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Una segunda oportunidad, by Neus Sintes

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CAPÍTULO 1

Dani, un joven de veinte años, decidió emprender el camino hacía el bar más cercano. Entró arrastrando los pies y con la cabeza gacha, cansado de la vida. Cansado de vivir en un bucle que no parecía tener salida. Llevaba una de esas malas rachas, que parece que nunca se terminan.

—Una copa— le pidió al camarero, mientras se sentaba en la barra del bar.

—Aquí tienes — le ofreció el camarero de detrás de la barra

—Gracias— respondió Dani.

Después de pedir un par de copas más, su mente empezó a divagar y a pensar en qué dura era la vida, injusta, tal vez.

—Otra— sugirió, mirando al camarero de reojo.

—No, no…— le respondió. No quiero borrachos en mi bar. No me gustaría echarte a patadas del local, en tu estado.

—¡Qué dura es la vida!— empezó a gritar el joven

Entonces el camarero salió de detrás de la barra. Todos los demás clientes ya se habían ido. A esas horas no creía que entrara nadie más. Decidió sentarse a su lado.

—Escucha, joven. Ahogar las penas con la botella, no sirve de nada. No cambia nada. Sí, la vida es dura y muy dura. Si quieres desahogar tus penas, cuéntame qué te sucede, si quieres.

—Estoy cansado, frustrado, molesto y podría seguir. ¿Quieres saber lo que me pasa?— Llevo una vida miserable. Después de matarme estudiando, no encuentro trabajo. He regresado a vivir con mi madre, desde que mi novia cortó conmigo, para irse con un «musculitos». La vida me da bofetadas una detrás de otra.

—La vida no es fácil, chaval. Lo sé. Yo he pasado por lo mismo. Te doblo la edad. A mis cuarenta años, me he tenido que ganar la vida duramente. Nadie dijo que la vida fuera fácil.  Mi novia de toda la vida, se convirtió en mi mujer. Hasta que un día me dijo que se encontraba en cinta y que deseaba tener a su hijo sola.

—Llevo una carga muy grande a mis espaldas, en poder encontrar algún día, si Dios quiere, a la mujer que se llevó de mi lado al que era y es también mi hijo. —Suspiró.

—Para más inri, terminar en este bar, sirviendo copas y echando a patadas a algunos desconsiderados, que se pelean con frecuencia. – dijo mirando a su alrededor.

Dani se quedó pensativo. El hombre que tenía enfrente podría ser su padre. Y el ser adulto, no significaba que mejoraran las cosas.

—Te voy a dar un consejo. —Si me lo permites. —le dijo mirando a Dani fijamente a los ojos .— Vivimos en un mundo en que cada día es una batalla. Hemos de afrontarla, se presente como se presente. Aprovecha cada momento, no lo malgastes en desahogar las penas con las copas. Ellas no cambiarán el mundo. Ellas no te van a ayudar. Solo tú eres dueño de tu destino.

CAPÍTULO 2

De camino a casa, empezaba su cabeza a darle vueltas, tanto por las copas de más como por la conversación con aquel camarero. La frase que le había dicho al final de su conversación navegaba en su mente, como un navío, luchando contra el oleaje. “Solo tú eres dueño de tu destino”. Encajó la llave en la cerradura de la puerta, siendo lo más sigiloso que pudo. A continuación, subió de puntillas, intentando hacer el menor de los ruidos, para intentar no despertar a su madre, que descansaba en la habitación, del lado opuesto a la suya.

Era muy tarde y el cansancio más el efecto del alcohol, empezaban a surgir efecto. Se echó encima de la cama, mientras miraba el techo, no podía dejar de pensar en ese hombre. Había algo en él, que cuando le hablaba, le resultaba cercano, aunque no tenía respuestas para ello. 

Al igual que tampoco tenía respuestas ni las hallaría en su madre, acerca del paradero de su padre. Lentamente, sus párpados se fueron cerrando, hasta quedar completamente dormido.

Los rayos de sol que se filtraban por la ventana de su habitación, le daban la bienvenida a un nuevo día. 

¡Buenos días, dormilón! va siendo hora de despertarse le dijo su madre mientras abría las ventana.

Pero.. ¿Qué hora es? preguntó medio dormido

Hora de levantarse. Son las dos del mediodía. 

Estoy de vacaciones esta semana insistió. 

Y yo he terminado por hoy mi turno. dedicándole una sonrisa maternal.

Después de comer, se dispuso a salir cuando algo lo retuvo. En el escritorio de su habitación, asomaba un cuaderno con hojas en blanco. Por primera vez en mucho tiempo, se dejó guiar por sus sentimientos y empezó a escribir sobre aquello que siempre había deseado preguntar a su madre, pero que no podía y tampoco se atrevía a hacer, porque sus labios estaban sellados, cuando siempre preguntaba por su padre, a quien no tuvo ocasión de conocer. 

Se cerró en su soledad, guiado por esas preguntas sin respuesta. A su mente regresaron aquellas palabras de la noche anterior, “Sólo tú eres dueño de tú destino”. 

Levantó la vista del cuaderno y sin saber porqué sabía que necesitaba volver esa noche a ese mismo bar. Un instinto en su interior, estaba empezando a despertar.

Cerró rápidamente el cuaderno y de él sobresalió una fotografía, que antes no se había percatado de ella. Con temor, e inseguridad en sí mismo, su mente divaga en sí abrir el cuaderno o dejarlo como estaba. Pero la curiosidad venció a sus miedos y lo que vieron sus ojos, perdurará para toda la eternidad. 

¿Qué hacía el hombre del bar junto a su madre? se preguntó Dani. La imagen era de unos diez años atrás o más. Se notaba en la calidad que no era actual, tanto por la calidad de la imagen como por cómo eran ambos de jóvenes.

Dani empezó a deambular como un poseso, enloquecido por sus preguntas sin respuesta, que ahora iban cobrando vida y sentido. ¿Sería su padre, el hombre con el que casualmente ayer noche estuvo hablando, sin él saberlo?. Las piezas empezaban a cobrar sentido al puzzle que en su mente se estaba formando. La vida le estaba ofreciendo una segunda oportunidad de conocer la verdad. Y si no se equivocaba, también debería hacer que su madre hablara, de una vez por todas.

El también tenía derechos y sus derechos era saber la verdad de una vez por todas. Ya estaba cansado de tantas mentiras en su vida, de tantos secretos ocultos. La verdad saldría a la luz, porque en su mente enloquecida, estaba tramando un plan, que iba a llevar a cabo.

CAPÍTULO 3

Cuando su madre regresó de hacer la compra, el reflejo de la luz proveniente de la habitación de su hijo le llamó la atención. Se había encerrado en ella, aunque podía oír como hablaba en voz alta, susurros que apenas pudo identificar lo que decían. Tocó con los nudillos en la puerta, para ver si éste respondía. 

—¿sí? —preguntó Dani— concentrado en el premeditado plan que tenía en mente. 

—¿Todo bien? — me ha parecido oír que me llamabas —le respondió disimulando el hecho de que no creyera que le estaba intentando escuchar.

—Sí, si — estaba leyendo.

Su madre, entonces, supo que no le estaba diciendo la verdad. ¿cuándo fue la última vez que le vió coger un libro, por voluntad propia?. Su hijo siempre había sido un chico que tenía por costumbre decir la verdad, por dolorosa que ésta, en ocasiones resultase. Se dirigió hacía la cocina para dejar la compra en la despensa y mientras colocaba las cosas en su sitio, su mente empezó a divagar en busca de respuestas que no podía saber o mejor dicho, entender. 

Su instinto maternal le hacía preocuparse por su hijo. Además, tuviera la edad que tuviera, siempre había problemas en los que ella tendría que estar presente en la vida de Dani.

Desde que perdió el trabajo y su novia lo dejó por otro, su vida había cambiado. No importaba saberlo, para verlo. 

Dani tenía su vida. Había formado una relación formal, con una chica que le gustaba y  ahora se encontraba de vuelta a sus orígenes. Viviendo con su madre, cuando éste estaba acostumbrado a ser un chico independiente. Su vida había dado un giro de ochenta grados y su madre lo había notado. De lo que no sospechaba su madre era del plan que su hijo Dani tenía en mente. 

Dani salió de su habitación y con la excusa de salir a dar una vuelta se encaminó hacía el bar. Cogió la moto y haciéndose pasar por repartidor, se colocó sus gafas de sol oscuras. Entonces, volvió a ver que el mismo hombre con el que había estado conversando se encontraba atendiendo a unos clientes en la barra. 

— Sr…Gabriel—titubeó en busca de una señal que le indicará su nombre. En la solapa de su camiseta asomaba su carnet del dueño del bar. 

—Yo mismo. ¿Qué desea?— preguntó mirando al repartidor, extrañado.

—Una entrega —respondió Dani, haciéndole entrega de una discreta tarjeta. Y arrancando el motor, se dirigió a su casa, siguiendo el plan que había trazado.

Antes de entrar en casa de su madre. Echo por debajo de la puerta de la casa, la tarjeta cuyo contenido anónimo, decía lo mismo que la entregada al hombre del bar.

Esperó unos segundos, para que su madre viera la tarjeta y la cogiera

—¿Qué es esto?— oyó como se hacía la pregunta su madre. Dani se escondió escaleras arriba, a la espera de que su madre abriera el portal, para asomarse, en busca de quién podría haberle dejado la tarjeta.

Pasados unos minutos, entró en la casa y se dirigió a su habitación, a esperar a la ansiada noche. 

La invitación que había entregado a ambos era una quedada en el mismo bar. El anonimato seguía vigente. En las tarjetas no desvelaba el nombre de su madre ni de Gabriel. Desde el día en que lo conoció tuvo una corazonada. Un presentimiento despertó en su interior. Fuese por el deseo o la falta de haber tenido un ejemplo paterno a seguir.

Llegada la noche, su madre avanzó con su coche, en dirección a donde le indicaba la tarjeta. Se preguntaba quién podría ser. Revisó la frase que en ella decía —Me harías muy feliz si asistieras a nuestro encuentro—firmado Anónimo.

Mientras, Gabriel se encontraba nervioso por saber de quién sería. En su vida, apenas había tenido tiempo para relaciones formales. Su trabajo le impedía el tiempo que las mujeres le exigían. Releyó la invitación, de nuevo —Espérame, por lo menos para tomar una copa de vino, mientras recordamos los viejos tiempos— firmado Anónimo.

Detrás de unos matorrales, a la espera de que su madre se encontrara con Gabriel, fuera o no su padre, saldría de sus inquietantes dudas. Vió como su madre avanzaba con paso decidido. Cuando Gabriel se dió la vuelta, observó por su cara de sorpresa, que se conocían mucho más de lo que él hubiera imaginado.

—¿Sara?—titubeó mientras avanzaba hacía ella, sin dar crédito.

—¿Gabriel?— preguntó mientras de sus ojos surgían sus primeras lágrimas. Lágrimas contenidas de hace tiempo atrás. 

CAPÍTULO 4

Sara y Gabriel se reencuentran después de muchos años atrás. Sara no sabía ni cómo reaccionar, ante la presencia del que era el padre de su hijo. Lágrimas surgían de sus mejillas, sin poder frenarlas. En cambio, Gabriel, no le salían las palabras, por la sorpresa inesperada. Nunca se imaginó volver a ver a Sara, la mujer a quien siempre amó y ahora, la tenía de nuevo, delante suyo. 

Cuando se encontraron frente a frente, se acordaron de la tarjeta que llevaban en la mano, sin comprender. De repente, algo o alguien entre los arbustos empezó a moverse, intentando salir de las enredaderas. 

—He sido yo —dijo Dani saliendo de detrás de los arbustos. He sido el encargado de que os lleguen las invitaciones. Estoy cansado de tantos secretos que se me han ocultado en mi vida. 

—Hijo —te lo puedo explicar —respondió su madre, ante la desesperación de perder su confianza. 

—Madre, solo contéstame a una sola pregunta —dijo Dani, mirando a su madre muy seriamente, ¿es o no es Gabriel mi padre? —preguntó intrigado.

—Sí, lo es —dijo mirando a su hijo y luego mirando de nuevo a Gabriel, asomaron en su rostro nuevas lágrimas. Gabriel se acercó a Sara y le agarró de la mano suavemente, con la intención de calmarla.

 —¿Por qué nunca me hablaste de él? – interrogó a su madre

—Dani…—le interrumpió Gabriel. Yo te puedo contestar a esa pregunta —le dijo Gabriel muy seriamente. Alzó la cabeza hacia arriba en busca de una respuesta concisa que darle a su hijo. —Porque, Dani, yo no te conocía— no he sabido de tu existencia hasta ahora. Es la primera vez que mis ojos ven tu rostro y puedo decir que eres mi hijo. –respondió, apretando los puños, mientras un nudo se formaba en su garganta.

A Dani se le agrandaron los ojos. Miró a su madre en busca de su confirmación y ella asintió con la cabeza. Su cabeza le daba mil vueltas a tantas preguntas que tenía por hacer, pero una sola le había bastado para saber la verdad, de quien realmente era su padre. 

—Hijo mío —empezó a decir su madre. Éramos muy jóvenes cuando en mi vientre empezaste a crecer. Fue decisión mía y no de tu padre, el querer afrontar la maternidad como madre soltera. —Con los años me he dado cuenta que fue un grave error, porque tu padre me quería y no me abandonó en ningún momento. Fui yo la que por voluntad propia emprendí el camino sola. 

—Madre, ¿te acuerdas de cuántas veces te he preguntado por mi padre? —preguntó Dani. Y a cambio siempre recibía la misma respuesta.

El silencio se apoderó en el ambiente, hasta que los tres se miraron y Sara rompió el silencio, siendo la primera en hablar

—Creo y lo digo con el corazón en la mano, que os merecéis una segunda oportunidad. Necesitáis conoceros el uno al otro. Tenéis mucho en común. —¡Cuántas veces, Dani te miraba! —y veía en ti, la mirada de tu padre reflejada en tus ojos.

—¿Tenéis? preguntó Gabriel— tal vez, seamos los tres, los que necesitemos de una segunda oportunidad. Recuperemos el tiempo perdido. — si lo deseas, Sara — le dijo Gabriel, ofreciendo su mano. 

—Hace unos años perdí una joya. Esa joya eres tú —

Por primera vez en su vida, Dani se encontraba con su familia unida. Todas las piezas se habían unido para formar un todo. Tenía lo que más había anhelado durante su existencia. A su madre y a su padre, del cual tenía muchas cosas que conocer y ganas de aprender de él. 

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