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El elfo tacaño, by Neus Sintes

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En la historia de los elfos, se los describe en su mayoría como los ayudantes de Santa Claus. Son unos seres extremadamente inteligentes y trabajadores, que ayudan a Santa Claus, en el laborioso diseño de los juguetes, mientras procesan las numerosas peticiones de los niños que envían por correo, desde todo el mundo.
Santa Claus, es considerado el amigo de todos los niños que creen en el. En la magia que representaba la llamada época de la Navidad. Durante todo el año, esperaba ansioso las cartas de los niños con esmero y y con un gran profundo cariño. Mientras observaba los copos de nieve caer, pensaba en la cantidad de trabajo que le esperaba y que gracias a sus ayudantes, los elfos, podía salir adelante.

Contaba con mucho elfos que le ayudaban, aunque tenía un equipo de seis elfos, que eran como su mano derecha. Para Santa Claus, eran como su escudo, por así decirlo. Gracias a sus valías y sus grandes esfuerzos, con con el tiempo, hicieron que el trabajo fuera mas flexible. Aunque con lo que no contaban era que los tiempos habían cambiado. Los niños de ahora, no eran los niños de otra época. Se dedicaban a pedir más de una cosa. El trabajó con el tiempo fue aumentando año tras año.

-Con permiso – ¿se puede? – preguntó Snowball – mientras andaba en dirección a la habitación donde se encontraba Santa Claus.
-Pasa, Snowball – ¿Me traes lo que creo que son? – preguntó al verlo con un montón de cartas selladas, que cargaba en una carretilla.
-Así es – afirmó Snowball – encargado de administrar la lista de las cartas que los niños enviaban en Navidad.
-Gracias. Puedes dejarlas en ese lado de la mesa.
-Por supuesto, Santa Claus – respondió con una sonrisa en los labios – mientras se encaminaba de nuevo a realizar sus labores.

Santa Claus observó como se alejaba, había algo en su forma inesperada de irse que no sabría describir. Snowball, era uno de los elfos a quien encomendó la tarea de ser el administrar de cartas de todos y cada uno de los niños. Recoger cada una de las cartas y enviarlas a Santa Claus era una misión de suma importancia y delicadeza. No podía olvidarse de ninguna, ni mucho menos perder alguna por el camino.

Se acarició su larga barba del color de la nieve y sus ojos vidriosos y azulados se toparon con las cartas depositadas encima de la mesa. Empezó a abrirlas y a leer cada una, con suma atención.

Comprobó que tenían un gran trabajo por delante. Se levantó de su sillón y fue en busca de Bushy, uno de sus elfos a quien tenía mucha estima, ya que gracias a su invento el trabajo se tornó mucho más flexible, desde que inventó una máquina capaz de hacer juguetes. De esta forma, no perdían tanto tiempo haciéndolos todos a mano.

-¡Bushy! – le llamó – A ti, precisamente es a quien estaba buscando
-Lo siento, Santa Claus – estaba dando los último retoques a la máquina de hacer juguetes, para que estuviera lista al cien por cien. – se disculpó
-No tienes de qué disculparte – De hecho, venía a hablar sobre ello. – hace un rato, Snowball, ha venido a visitarme y me ha traído las cartas de los niños.
-¡Estupendo! – exclamó. Eso significa que hemos de ponernos manos a la obra.
-Me gusta ver tu alegría, sobre todo en estas fechas, Bushy. – Mientras terminas con los últimos arreglos, voy a visitar a nuestra elfa, Sugarplum.

Sugarplum conocida como la asistenta de Santa Claus. Su misión era que no faltara ningún detalle y que todo estuviera prepara y listo para cuando Santa tuviera que ir a repartir los regales. Atenta, organizada, eran cualidades que por ello Sugarplum, se había ganado la confianza de Santa Claus.

Por el camino se encontró a su mejor amigo y el confundador del puesto secreto en Laponia. Lugar donde habitaba realmente Santa Claus, junto a sus ayudantes, los elfos.

-Mi querido amigo – sabrás que falta poco para nos pongamos manos a la obra. He hablado con Bushy, la máquina de juguetes está lista. Por otro lado tengo la lista de todos los niños que Snowball me ha entregado…. – pensó en ese momento en la forma de irse, un tanto misteriosa, que le advertía de que algo estaba escondiendo.
-No te preocupes, Santa Claus – Todo saldrá bien. ¿Hay alguna cosa que te preocupe? – le pregunto su mejor amigo. Lo conocía para saber que algo rondaba en su cabeza, aunque, tampoco se atrevía a preguntar demasiado. No quería ser grosero.
-Si y no – respondió.

-Se trata de Snowball. Últimamente, le veo distinto. Está más callado y parecer pensar para sí mismo. No trabaja como antes. Entre Pepper y los demás me gustaría que me tengáis informado, por si veis algo extraño. Los días pasan muy rápido. La Nochebuena esta al caer y mi viaje pronto tendré que emprender.
-Así lo haremos, Santa Claus.

Snowball era un elfo que había pasado gran parte de su vida, ayudando junto a los demás, en la época de Navidad a Santa Claus. Siempre se le había considerado trabajador, un buen ayudante y sabía trabajar bien en equipo, aunque también tenía su carácter un tanto tacaño. Con el tiempo se le fue acentuando. Envolvía los regalos cada año, aunque con el tiempo se dio cuenta que el trabajo se duplicaba.
Sus pensamiento se redirigieron a un tiempo, atrás en su historia, donde los niños pedían un regalo a Santa Claus. En la actualidad los niños solo pensaban en pedir y pedir cosas en las cartas que iban destinadas al Polo Norte. Cada vez eran mayor los juguetes con los que se les debía conceder. Navidad, época de ilusión y festividad. Snowball sabía que los tiempos habían cambiado, al igual que las mentes de muchos niños. La inocencia iba desapareciendo y el consumo de regalos, era mayor.

La forma de pensar y de actuar empezó a cambiar en Snowball y sus compañeros se fueron dando cuenta, a medida que envolvían alegres, cantando villancicos para hacer mas llevadero el trabajo.

-¡Snowball! – venga. Canta con nosotros. – le dijo Pepper – al verlo tan distante, absorto en sus pensamientos.
-¿por qué empleas tan poco envoltorio? – preguntó Sugarplum. Sabes que Santa Claus le gusta que estén bien envueltos y con detalles a su alrededor, para luego hacer la ruta de cada año.
-Descansa un poco – le respondió Sugarplum. – Mañana será otro día. Intentando tranquilizarlo.

-Pepper, Sugarplum… – suspiró – si vosotros lo entendierais, entonces pensaríais como yo. – prosiguió – Estamos derrochando papel y decorados para niños y niñas que reciben sus regalos. Sin pensar que ellos no valoran nuestro trabajo. Se dedican a destrozar los envoltorios, que con tanto ahínco y esmero hemos envuelto. De cada vez, tenemos mas trabajo, se nos ha duplicado, por la cantidad de cosas que piden al año. Años atrás esto no sucedía.

Pepper y Sugarplum se miraron a los ojos y prefirieron no decir nada. Y siguieron envolviendo los regalos, dejando a Snowball con sus pensamientos. Pepper y Sugarplum entendían lo que quería decir su compañero Snowball, pero ellos, como elfos y ayudantes de Santa Claus, debían seguir sus órdenes. Sí, el trabajo se había acumulado, tanto por la cantidad de regalos que pedían, aunque Snowball no contaba que en el mundo, la natalidad aumentaba y de cada vez, el mundo se llenaba de niños, que albergaban en su interior la inocencia y creencia de la Navidad.

cuando emprendió el viaje, para entregar los regalos a cada uno de los niños, los elfos lo despidieron como era de costumbre. Aunque Snowboard, no estaba entre ellos. Un mal presentimiento nubló la mente de Santa Claus. No tenía tiempo que perder. Le esperaba una gran noche de trabajo y de responsabilidad. Se despidió con un ademán de cabeza de todos y junto con su trineo empezó a ascender por el cielo nocturno.

Al día siguiente, cuando comprobó los archivos se dio cuenta de que, por lo menos cinco niños no habían recibido sus regalos. Recordando el comportamiento de Snowboard y de que fue el único que no estaba cuando emprendió el viaje, un mal presagio le envolvió. Se dirigió a la taquilla de Snowboard, donde cinco cartas se encontraban guardadas o mejor dicho escondidas. La cartas eran de los niños a quien les había faltado su regalo.
Culparon a Snowboard y le castigaron en no formar parte nunca más del equipo, quitándole el puesto de administrador. No volvería a ser uno de su mano derecha. Había quitado lo ilusión y la confianza de cinco niños. Las consecuencias se pagan.

«guardarse lo que había traído para no repartirlo fue un gesto muy tacaño»

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