La noche se había presentado diferente a las demás. Se podía sentir de alguna forma. Apenas era las once de la noche y no había nadie en las calles, las terrazas se encontraban vacías y estando en verano, la multitud se tornaba en torno a ellas. Podía percibirse un silencio sepulcral, muy diferente a cualquier noche veraniega.
Los niños de la aldea se fueron a dormir sin rechistar. Las madres, asombradas se preguntaron lo mismo.
_ ¿te encuentras bien, hijo? _se preguntaron en sus hogares. Éstas arrugaron el ceño al no recibir respuesta de sus respectivos hijos.

Pasada la madrugada, cuando todo el mundo dormía y tan solo se oía el sonido del silencio. Una melodía proveniente de la calle hizo despertar a todos los niños del poblado. Se levantaron de sus camas con sus ropajes y cómo si todos estuvieran sonámbulos o poseídos por esa melodía que tan solo ellos podían escuchar. Salieron de sus hogares a la calle desierta. Siguiendo el sendero que les atraía más cerca de aquella sinfonía que no dejaba de sonar.

Siguieron caminando en la dirección que les atraía y empujaba hacía la espesura de la noche cerrada y oscura. No voltearon en ningún instante ni se volvieron atrás. Todos siguiendo el mismo camino, hasta que a lo lejos una capa roja pudieron ver. De ella surgía la música a la que hipnotizados los tenía. Solo se veía del misterioso hombre una capa roja, que se alzaba con el viento.

Hasta que la música cesó y los niños despertaron de su hipnotización. Al verse con sus ropajes de dormir en la calle se asustaron. Pidiendo a gritos regresar a sus hogares.
Cuando la capa roja se dio la vuelta, los niños enmudecieron por el pánico, reflejado en sus rostros.