Las viejas historias nunca mueren. Todas tenían a Laila por una mujer que por su avanzada edad, había perdido uso de razón. O eso creían en realidad los vecinos. Cuando la escuchaban hablar, lo hacía narrando historias a los más pequeños del pueblo. Los padres de los niños pequeños que escuchaban con suma atención, a Laia, sentada en su vieja mecedora, no creían en ellas y tampoco confiaban en Laila.

—Vecinos, os he reunido, para hablar de nuestros hijos pequeños. —empezó a recitar Juan que parecía ser el cabecilla del grupo.
—¡Tiene a los niños como hipnotizados! — y Laila no es una persona que este muy bien de la cabeza… —añadió Adela
—Miguelito se enfada cuando hablo mal de ella en casa y me empeño en que no la escuche. Pero es inútil. No hay forma.
—Lo que más temo no es solo por los niños, es si en verdad esas historias que les cuenta son reales o no. —sentenció Juan.

Al día siguiente Laila acogió a todos esos pequeños que iban a escucharla. Miguelito, era su oyente preferido. Nunca faltaba a sus historias y narraciones que solía contar. Pero, por desgracia Laia sabia que hoy sería la última de sus historias que los niños escucharían. Su muerte se avecinaba, Lo presentía. Al finalizar, Miguelito se acercó a Laila.

—Laila, te echaré mucho en falta el día en que no estés.
—Miguelito eres un niño muy fuerte y valiente. Prométeme que el día en que me vaya de este mundo, seguirás recorriendo la voz de cada historia, así como lo he estado haciendo yo durante todo este tiempo. Has sido uno de mis mejores oyentes, ahora te toca recorrer el mundo y narrar con tu voz y tu corazón. Cada historia es un mundo, un viaje por descubrir y ser descubierto.
—Recuerda que en los corazones de todos los que habéis confiado en mi, estaré. Miguelito fue la última vez que abrazó a Laila.

Los años pasaron y Miguelito, sentado en la vieja mecedora que había pertenecido a Laila, narraba historias, como así lo hizo en Laila. La cadena continúa.