En la fría cama del hospital se encontraba Fátima. Era una mujer entrada en años. A sus 85 años su salud había empezado a darle quebraderos de cabeza. Había dejado a un lado su juventud para adentrarse en el mundo en el que los ancianos empiezan a sufrir por sus debilidades. Sus fuerzas se debilitaban por momentos.

En ocasiones despertaba, habiendo tenido sueños de recuerdos de cuando era joven y fuerte, bella y vigorosa, hasta que los años transcurrieron y regresaba su mente a la vida real, haciendo recordar que su camino en esta vida estaba por finalizar.

Al final de mucho sufrimiento, sus ojos llegaron a alcanzar la luz de color blanco que le instaba a seguirla., para llevarla a un mundo mejor. Una voz, suave y cariñosa le ofreció su mano. Era la de su difunto marido. Fátima, esa noche dejó su cuerpo en la fría cama del hospital, mientras su alma viajaba hacia la luz, junto a su marido. Recuerdos pasaron por su mente, como cuando ella era un aniña y todo parecía tan fácil. La llegada de la juventud, el nacimiento de sus hijos, que ahora eran ellos los que se habían convertido en padres. Entrelazó la mano junto con la de su difunto esposa y juntos traspasaron la luz que les llevaba a una nueva vida.