Ni un solo instante a dejado de hablar de los recuerdos que comparte conmigo y de las ganas que tenía de poder pasar una noche a mi lado. Me deslumbra al quedarse desnuda completamente.

La noche, oscura y silenciosa. A veces fría y solitaria. Confunde, engaña, atrapa…

Anny, saca del bulto unas medias negras y unas bragas de encaje rojo. Se las pone con sumo cuidado, mientras sigue hablando sin parar. Escoge un vestido de noche, de color carmesí. Lo sacude un poco para estirar las arrugas y se viste. Por último, se calza unos zapatos de charol carmín con tacón de aguja. Dobla las demás prendas que se había quitado y las guarda en el bulto negro que identifico como una mochila. Saca de ella una bolsa térmica que contiene una botella. Es cava según me informa ella misma.

Pone la mochila debajo del banco y descorcha el botellón y lo levanta hacia la oscura noche. Escucho su dulce voz, susurrando de nuevo: está brindando por mí y por nuestras primeras noches juntos. Bebe un largo trago. Después se levanta, tambaleándose un poco por los tacones, y da una vuelta completa sobre sí misma, enseñándome su vestido y preguntándome si me gusta. Que se lo ha puesto para mí. Esta noche la he visto más hermosa que nunca. Vestida así está bellísima, pero aún lo estaba más en su inesperada desnudez.

Vuelve a sentarse y sigue bebiendo de la botella, a sorbos. Por fin me está contando todo lo que le preocupa y lo que desde hacía meses no había sido capaz de contarme. Quedó sin trabajo, perdió su casa, la abandonaron sus amigos…

Llevaba un par de meses viviendo en la calle. Por eso la veía más tiempo durante el día. Por eso aquella noche había decidido, por fin, dormir a mi lado. Anny inclina su cabeza hacia atrás y pronuncia la frase que desata el todo: ¡Ojala pudieras bajar aquí!

Segundos más tarde, me encuentro sentado a su lado, en el banco de piedra. Temo asustarla, por eso llevo mi mano muy despacio hasta su cintura. Ella se estremece un poco pero no es miedo lo que percibo en su mente; el frío que siente cuando la toco es el culpable. Aunque cada vez parezco más humano y menos estatua. Aún no he perdido del todo el frío del bronce del que estoy hecho. Ha hecho que me sienta más vivo que nunca. Por un lado, deseo que se vuelva y me mire, pero por otro, me da miedo lo que pueda encontrar en sus ojos cuando se crucen con los míos.

Finalmente me armo de valor y susurro su nombre:
-Anny – susurro en su oído

-Mi ángel caído – susurra ella sin volverse.

-Por favor, Anny – ¡mírame! – le ordeno, mientras acaricio su pelo, aunque sé que no necesita que la tranquilice. –  Vuelvo a ser de carne y hueso, mi mente sigue conectada a la suya.

-¿Estás aquí de verdad? ¿No eres un sueño ni una alucinación? – no se atreve a volverse por miedo a que yo desaparezca.

-Compruébalo tú misma. En serio, estoy aquí. Me has llamado y he venido. Me has despertado y te pertenezco durante toda esta noche.

-Bueno, eso es un cambio porque he sido yo la que siempre te he pertenecido a ti.

-¿Por eso tienes miedo de mirarme?

-¿Miedo de ti? ¿Cómo se puede temer a aquello que se ama?

Anny se vuelve hacia mi. Sus ojos se quedan atrapados en los míos. Sus labios se encuentran apenas a unos milímetros de los míos. El deseo me resulta insoportable y cruzo la línea: borro la distancia que nos separa mientras nuestros labios se unen. Ella corresponde con un deseo aún mayor que el mío.

Por suenminoe

Me encanta escribir y sumergirme en mundos paralelos al nuestro. Recorrer el mundo a través de las palabras. Dejarse llevar por el fruto de la imaginación.