Me encontraba en la celebración de la boda de mi mejor amigo Robert. La afortunada se llamaba Amanda. Quien antes de conocer a Robert, había mantenido una relación conmigo. Me senté en la barra del bar, tomando un cóctel cuando mis pensamientos se desviaron a unos años atrás, antes de que Robert y Amanda se conocieran.

Después de compartir con Amanda un año de noviazgo, decidimos continuar como amigos. Algunos matices se fueron esparciendo, pero lo que nunca llegamos a dejar fue de ser amigos. Incluso cuando conoció a Robert, Amanda era la primera en pedirme consejo o en llamarme por teléfono cuando tenía algún problema. Siempre fiel a sus deseos, aún cuando yo ya no fuera su pareja.

El destino hizo que ella y Robert se casaran, celebrando una boda en el que el novio, debería haber sido yo. Robert, siempre había sido muy afortunado con las mujeres, pero hasta con Amanda, el había sido el afortunado de ser a quien ella eligiera como su futuro marido.

De fondo una balada lenta empezó a sonar. Los novios en el centro empezaron a bailar, guiados alrededor de las demás parejas. En cambio, mi compañía era una copa medio vacía. Mientras mis ojos veían como el mundo se me venía abajo. La mujer que había amado, precisamente casada con mi mejor amigo.

¡Que suerte la de algunos! – Me sentía solo, traicionado y herido. Mis heridas en mi corazón no estaban sanadas. Comprendí que a pesar de que yo lo negara, los sentimientos hacía Amanda, no habían desaparecido. No la veía solo como a una amiga, la veía como algo más.

Recuerdos y más recuerdos me golpeaban la mente, incesantemente. Unas horas a la ceremonia me habías llamado, de nuevo.

-¿Gabi? – me llamaste – esperándome en la habitación, ya vestida de blanco. Mis ojos se posaron en ti, de nuevo, recurriendo a tu llamada. Recurriendo a tus necesidades o preocupaciones. En este caso, nerviosa por casarte con Robert. Los nervios de la novia empezaban a hacer mella en ti.

-Amanda – la tranquilicé. – La decisión está tomada. No te casas por obligación. Es algo que tú y Robert habéis decidido. No deberías tener dudas. Tu decidiste desde el primer momento en que Robert se convirtiera en tu marido. Sabías las consecuencias. Deberás confiar más en él. – Tragué saliva.

Me disponía a irme para dejarte unos minutos tranquila, cuando el timbre de tu voz me pronunció aquel  – «Gracias, Gabi» – no se que haría sin ti.

-Amanda – No tienes que dármelas. – le respondí, mientras me alejaba sintiendo en mi corazón una punzada de dolor.

La segunda punzada que sentí de nuevo fue cuando pronunció el «Sí, quiero» en el altar. Sentado en la barra del bar, mil punzadas atravesaban mi corazón herido. Todas ellas acumuladas dentro de mí, salían de golpe. Veía la realidad, mi realidad. La de ellos. Me encontraba solo.

Dejé la copa un lado, y me encaminé hacia mi destino, en busca de mi felicidad. Robert y Amanda eran felices. Había llegado el momento en pensar más por uno mismo. Yo también necesitaba encontrar la felicidad. Antes lo hubiera considerado egoísta por mi parte, anteponiendo las necesidades de los demás a las mías.

Amanda y Robert deberían aprender a confiar y no a depender tanto de mi. Había llegado mi hora. La hora en pensar más en mí mismo.

 

Por suenminoe

Me encanta escribir y sumergirme en mundos paralelos al nuestro. Recorrer el mundo a través de las palabras. Dejarse llevar por el fruto de la imaginación.