• Dom. Feb 28th, 2021

El Rincón de Suenminoe

En el soñador vida y sueño coinciden

Etiquetas principales

Las escaleras del desván, by Neus Sintes

Porsuenminoe

Feb 11, 2021

El vecino de la casa de enfrente era un hombre de unos cincuenta años, de aspecto misterioso y reservado. Siempre se le veía solo. Nadie del barrio sabía de su vida o de si tenía parientes o hijos. Tenía un aire solitario y una mirada que en algunas personas les parecía que escondía algo o simplemente, que era muy poco hablador.

Muchos eran los que hablaban de él, como el vecino misterioso y extraño, que las madres mas recelosas, escondían a sus hijos o las apartaban de su camino.

A veces juzgar sin conocer, es el error más grave que uno puede cometer. Pero las habladurías de la gente pasaron de boca en boca, hasta que Adrián empezó a coger mala fama en el barrio.

Silvia, una de las hijas de la vecina, se encontraba jugando en la acera con el skate, que estaba empezando a manejar con bastante facilidad.

-¡Buenos días! – saludó a su vecino – con toda naturalidad del mundo

-Buenos días, chiquilla – veo que aprendes rápido con el skate.

-Mi nombre es Silvia – respondió. – ¿Cuál es el suyo? – le pregunto inocentemente.

-Adrián. – le respondió. Mientras se alejaba hacía su casa, con una despedida de manos.

-¡Hasta pronto! – se despidieron.

Mientras entraba en la casa, en su mente no paraba de pensar en aquella niña de apenas unos ocho años de edad. La primera persona en todo el barrio, que quiso entablar conversación con él.

Un sábado por la tarde, Adrián encontró a Silvia sentada en uno de los bancos del parque. En su regazo un libro reposaba, junto con el punto de página. Tenía la vista cabizbaja, leyendo cada palabra que contenía la historia. Adrián se sorprendió verla leer. Pocos niños, en un parque decidían llevar un libro para leer. Pocos eran los niños que por placer cogían un libro y por su propia voluntad, se ponían a leerlo. El abuso continúo de la tecnología había lastimado parte de disfrutar de un buen libro, de una bonita historia entre líneas.

-¿Está interesante? – le pregunto Adrián – sentándose en el banco donde se hallaba Silvia.

-Sí, mucho – respondió la niña. – cuyo semblante denotaba preocupación.

-Silvia, ¿te encuentras bien? – le preguntó Adrián, pensativo

-He tenido que salir de casa. Mi madre está regañando, otra vez, a mi hermana mayor. Últimamente sale mucho de fiestas y estudia muy poco.

-Comprendo – dijo Adrián, intentando tranquilizarla.

-Pero lo que no sabe mi madre es que me he ido al parque con un libro escondido en mi regazo. Si me viera leyendo, me quitaría el libro de las manos.

-¿Y eso por qué? – si puedo preguntar… – ¿No le gusta que leas? – preguntó sorprendido.

-Dice que soy muy pequeña para leer los libros de la biblioteca del barrio.

-No te preocupes, tal vez tenga la solución a tu problema. – ¿sabes guardar un secreto?

Silvia asintió, sin saber a qué se refería.

En el desván albergaba un pequeño estudio donde un montón de libros habitaban en él. Adrián le enseñó un agujero por el que entrar en la casa, sin que su madre la viera, tan solo por el mero hecho de que pudiera seguir leyendo. Adrián le enseñó un gran tesoro a los ojos de la niña; los libros.

A partir de ese día Silvia acostumbró a pasar las horas leyendo en el desván, con la tranquilidad de no ser vista y poder leer con tranquilidad. Se acostumbró a entrar y devorar cada uno de los libros con tanta ansia, que en una ocasión el tiempo le transcurrió tan deprisa que no se percató de la hora.

Había oscurecido, sin percatarse de las horas transcurridas. Cuando unos gritos procedentes del exterior, la hicieron volver al mundo real. Afuera, creyó oír que la estaban llamando por su nombre. Primero oyó la voz de su madre, seguida de la de su hermana y demás vecinos.

Llamaron al timbre de casa de Adrián. Éste se levantó, perezosamente de la cama, sin saber lo que estaba sucediendo. Al abrir la puerta, se encontró con todos los del barrio revoleteando y hablando al mismo tiempo. Exigiendo saber donde se encontraba Silvia.

-¿Dónde esta la niña? – preguntó uno de ellos, con la cara roja de la ira acumulada.

-Un momento…¿de qué se me está acusando? – preguntó confundido Adrián

-Usted lo sabe muy bien. ¡Tiene secuestrada a mi hija! – le espetó la madre.

-Yo no tengo secuestrado a nadie. No soy un secuestrador, como todos pensáis. Soy una persona con un pasado, que a nadie le incumbe, que vive en este barrio que por algún motivo que yo desconozco, todos ustedes me desprecian.

Unos pasos se oyeron subir las escaleras que conducían al desván. Antes de que Silvia tuviera tiempo de subir arriba del piso superior. La madre seguida de los vecinos irrumpieron en la casa de Adrián.

-¡Silvia! – ¿Qué haces aquí? – le recriminó su madre

-Lo siento, mama – me he quedado leyendo sin darme cuenta de lo tarde que era… – se disculpó

-¿Leyendo? – preguntó.

-Sí, mamá. Ya que no me permites leer nunca, he encontrado en nuestro vecino Adrián a un compañero, con el que compartir buenos momentos, disfrutando de los libros. El me enseña palabras que desconozco y me deja entrar en su casa para poder leer o estar tranquila.

-¡No vuelvas a irte, sin avisar! – le recriminó su madre

-Perdona mamá – pero sé que si te lo hubiera dicho, no me hubieras dejado. Ahora sé, que debí avisarte.

La niña se disculpó con la madre por no haberle avisado y Adrián hizo lo mismo, con la condición de que no volvieran a dudar de su confianza. De esta manera, la madre de la niña dejó que fuera a leer siempre y cuando la avisara.

La niña hace comprender a todos lo mal que han hecho en juzgar a Adrián como una persona mala, sin conocer realmente su personalidad.

Aprendieron una lección. No juzgues sin conocer.

 

suenminoe

Me encanta escribir y sumergirme en mundos paralelos al nuestro. Recorrer el mundo a través de las palabras. Dejarse llevar por el fruto de la imaginación.