Peter vivía con su padre. Siempre había sido un adolescente que no solía meterse en líos y ayudaba a su padre, su única familia desde que era joven. Una noche como cualquier otra, unos amigos le invitaron a salir. El aceptó. No recordaba la última vez que había salido por la noche. Los exámenes finales estaban finalizando, había llegado el momento de desconectar un poco.

—¿Te parece bien, padre? —le preguntó, antes de marchar
—¡Por supuesto! —yo estaré bien. Conoces bien mi rutina nocturna. Después de cenar, me echaré un rato en el sillón y leeré un libro y luego me iré a acostar.
—Gracias, padre.
—Te los has ganado, hijo mío. Has estado estudiando hasta largas hora de la noche durante estas semanas. —respondió su padre, inclinando la cabeza a modo de aprobación.

Al regresar a la casa, se encontró el pestillo de la puerta entreabierta, y el cuerpo, sin vida, de su padre echado en el suelo.
Cuando el padre de Peter falleció por causas desconocidas en su domicilio, se prometió a sí mismo, dedicarse a ser forense de profesión, para verificar la causa de las heridas o de las muertes que llevaban a la gente a la muerte.

Peter llegó a ser conocido entre todos sus vecinos y compañeros. Había logrado labrarse una gran reputación al ser un trabajador más bien prudente, cuidadoso y siempre atento. Cualidades que le llegaron a triunfar como forense. Aunque muy adentro de su corazón, todas las noches rezaba y pensaba en su padre. Parte de su éxito se lo debía él. Aunque su caso quedó cerrado sin éxito alguno sobre quien podría haber matado a su padre, Peter no descansaría hasta lograr averiguarlo.

Por otro lado, en su corazón albergaba el deseo de que Maya se fijara en él. El le amaba desde el día en que tuvo la suerte de tener contacto con ella. Solo había un problema. Maya era hija del Rey y cómo bien sabemos, toda hija de un Rey se compromete siempre con el hijo del Reinado más cercano. Los rasgos que hicieron que su corazón palpitara cada vez que la veía en el carruaje, habían sido la sencillez de la que estaba dotada la Princesa Maya, viviendo en un mundo en donde lo podía obtener todo o casi todo. En cambio, muchas veces la veía pasear por las mercadillos del pueblo, como si de una campesina más se tratara. Jovial con su esbelta sonrisa que la hacía hermosa por dentro y por fuera.

El rey Richard, tenía a su mano derecha como un buen candidato para su hija. Aunque el Rey Richard, andaba un poco preocupado. De los encuentros que hizo tener con la joven Maya, ésta siempre le rechazaba.

—Padre —¿Tiene un momento?
—Sí, hija —¿Qué es lo que deseas? —preguntó intrigado
—Padre, de todas las cosas de la tierra, solo os pida una. Que el día que desea contraer matrimonio sea con el hombre que me dicte el corazón.
—Mi princesa —conoces las reglas del Reinado. No te lo puedo asegurar.

Al cabo de una semana, Richard, exasperado, mandó llamar a todo su séquito. Su hombre de confianza, su mano derecha, el que podría haber sido su futuro yerno, lo habían atacado por la noche y en el suelo lo habían encontrado sin vida.
El Rey hizo llamar al forense más indicado y en Palacio se presentó Peter. Después de contarle lo ocurrido, hizo varias investigaciones, mientras Maya, de reojo no paraba de observarle.

—¿Desea un poco de agua?
—Muchas gracias —respondió Peter, embelesado
—Llámame, Maya.
—Peter, encantado.

Y así fue como entre los dos la chispa del amor empezó a surgir entre los dos.

En una ocasión, Peter encontró tatuad a fuego lento la cruz negra en el cuerpo del fallecido. La misma que en su día recordaba que a su padre le tatuaron. Hizo avisar a todos los presentes, contando lo sucedido. El Rey medito unos minutos, llevándose la mano en el mentón.

—¿Recuerda alguna cosa, Majestad?
—Puede… —titubeó nervioso

A los cinco días, el Rey hizo arrestar a uno de sus conserjes. El había sido el culpable de dichas muertes. En su brazo tatuado llevaba la misma marca. Peter al fin pudo descansar en paz a sabiendas de que el asesino de su padre, entre rejas estaba. El Rey vio en el forense a un hombre sabio y valiente en el que poder confiar y al ver a su hija enamorada de él, hizo un cambio en las tradiciones, permitiendo que fuera el corazón que dictara donde reside el amor.

Por suenminoe

Me encanta escribir y sumergirme en mundos paralelos al nuestro. Recorrer el mundo a través de las palabras. Dejarse llevar por el fruto de la imaginación.

2 comentarios en «Peter, el forense, by Neus Sintes»
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