Mientras Dunia se encontraba tomando un café en el bar más cercano a su casa, alcanzó a escuchar la conversación de unos hombres que hablaban acerca de una mujer llamada hechicera, que últimamente estaba frecuentando por la zona. 

—Si, como lo escuchas. Me han llegado ciertos rumores desde la oficina donde trabaja mi padre, que ha alquilado a una mujer bastante misteriosa la casa más abandonada de la zona. 

—¿Y cómo saben que puede ser una hechicera? —preguntá su amigo, no muy convencido.

—Me fio de padre y por cómo me la he escrito es igual a cualquier hechicera, o mujer a la que sé que no me acercaría jamás. 

—Entonces iré con cuidado a toparme con ella. 

—Lo único que se sabe de ella es su nombre que aparece en el contrato de alquiler. —Se llama Vicky, es la única información válida que se sabe de ella. 

Dunia esperó a que se fueran los dos hombres y quedó pensativa mientras analizaba la información que había obtenido de dicha conversación. Estaba tan absorta en sus pensamientos de encontrar a la hechicera Vicky, si es que en realidad lo era. Tan solo el saber le producía un cosquilleo en el estómago de poder encontrar una solución u ayuda a su venganza que no había olvidado con tanta facilidad, que no se percató de que Leslie se había sentado en su mesa. 

—¡Al fin te encuentro! —creí que me estabas evitando, le dijo con una sonrisa en sus labios. 

—Hola Leslie…—No he aparecido por tu casa, ya sabes. Aún llevo el duelo de mi padre muy adentro de mí. 

—Lo comprendo. Quería saber de ti, al menos. ¿Cómo estás?

—Lo voy llevando… —respondió inclinando los hombros.

—Si necesitas algo, hablar conmigo o tener compañía cuando Dereck está en el trabajo, ya sabes donde encontrarme. 

—Gracias Leslie. —Algún día vendré a visitarte.

—¿Puedo darte un consejo? —no encontrarás el consuelo en la soledad, sino en tus seres queridos. Y rozando su mano en uno de los hombros de Dunia, se levantó y despidió.

 —No olvides visitarme. ¡Hasta pronto! —se despidió Leslie

—Hasta pronto —respondió a su vez Dunia.

Cuando Dunia abandonó el café lo hizo con la intención de irse a casa, aunque la conversación de los hombres regresó a su mente y decidió ir en busca de la casa donde se alojaba la llamada hechicera Vicky. 

—¡Dereck! —llamó Dunia detrás del auricular. 

—¡Sigo en el trabajo! —no sé cuando regresaré. ¿Todo bien? —deseó saber Dereck.

—Sí, tranquilo. Llamaba para avisarte de que yo también no estaré en casa. He ido a hacer unas compras y tal vez regrese un pelín tarde. 

—Tranquila, por aquí hay un evento y parece ser que la noche será larga. 

—No pasa nada, mi amor. Lo primero es lo primero. Yo estoy bien. 

Todo marchaba según lo previsto. De esta forma Dunia podía aprovechar para hacer un desvío en el camino y encontrar la guarida de Vicky. Sus pasos se adentraron entre la espesura de la maleza, aún húmeda y mientras caminaba pudo distinguir a lo lejos, escondida entre los árboles una pequeña caseta, donde otros no irían a vivir ni a visitar. Se encontraba en medio de la nada, rodeada de árboles y maleza que crecía en abundancia. 

Al acercarse a la puerta, ésta se abrió despacio, recibiendo a Dunia la entrada a la acogedora casa de Vicky. Al principio no supo si desechar o no la invitación. Temor y respeto le infundía el aroma de incienso proveniente de la sala comedor. 

—Entra, querida —la instó a entrar la mujer de mirada intensa. ¿Dunia, verdad? —preguntó, mientras le miraba a los ojos, como si intentara leer su mente.

—¿Cómo sabe mi nombre? —preguntó, sorprendida

—Sé muchas cosas, querida. He vivido muchos años en este mundo. Sé cuando alguien necesita de mí, cómo quien pretende hacerme algún mal. Te preguntarás cómo sé tantas cosas. Deduzco que has oído hablar de mí, ¿cierto?

—Sí, es cierto. —afirmó Dunia. Y no he venido a molestar, tan solo deseo saber si me puede ayudar.

—Soy todo oídos. Tú dirás. Mi nombre es Vicky, aunque por estos lares me han empezado a llamar la hechicera. Por mis costumbres, tan diferentes a las vuestras. 

— Deseo saber si podría ayudar en un asunto de crucial importancia.

—Percibo en tu voz ira. ¿Deseas vengarte de alguien? —preguntó

—Dunia asintió.

Durante unos días se aislaba algunas horas, para encontrar fraternidad en la hechicera, quien le enseñó el arte del vudú y el alfiler que debía clavar en las zonas más delicadas para ver sufrir al policía que le entregó las cenizas de su padre. 

—Dunia, te he enseñado, prácticamente todo el arte del vudú. Ahora solo deseo que tengas suerte. Tus ojos claman venganza. El odio de tu corazón debe ser eliminado de tu cuerpo. Solo así hallarás la paz interior. 

—Gracias por todas tus enseñanzas.

—De nada, querida. Solo he hecho mi trabajo. Necesitabas de mi ayuda. Y eso es tan solo lo que he hecho. 

—¡Espera! — Antes de irte te quiero dar este medallón de plata. Es un amuleto. Te ayudará con las malas energías. 

—Gracias de nuevo —respondió mientras se colocaba el colgante en el cuello. La figura del medallón empezó a brillar como por arte de magia cuando entró en contacto con su piel. 

—¡Suerte, Dunia! —Estaré aquí siempre y cuando me necesites. Dicho esto, Dunia se alejó dispuesta a luchar y no dejarse vencer.