¿Cuánto de grave se puede considerar una enfermedad?. ¿Hasta qué límite puede llegar?. Esas son las muchas preguntas que el ser humano se pregunta, cuando se ve con las manos atadas, sin saber qué hacer o cómo reaccionar, cuando algún familiar cercano pasa por alguna de estas fases, de las cuales puede llegar a ser mortal.

Catherina era la hermana mediana de tres hermanos. Isabella; la menor y el hermano mayor; Bernardino. Ambos muy diferentes, pero unidos debido a la enfermedad que padecía su madre, ya anciana.

A sus 68 años, Antonia había pasado por muchas penurias a lo largo de su vida. Al cuidado del hogar y de sus hijos, como era habitual en su generación. Mientras, en la actualidad, su marido, un militar retirado, contemplaba a su mujer, que poco a poco se iba consumiendo, a raíz de una grave enfermedad de la que aún no tenían constancia, ni referencias.

Muchas eran las veces en que los tres hermanos no se ponían de acuerdo. Si uno decía de llevarla al médico para que le hiciera pruebas, el otro se negaba. En vez de hallar soluciones, los tres hermanos terminaban enfrentados y sin resolver nada. Mientras Bartolome – el marido de Antonia – veía día a día cómo sin el poder hacer nada, cómo su mujer, se iba consumiendo y dejando de ser la que era. Se la veía cansada, hablando sola y asustándose sin más, viendo fantasmas o simplemente meros desconocidos. Sus sentidos se fueron apagando, dejando de recordar las cosas cotidianas e incluso a sus hijos. Su mente se apagaba, hasta llegar a una demencia senil.

Bartolome, enfadado con sus hijos les llamó para que solventaran sus malos entendidos. Pero que hicieran el favor de llamar a un médico y que éste le hiciera una observación.

-Sed adultos y llamad a un médico – les recriminó.

-Pero papá – intervino Catherina. No creo que sea lo mejor…

-Nosotros opinamos como papá – dijeron Isabella y Bernardino

Un médico ataviado con su bata blanca y unas lentes diminutas fue a verles en el domicilio para comprobar el estado de Antonia. Después de un estudio, sus palabras fueron mas graves de lo que pudieran imaginar.

-Bartolome – no sé cómo comunicarles los resultados – dijo dubitativo

-¡Hable, Doctor! – le insistió

-Su mujer padece Alzheimer. De las tres etapas se encuentra en la media. Es decir, ha pasado de la moderada – que es la que apenas se puede identificar, porque es una etapa en la que no se representa el estado de pérdida de memoria. Ahora se encuentra en la etapa media – que es donde, han podido apreciar, representa pérdida de la memoria.

-¿Y ahora qué, Doctor? – preguntó Isabella – con lágrimas en los ojos

-Por el momento, darle unos medicamentos y no dejarla sola.

-¿medicamentos? – preguntó exaltada, Catherina – que siempre se había considerado una persona anti-medicamentos.

-Señora – su madre los necesita. Si no los toma, la enfermedad puede empeorar. Tened presente que es importante que no pase a la etapa grave, llamada así por considerarse entre los pacientes, la etapa final… – no quiero alarmar, pero quiero ser realista y que tengan sumo cuidado.

-¿Y si llegara a pasar a la etapa tres? – preguntó preocupado Bernardino – frotándose la cara con las manos

-Habría que ingresarla inmediatamente

Bartolome – asintió.

Pasaron los días y las hermanas se turnaban para asear a su madre y acostarla. Los días pasaban, y aunque no la dejaban a solas en ningún momento, no veían mejora alguna. Al contrario, Antonia empezó a actuar de forma alarmante, al encontrarse con personas que desconocía; sus hijos y esposo. No los reconocía.

El doctor les informó de que había pasado a la etapa tres, la etapa más grave. Tuvieron que ingresarla de inmediato a pesar de algunas quejas de la hermana mediana, Catherina.

Antonia siempre había sido una mujer menuda, y ahora aún lo parecía más. Se la veía empequeñecer por momentos, sin ganas de nada, soñolienta, con ganas de dormir a cada momento. Y en los momentos en los que se encontraba más despierta, veía sombras, personas desconocidas, inventadas fruto de su mente y sin recordar a sus hijos ni a su esposo.

Con los días la enfermedad no mejoró. Seguía en la misma etapa de la enfermedad, sin saber a ciencia cierta cuando mejoraría. Por desgracia, Antonia sufrió una pulmonía, que a sus años, no resistió. En una fría cama de hospital sus ojos se cerraron una noche para no volverse a abrir. La causante de su muerte no fue el Alzheimer, aunque, bien podría haberlo sido. Pero la pulmonía fue la causante de su fallecimiento, a causa de la edad y demás complicaciones que fueron generando por el camino.

Antonia dejó de sufrir, yendo a un lugar mejor. Donde las enfermedades no existían y una calma y una paz formaban parte de ella. Vio la luz. La luz celestial, que la condujo a un lugar mejor. Donde el sufrimiento dejó de existir.

Por suenminoe

Me encanta escribir y sumergirme en mundos paralelos al nuestro. Recorrer el mundo a través de las palabras. Dejarse llevar por el fruto de la imaginación.