Margarita, Marga para sus amistades se encontraba cursando el último año en la Facultad de Psicología. Provenía de una familia humilde. La mayor de sus cuatro hermanos. Siempre recorría el mismo camino con su bicicleta que su padre le regaló hace varios años, con el sudor de su frente. Le tenía gran estima. Sobre todo, cuando su padre falleció, mientras se encontraba trabajando en la obra; siendo albañil de profesión, siempre había cumplido las normativas laborables a seguir. Ese día ni el casco pudo evitar su muerte.

A raíz de entonces Margarita, tuvo que buscar un empleo por las tardes, cuando salía de la Facultad. De esta forma podía seguir con sus estudios y pagarse su último año de carrera. Con lo que sobraba, mantenía a su familia. Siempre recorriendo a gran velocidad aquel camino que tan bien se sabía de memoria. Con su bandolera a cuestas, salía sin darle tiempo siquiera a despedirse, a veces, de sus compañeros, por temor a no llegar a tiempo al trabajo.

Había conseguido un trabajo de camarera en un bar, bastante frecuentando, situado en el centro. Tenía facilidad en aprender . Y tras, unas semanas de preparación, le dieron el visto bueno y la contrataron de camareras por las tardes. Su vida era un no parar, siempre con la su bicicleta hacia arriba y hacia abajo. De casa al trabajo y del trabajo a casa o a la Facultad. Pocas veces tenía la posibilidad de sociabilizarse con sus compañeros a a la salida de las clases. Tenía obligaciones. Tenía que trabajar. Sus compañeros, cansados de insistir, desistieron y no volvieron a invitarla a salir, porque temían que de sus labios salieran las mismas palabras.

Un mañana, como tantas otras, Margarita se despidió de su madre y hermanos y emprendió el camino a la Facultad.
__¡Hasta la noche! __exclamó, después de dar dos besos a ambas mejillas de su madre.
__Ten cuidado, hija __tenía por costumbre a responder su madre, a pesar de que sabía que nunca se desviaba del mismo camino.

A la salida de la Facultad, Marga asió su bicicleta y emprendió el camino, como siempre. Sin ser consciente que, varias semanas atrás, unos ojos la habían estado observando, como siempre recorría el mismo camino, sin ésta darse cuenta de que su vida podría cambiar en cuestión de minutos.
Tomás, se había escondido detrás de unos matorrales, esperando dentro de su coche negro, mientras exhalaba una última calada, pensando en Margarita.
__Margarita, Margarita… __empezó a susurrar al viento, mientras la esperaba con ansias para que, por fin, estuviera en sus brazos.

Tomás al verla salir en dirección a su bicicleta, puso el motor en marcha y emprendió el mismo camino que Margarita. Marga percibió que su instinto le advertía de que alguien le estaba siguiendo. Al principio, dedujo que podría ser el cansancio. pero tras pedalear un poco más deprisa, oyó un motor de un vehículo que hiciera que sus pies pedalearan lo más rápido que pudo, sin éxito.

Tomás salió del vehículo frenando de golpe y tapándole la boca con una mano, asió por la cintura por la otra y a pesar de que Margarito se opuso y pataleó para escapar de de sus manos, éste pudo agarrarla con facilidad, mientras la depositaba detrás del vehículo, atándole las manos y pies y y cubriendo con un paño su boca para que inhalara la droga que la dejaría inconsciente…

Margarita nunca llegó al trabajo y su bicicleta echada en el carril bici se hallaba sola en el suelo….

Tomás volvió sobre sus pasos y metió la bici en el coche, cuántas menos pistas dejara mejor. Necesitaba a Margarita y no quería que lo cogieran.
Llegó a un almacén abandonado, a las afueras de la ciudad.
Iba allí cuando se sentía solo, que era casi siempre. Ahora era su escondite y lugar de placer.

Miró a Margarita, se estaba espabilando
La metió en una habitación y la dejó en una esquina. Le quitó la mordaza pero la dejó atada de pies y manos.

–¡Hola Marga! ¿Cómo te sientes? ¿ Puedes hablar?– dijo sonriendo

– ¿Quien eres? ¿Que ha pasado? ¿Dónde estoy?– Preguntaba Marga con voz pegajosa y atontada mientras miraba a Tomás y a su alrededor.

–¿ Que quién soy? –gritó enfurecido Tomás acercándose a ella – ¡ Eres tan ególatra, egoísta, te crees tan superior a los demás! ¿Tienes la cara de decirme que no me reconoces?
Margarita pegó un brinco del susto. Por más que lo miraba no lo reconocía, pero no volvería a cometer el mismo error. Siguió
.

– ¡Soy el que se sienta todos los días dónde trabajas, que intenta hablar contigo y no me haces ni caso! – decía caminando nervioso– ¡ A mí todo el mundo me ignoraba! ¡ Ahora me buscan,soy alguien!– dijo riéndose.

Margarita miró al fondo de la habitación, había unas cinco o seis bicicletas, entre ellas la suya.
Margarita recordó las cuatro chicas desaparecidas hace unos días.

Su madre le decía todos los días que tuviera cuidado. La zona donde actuaba el secuestrador era dónde ella trabajaba. El único denominador común, a parte de que eran jóvenes, era que todas iban en bicicleta llevándoselas también.

Margarita se quedó mirándolo y recordó su último trayecto en bici, cuando la raptó. Debió hacer caso a su intuición y a su madre.

Las risas enloquecidas de Tomás retumbaban por todo el almacén.

Marga empezó a chillar llorando desesperada. Se quedó mirando su bicicleta… habían hecho su último viaje.

Por suenminoe

Me encanta escribir y sumergirme en mundos paralelos al nuestro. Recorrer el mundo a través de las palabras. Dejarse llevar por el fruto de la imaginación.

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