Sam era repartidor en una gran empresa. Había llevado un día de locos poniendo las diferentes cajas en los camiones, para que éstos fueran repartiendo de lado a lado y llegaran a tiempo a sus destinatarios.

Al finalizar una dura jornada de trabajo, se echó en la silla, cerró los ojos y al abrirlos se percató que en un esquina solitaria del almacén, una caja olvidada permanecía en silencio para ser abierta por su destinatario.

Era una caja común, como todas las demás, excepto que en vez de la pegatina de «Frágil», que solía pegarse en las cajas que contenían material más delicado, ésta llevaba dos símbolos de interrogación.

Sam se extrañó muchísimo más al ver a quién iba destinado. Sus ojos se abrieron de par en par al ver su nombre escrito.

¿Abrir o no abrirla? – se preguntó a sí mismo.

Se preguntaba qué podría contener y quién podía haberla enviado. Se le erizó el vello de los brazos solo de pensarlo. Sam era un hombre solitario, sin mujer ni hijos a su cargo. Vivía solo en su apartamento. Sin preocupaciones de ningún tipo hasta que, ahora, sus pensamientos retumbaban en su mente solo de pensar quién le podría haber mandado esa caja y por qué.

Durante su vida, se había ganado la confianza de muy pocos. Mas bien, tenía más enemigos que amistades con las que poder confiar.

Tras mucho pensar, decidió abrir su contenido. En su interior varias cartas esperando ser abiertas. Algunas roídas por el tiempo, otras no tanto. El pulso se le aceleró cuando cogió una de ellas; la más reciente.

Hijo mío,

Te escribo esta carta, teniendo la certeza de que tal vez sea la última. Te escribí muchas otras. Aunque no sé si te las habrán hecho llegar a tiempo. Me encuentro en máxima seguridad, vigilado los 24 horas, al igual que los demás. 

Intente escapar, con la intención de regresar en busca de la libertad y llegar a tu paradero. Aunque fue en vano. Me atraparon. Mi plan de huida fracasó, como muchas otras. 

Hijo mío, te escribo por última vez. Mis fuerzas me abandonan. Ya no recuerdo la última vez que vi el sol. Vivo bajo las sombras de esta celda, entre barrotes. 

El día que recibas estas cartas, comprenderás que no ha habido momentos en los que mis pensamientos se han ido hacía ti. En busca de refugio. De alivio. Sé que me fueron negadas las visitas. Pero tu, hijo mío, has sido mi fuente de vida en esta prisión. 

El día que recibas este paquete será el día en que abandone este mundo. 

Te quiero, tu padre.

A Sam se le nublaron los ojos de lágrimas. Se cubrió el rostro con las manos y se preguntó ¿Por qué?, ¿Por qué?

 

Por suenminoe

Me encanta escribir y sumergirme en mundos paralelos al nuestro. Recorrer el mundo a través de las palabras. Dejarse llevar por el fruto de la imaginación.