Últimamente veía bajar al desván a mi madre con bastante frecuencia. Nunca llegué a prestar atención. Todos tenemos nuestros secretos y nuestra por decirlo de alguna manera «cosas privadas», de nuestra vida. Mi madre, no era la única. Recuerdo que hubo una temporada mi tía Aurelia se vino a vivir con nosotros. Se había divorciado del que fue su marido y mi madre le dejo el desván como única habitación en la que acomodaron y la convirtieron en un pequeño dormitorio acogedor. Mi tía no sabía como darle las gracias. Se sentía dichosa de la hermana que tenía.

Dos meses mas tarde la vi coger sus pocas pertenencias y se fue sin decir nada a nadie. Mi tía no supo nunca que yo sí la vi irse. El motivo por el que se marchó nunca lo supe. Ahora la incertidumbre y el ver bajar a mi madre, me entraron sospechas de saber la verdad.

Al acercarse la noche, bajé de puntillas y cuando lo hice vi la habitación impoluta, como si de allí nadie se hubiera marchado. Como si ella aún, viviera allí…Mientras ojeaba la estancia, me percaté de unos de los cajones que estaba abierto. En el fondo de su contenido una hoja asomaba, parecida a la de una carta. Mis manos no pudieron resistirse a saber la verdad de secretos que no le fueron revelados.

Querida hermana,

Gracias por apoyarme y darme cobijo en tu hogar. Han sido unos meses que no podré olvidar ni borrar de mi memoria. Si me he ido de esta manera, sin avisar es por mi bien y el de tu hija; mi sobrina a la querré y añoraré muchísimo.

Hermana descubrí quien me engañó todos esos años, cuando mi ceguera me lo impedía. El reconocer la verdad a veces duele más que un puñal. Ese puñal supe durante mi estancia aquí, que con quien mi marido me fue infiel, fue contigo. Por eso me voy. No puedo permanecer bajo tu mismo techo.

Aurelia.