Un granjero tenía a a tres hijos varones y a una única hija. Al dar a luz a la pequeña Elvira, hubo problemas en el parto. Elvira fue más fuerte, y sobrevivió, pero su madre, había perdido las fuerzas y para entonces, su respiración se tornó más lenta, hasta convertirse en su último aliento
El granjero, culpó de por vida a su hija, por el fallecimiento de su esposa. La carga que llevaba encima Elvira le persiguió durante toda su vida. Llegando a creer que ella fue la culpable de la muerte de su madre, que ni siquiera pudo tener la oportunidad de conocer en vida

Sus hermanos le dieron la espalda. Cuando Elvira cumplió la mayoría de edad, decidió partir, sin antes maldecir a los que le habían dado la espalda y culpado de la muerte de su madre. Hubo un tiempo en que se creyó ser la culpable. Con el transcurrir de los años, comprendió de que no era así.

Cogió unas de sus pocas pertenencias y decidió emprender un nuevo camino, una nueva vida. Alejada de las vibraciones negativas que le proporcionaba el lugar, que durante todo ese tiempo consideró su hogar. Empezó por buscar trabajo y una pequeña casita, con una habitación. La vida en la ciudad era mas cara y muy diferente de la vida en el campo.

Elvira, estaba trabajando en su tenderete de hortalizas, observó el caminar cansino de tres hombres, con ropajes sucios y agujeros en las mangas. Quedó pensativa, mientras dudaba en si eran o no sus hermanos. Detrás de ellos iba con un bastón un anciano entrado en años. El corazón le dio un vuelco. Pensando en que aquellas personas podrían ser sus hermanos y el anciano, su padre.

—¿Sabe usted quién soy? —le preguntó al anciano, mientras éste se había dirigido al tenderete de hortalizas, dónde estaba trabajando.
—Lo siento, señorita. Mi visión no es la misma de cuando era joven.
—Míreme, de nuevo. Por favor…
—Hija, mía. —un nudo en la garganta se le formó al pensar en cómo había reencontrado a su hija.
—Padre —dijo con ojos llorosos.

Pensamientos de arrepentimiento llenaron su mente. Tenía una hija, a la que había culpado y ahora se encontraba sin granja y con tres varones que no servían para nada.
—Me equivoqué —no tuve que dudar de ti, Elvira.

En un abrazo padre e hija se fusionaron. Ahora eran sus hermanos los que la vida les daba su merecido por darle la espalda.

Por suenminoe

Me encanta escribir y sumergirme en mundos paralelos al nuestro. Recorrer el mundo a través de las palabras. Dejarse llevar por el fruto de la imaginación.

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