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Andrés necesitaba urgentemente unas vacaciones. Todos los día se sometía a un estrés constante para llegar al trabajo y rezar para no encontrarse con el tráfico y los atascos que cada mañana se repetían sin cesar. Los coches parados intentando arrancar, algunos intentando maniobrar para intentar colarse por el otro carril, en vano. De fondo el sonido incesante que producía dolor de cabeza, de los pitidos de lo coches, con conductores nerviosos e inquietos dentro sus respectivos asientos.

Con la brisa un folleto fue a parar a la ventanilla del coche de Andrés. Lo asió con la mano. Sin saber por qué se había molestado en cogerlo. Cuando leyó el artículo, no se lo pensó dos veces.

¿»Necesitas un cambio?» – Amazonas te espera. Ven a disfrutar de unas maravillosas vacaciones a un mundo exótico. Tu cuerpo y tu mente te lo agradecerán.

Una llamada telefónica hizo que cambiará el rumbo de su destino.

-No me encuentro demasiado bien para ir a trabajar. – Mintió a su superior – Ajá, – Muchas gracias. Así lo haré. Y colgó.

Cuando pudo salir del atasco, en vez de encaminarse hacía su trabajo, se dirigió rumbo a un viaje al Amazonas, sin equipaje alguno. Tan solo con lo que llevaba encima y poco más.

Cuando aterrizó, se vio envuelto por la abundancia de la selva. Se encontraba en la tercera parte del territorio de Ecuador, en ella viven muy pocas seres humanos, casi todos pertenecientes a pueblos indígenas, que luchan para conservar su forma de vida tradicional, frente a las tentaciones y presiones de la vida moderna.

El destino le había conducido hacía allí por algún motivo. Por el momento era lo que necesitaba. Huir del estrés de la ciudad y desconectar. Mientras pensaba en ello, unos ojos felinos le observaban detrás de un árbol. Al girarse, Andrés pudo percibir una sombra entre la maleza, al dar su primer paso, una mujer indígena, del poblado más cercano, salió de su escondrijo, con apenas unos ropajes de tela que le cubrían parte de sus pechos. De ojos vivaces y felinos y una espesa cabellera negra que le llegaba hasta la cintura.

Andrés, sabía que se encontraba en territorio desconocido. Por ello, se dejo guiar por la mujer, que tras caminar un rato, lo guio hacia el poblado. Al llegar y ver a los demás, levantó las palmas de las manos en son de paz. Tenía una misión: ganarse la confianza de los indígenas.

 

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