El espectáculo que habitaban en las calles de Madrid, sobre todo a altas horas de la noche, estaba regida por la lujuria del pecado. A cada esquina se podían apreciar bellas mujeres que se ganaban la vida, exponiendo sus cuerpos, cerca de las aceras donde pasaban los coches, para atraer a clientes.

Mientras otros dormían. Las mujeres de la calle gobernaban las aceras del barrio, provocando a cualquiera que pasara caminando o cruzando con el coche. Otros en cambio iban directos a sabiendas de que encontrarían mujeres ansiosas por gozar y ser gozadas.

Tyna asió su bolso de leopardo y vestida con una corta minifalda color roja que le marcaba sus anchas caderas y parte de sus muslos carnosos. En la parte superior, llevaba puesto un top negro que le cubría sólo los pechos, se podía percibir el nacimiento de unos exuberantes senos erguidos. Con sus uñas pintadas de rojo al igual que sus labios se encaminó contorneando sus caderas con sus tacones de aguja, donde la calle la esperaba para atender a sus caprichosos clientes.

-¡Preciosidad!- silbó uno de ellos desde un gran coche llamativo.

Tyna se acercó contorneando sus caderas y asomó por la ventanilla, dejando a la vista sus grandes pechos.

-¿Te gustaría trabajar para mí, muñeca? – le dijo con curiosidad. – Eres demasiada bonita para estar en las calles.

Tyna no se lo pensó dos veces y entró en el coche. Mientras, le explicaba que podría trabajar para el en un burdel teniendo su propia habitación, que pagaría con sus servicios.

-Te estoy ofreciendo algo que no ofrezco a cualquiera , muñeca. Pero antes de que aceptes, tendrás que demostrar lo que vales.

-Te lo demostraré, cariño – No te arrepentirás. – le dijo Tyna mientras se desprendía de su vestimenta. El la detuvo.

-Aquí, no – conduciéndola al que podría ser su nuevo lugar en el mundo del sexo.

Las puertas se abrieron y Tyna tuvo la sensación de estar en un mundo muy distinto. Puertas camufladas, escaleras misteriosas y baños que escondían algo más. Era un espacio que impresionaba por sus butacas de terciopelo rojo, alfombras de leopardo y robusta barra de madera.

Algo más en el fondo de la estancia, era de color negro. Había varias personas con poco ropa y la que llevaban era de cuero. No tenia palabras para lo que estaba presenciando, veía mujeres, como ella con su marido o Su Señor, que llevaban cada una un collar negro, junto con una cadena que pendía de él.

-Bienvenido a tu nuevo hogar.

Tyna observaba como el aire se estaba cargado de erotismo y sexualidad. Al lado de ellos se encontraba una pareja. La chica sumisa estaba atada con las manos en la espalda y su amo pasaba las manos por todo su cuerpo. Sentado en un banco de la barra la colocó de espalda a él y empezó a tocarla.

-Cielo – Lo que estas viendo es lo que debes aprender. Eres una principiante que debe aprender a exhibirte cuando yo, tu amo y señor te lo ordene, sin recibir una negativa.

-Tyna – asintió. Sin rechistar.

El hombre que se hacia llamar Felipe se deshizo de la falda roja con suma facilidad. A continuación, le ordenó que se deshiciera del top. Hizo lo que le ordenaba, imitando a las otras chicas que se encontraban en el local clandestino .

Tyna abrió las piernas un poco para mantenerse de pie y su ahora llamado «Señor», introdujo la lengua en su vértice íntimo y pasó la lengua por su nudo de placer. A Tyna se le erizó la piel. Estaba al borde del clímax por todos los acontecimientos ocurridos y por sentir el dilatador anal, que lejos de incomodarle la hacía sentir más excitada.

Por su parte, Felipe disfrutó lamiendo su sexo, embriagándose de su olor y su sabor. Su dulce sumisa, tenía un sabor parecido a la miel y eso le fascinaba.

Felipe acarició el cabello de Tyna, recorriendo el camino por su espalda. Beso su columna vertebral y ella gimió y suspiro de placer. Siguió besando su columna y cuando llego a sus glúteos, entreabrió las piernas, pero estas le temblaban ligeramente cuando percibió la erección dentro de ella. Felipe se separó de ella lentamente, dando una palmada de aprobación a sus carnosos y duros glúteos.

-Bienvenida, muñeca – le dijo al finalizar. – Estas hecha para este lugar. Prosiguió – Si complaces a mis clientes y a mi servicio, no te faltará de nada. .

-Tyna – asintió – jadeando por el cansancio.

Una vez a solas en la habitación, miró por la ventana y observó el contrato firmado que tenía ante la mesa. Entonces, se percató de que había decidido abandonar su libertad por una habitación propia, en un burdel en el que ahora, se había convertido en una sumisa más del bar clandestino. Su firma grabada en el papel color plateado era la prueba de que aceptaba los términos con todo lo conllevaba.

Por suenminoe

Me encanta escribir y sumergirme en mundos paralelos al nuestro. Recorrer el mundo a través de las palabras. Dejarse llevar por el fruto de la imaginación.

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