Se acercaba la noche y con ella, una inmensa Luna Llena asomaba en lo alto. Selene, al ver la luna con tanta luminosidad, en contraste con la noche, oscura, daba a la Luna un toque de misterio. Selene Había sido una mujer siempre un tanto supersticiosa, aunque sabía que las supersticiones eran tan solo fruto de la imaginación de uno mismo. Temía, por el contrario a la Luna, Sí, a la Luna y mas cuando ésta se ponía Llena. ¿El por qué?. Ella nunca lo dijo. Pero los aldeanos del pueblo podíamos ver su rostro de pánico cuando la luna estaba en la alto, observando, dominando la noche con su belleza, su aura nocturna.

Selene, ¿Te encuentras bien? – pregunté sin mucho éxito.
Claro, Javier – respondió, cómo si no hiciera caso de su propio temor
¿Verdad que la Luna esta hermosa? – pregunté, haciendo énfasis a la palabra Luna.

Selene se limitó a asentir y sin mediar palabra, se ausentó hacia su casa, que se encontraba a dos manzanas. Seguía en otro mundo, como hipnotizada por un temor que nadie entendía, pero que en su interior permanecía. Javier la dejó marchar, mientras le seguía con la mirada, hasta alejarse y dejar de observarla cuando giró el desvío de la izquierda.
A los pocos minutos, cuando Javier pensaba irse a su casa, oyó el grito que la hizo correr en dirección a donde se había ido Selene.

En su mente se limitaba a pensar que por qué no la había acompañado, a pesar de su negación. Cuando giró la esquina, encontró a Selene en el suelo, sin pulso. No había rastro de sangre, tan solo los rayos de luz de la luna que emergían del astro con mucha más energía.