaló que se sentaran. La gente del público no dudo en sentarse, cuando oyeron sus palabras

«El que intente salir por la puerta, verá su propia muerte. El que se quede, sobrevivirá; tal vez…». ¡Ahora, que empiece el espectáculo! – dijo de nuevo, con su risa maléfica.
Arrastró a los demás payasos de colores que se habían burlado de el y en medio del escenario los arrastró. Terminando ambos en el suelo. Entonces el payaso blanco, como se hacia llamar, realizó una pirueta en el aire y con la ayuda de dos cuchillos realizó un corto en el cuello de los otros dos payasos.

«El color ha desaparecido de sus vidas. Ahora serán como yo; esqueletos blancos». Pero…¡Aplaudid, Aplaudid!
Los espectadores se vieron obligados a aplaudir, sino querían ser los siguientes en morir.