Una suculenta cena me esperaba al final del día. Hoy nuestro jefe había invitado a todos los empleados a celebrar una cena en uno de los mejores restaurantes de gala. Donde la mayoría de «peces gordos», llamados de esta forma a todos aquellas personas que tenían y podían permitirse ir a restaurantes de alta categoría, con un fajo de dinero en la cartera, solían frecuentar.

En mi armario uno de mis mejores vestidos colgaba de la percha. No recordaba habérmelo puesto más que en una ocasión. Ésta sería la segunda. Era un vestido largo de color rojo, que me dejaba los hombros al descubierto. Me sentía extraña conducir con esa vestimenta. Pero llegué al restaurante. Allí no había nadie, ningún empleado había llegado, no veía caras conocidas, solo las de algunos que me miraban de reojo, devorándome con la mirada.

Miré de nuevo el reloj, mientras me tomaba un gim tonic en la barra y vi que había pasado media hora larga y nadie se había presentado. ¿Acaso me había equivocado de lugar?. Llamé a algunos de mis compañeros y nadie contesto a mis llamadas. Me dediqué a pagar e irme cuando el camarero me dijo que ya estaba pagado.

—Señorita el hombre de allí le ha invitado. Le dediqué una sonrisa, dándole las gracias y me fui por donde había entrado.

Una vez fuera, quise gritar, indignada por lo sucedido, pero una voz masculina me lo pidió. Me volví para ver quien era y era el mismo hombre que me había invitado

—¿Qué hace una mujer tan bella y sola en una noche solitaria ? —preguntó.

—¿Quiere que le acompañe? — se ofreció. Después de contarle lo sucedido.

—Además —uno de sus tacones está un poco estropeado. No me gustaría que se lastimara y tuviera que hacer autostop por la carretera. —Perdón, no me he presentado mi nombre es Richard.

Pensé que tenía razón, de todas formas ésa no era mi noche. Una noche desastrosa. —me llamo Alicia. Mis pensamientos estaban en dimitir al día siguiente. Y ¿por qué tenía la sensación de que Richard, me había tomado por una mujer de compañía?