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El Rincón de Suenminoe

En el soñador vida y sueño coinciden

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Más allá del tiempo, by Neus Sintes

Porsuenminoe

Nov 4, 2020

En ocasiones ocultamos nuestros sentimientos a la persona que tenemos al lado. Sin saber porqué, ocultamos al mundo lo que sentimos ya sea por miedo a una respuesta que no queramos oír o simplemente por no querer arriesgarnos ha decirlo.

Lo que no sabemos es que los sentimientos son más poderosos de lo que uno cree y ocultarlos no sirve de nada. Solo significa vivir atormentados, tal vez, el resto de nuestra vida o mejor dicho, el resto de la inmortalidad.

Lucio se encontraba sentado en su sillón predilecto, observando el fuego chispear en la chimenea. Sus pensamientos se dirigieron a una época en la que, siendo un chaval de unos diez años gozaba de una infancia feliz, en su bella Italia.

Vivió su época de estudiante, donde las Artes literarias y artísticas predominaban con fuerza. Asistió a las escuelas y academias que fomentaban el conocimiento de lo clásico. En una excepcional generación de filósofos, científicos, literatos y artistas. Hasta que un día su vida cambió para siempre.

Había cumplido la mayoría de edad, cuando recién salía de la biblioteca, junto con su compañero de estudios. Cuando una extensa niebla a las afueras de la plaza se había formado. Oyeron gritos, gente huyendo aterrada por salvar sus vidas. Entonces, Lucio dejó caer su mochila al suelo, cuando se percató de que su compañero yacía muerto a su lado.

En fracción de segundo pudo notar cómo unos colmillos se apoderaban de él. Pero en vez de matarlo, le convirtieron en vampiro, dándole la inmortalidad.

-Tienes un gran potencial, Lucio – le susurró al oído

-¿Porqué a mí? – preguntó Lucio – sin apenas fuerzas

-Tu eres diferente a los demás. – afirmó. – Magín es mi nombre y ahora tú creador.

-Recuerda; a ti te doy la inmortalidad. Pero también te ofrezco el don más poderoso de todos. Mi creador me lo dio en su tiempo, cuando éste me convirtió. Ahora yo te lo ofrezco a ti. – Somos muy pocos los que poseemos este don.

«solo el tiempo podrá ser tu enemigo.» – ni la luz del sol ni el fuego podrán herirte. Podrás andar bajo el sol de día y podrás arder en medio de un fuego. Tampoco tendrás la necesidad de consumir sangre; solamente cuando te encuentres débil – como ahora. – Y haciendo un corte en la muñeca, hizo que Lucio bebiera de ella.

Lucio lo miró desconcertado – mientras veía cómo después de alimentarse de su creador, éste echaba el vuelo y desaparecía.

Han pasado muchos años y muchas generaciones desde entonces. El recuerdo de aquel día, Lucio lo recuerda como si se tratara de ayer. Durante mucho tiempo viajó y gozó de la vida; de la inmortalidad que le fue dada. No volvió a ver nunca más a su creador. Pero la mente no olvida y el recuerdo y el tiempo ahora le pasan factura.

Sus ojos color miel, brillaban con intensidad, con el reflejo de las llamas que desprendía el fuego, proveniente de la chimenea. Tenía un cuerpo joven y musculoso. Con una mente dotada de muchos años de experiencia, habiendo recorrido el mundo, pero ahora la soledad le había venido a visitar. Su enemigo el tiempo. – cómo bien recordaba de las palabras de Magín; su creador le había advertido. Actualmente, se encontraba residiendo en un castillo de Rumanía; en lo alto de las montañas.

Una llamado de teléfono le desvió de sus pensamientos. Al descolgar el auricular una voz femenina le devolvió al mundo actual.

-Buenos tardes – ¿Estoy hablando con Lucio? – preguntó una voz femenina al otro lado del auricular.

-Sí, soy yo. ¿Qué es lo que desea? – se preguntó, frunciendo el ceño

-Hace unos meses nos contrató para que le buscáramos un historiador, que supiera sobre todo italiano. Según nos comentó, deseaba un traductor, especializado en Arte.

-Si, ahora lo recuerdo – hizo memoria Lucio. – Prosiguió – Se trata de unos libros antiguos que deseo que sean traducidos al italiano.

-Sí. Lo hemos tenido en cuenta. Hemos encontrado al traductor que podría hacer el trabajo.

-¡Estupendo! – exclamó.

-¿Le va bien mañana? – dígame la dirección y allí estará a la hora que usted le vaya bien.

-Mañana me va bien – afirmó, Lucio.

-De acuerdo. Gracias.

-A ustedes.

Lucio se puso a pensar, mientras se acariciaba el mentón de su barbilla. Mientras iba en busca de unos libros antiguos que guardaba con mucho recelo y cariño. Eran sus diarios que escribió desde que se convirtió en un vampiro. En ellos explicaba todos los lugares visitados y experiencias que había vivido y conocido. Algunos, roídos por el tiempo necesitaban trabajo y mucha dedicación. Por ello había contratado a un traductor e historiador.

Elia era una historiadora, apasionada del Arte, que había vivido parte de su vida en Italia, pero por motivos de trabajo se había instalado en Rumanía. Estaba conduciendo a medida que iba mirando la dirección que le habían dado en el trabajo, aunque no estaba muy segura de si era correcta, ya que la dirigía hacía un castillo, en lo alta de las montañas.

Un sendero conducía a él, por el cual se tenía que ir andando. Aparcó el coche en la explanada y un misterioso y solitario bosque la esperaba para que siguiera el camino. Se abrochó la cazadora y con la dirección en la mano y una pequeña mochila a sus espaldas emprendió el camino que la conduciría donde se encontraba Lucio.

El camino era solitario, apenas se oía un alma. El piar de alguna que otra ave, eran los únicos sonidos que detectaba a medida que iba caminando. Había caminado por lo menos unos quince minutos que le habían parecido una eternidad. El cielo empezaba a nublarse y pronto sería de noche.

Alzó la mirada y contempló las escaleras que conducían a lo que parecía la llegado al castillo. Subió los peldaños, cruzando los dedos para que la dirección fuera la correcta. Hasta llegar a una grandiosa puerta de madera reforzada.

-Ding Dong – Llamó a la puerta.

-Buenos tardes, ¿desea alguna cosa? – preguntó Lucio, extrañado – abriendo la puerta cautelosamente, mientras observaba a la muchacha de cabellos castaños.

-Buenos tardes- Me presento. Mi nombre es Elia, la traductora e historiadora. – enseñándole la identificación y la dirección que la habían asignado.

-Lucio -encantado; pase, si es tan amable.

Siguió a Lucio, que la condujo por un largo y amplio vestíbulo, donde en el interior del castillo podían apreciarse la cantidad de arcos que daban acceso a las distintas habitaciones. Elia pudo distinguir por el rabillo del ojo que algunas de ellas, se encontraban mayormente vacías y frías. Dando por sentado que Lucio vivía solo. La cantidad de cuadros que adornaban la entrada hasta llegar a la sala era inmensa. La mayoría de ellos dibujados al óleo, daban al castillo un toque de la personalidad de su cliente. La mayoría eran retratos de personajes y de paisajes.

-No le voy a mentir, señorita – confesó – Mientras recorrían el vestíbulo – Pero no me habían comentado de que se trataba de una mujer.

-¿Tiene algún inconveniente? – preguntó -algo confusa.

-No; en absoluto. – afirmó, mientras parando en seco quedó mirando a la muchacha que tenía a su lado.

Elia, una chica de unos veinte años de edad; los mismos que el aparentaba tener, pero de eso ya hacía muchas generaciones atrás. Lucía una melena larga y de color azabache en contraste con sus ojos claros. Era hermosa, jovial e interesante. Hacía mucho tiempo que no se encontraba cara a cara con una mujer y el deseo de estar con alguna, lo había sustituido por las épocas de viaje y ahora de la soledad.

-¿Ha dibujado estos cuadros? – pregunto Elia – mientras intentaba cambiar de conversación y romper el hielo.

-En efecto. – Todos ellos son dibujados por mí. Soy un apasionado del Arte.

Pasaron por otro arco que daba acceso al salón, donde una chimenea desprendía el calor del hogar. Un profundo aire de misterioso silencio invadió, de nuevo, la estancia.

-Bueno, espero que haya venido equipada con sus provisiones de ropa para instalarse aquí, en el castillo. Hasta que finalice el trabajo. – Le dijo Lucio – mirando a los ojos, mientras le ofrecía asiento.

-¡No me habían comentado nada! – exclamo Elia.

-Las clausulas del contrato así escritas estaban – la seriedad se formó en el rostro de Lucio

-¡Tego una idea! – Podría informarles para que me mandaran ropa y provisiones a esta dirección. Una amiga mía tiene copia de las llaves de mi apartamento. Siempre podría hacerme la maleta y enviarla al trabajo, para que mi jefe la envíe a su dirección… -¿le parece?.

-¡Estupendo! – Entonces, arreglado. – Lamento el malentendido, señorita.

Elia se preguntó cómo un un joven de su edad podía permitirse vivir en un inmenso castillo y a la vez aislado de toda comunicación de la ciudad. Encontraba a Lucio atractivo, con esos ojos color miel que la hacían derretir por momentos, cuando se quedaba mirando fijamente. De vez en cuando tenía que desviar la mirada, sabía que se enrojecía y su piel pálida no le ayudaba a disimilar. Por otro lado, veía en Lucio a un joven muy diferente del resto. Reservado, silencioso y con un aire de misterio, que le hacía poner la piel de gallina y a la vez le atraía.

-¿Son esos los libros que tengo que traducir? – preguntó, observando la pila de diarios que encima de la mesa reposaban

-En efecto, todos ellos – Mañana se pondrá manos a la obra. Imagino que deberá sentirse cansada del largo viaje.

Lucio la guio en dirección a la que sería su habitación. Cuando pasaron por uno de los pasillos cercanos al salón, unas escaleras inmensas daban acceso a la torre. Subieron en silencio y al llegar, dos habitaciones daban acceso. La de la izquierda daba acceso a la primera torre y las escaleras que continuaban, accedían a la segunda torre; la mas alta, la habitación de Lucio.

-Que descanses bien, Elia – dijo con cortesía

-Igualmente. Gracias – respondió.

Cerro la puerta y se echó en la mullida cama, pensativa. Nunca se había encontrado tan lejos de su ciudad natal. Tampoco sabía cuánto tiempo permanecería en Rumanía, alejada de toda civilización. Debería adaptarse a convivir con Lucio y tener como vistas a las inmensas montañas que parecían hablarle. tan grandes y siniestras como el propio castillo. Se encontraba tan diminuta en esos momentos, tal vez era miedo o inseguridad a sentirse «sola», en unas lejanas tierras donde apenas tenía más comunicación que los libros que tendría que traducir más la compañía de su cliente.

-Lucio – pensó para sí. – Se dijo a sí misma que era mejor descansar y dejar la mente en blanco. – Mañana sería otro día. Demasiadas emociones por un día.

La mañana siguiente amaneció más fresca de lo normal. Un intenso aire polar parecía venir de las montañas. Decidió no salir del castillo y aprovechar el día con los manuscritos, que más tarde Lucio, en el salón, junto a la chimenea encendida, le estaba explicando.

-Entendido – respondió.

-Como podrá comprobar el trabajo es fácil, pero minucioso y debe tratarse con bastante delicadeza. Algunas páginas están roídas y amarillentas por el tiempo transcurrido. – Aclaro Lucio

-No se preocupe – Tendré cuidado y esmero en el trabajo para que quede como nuevo.

-Es lo que deseo – afirmó. – Le ayudaré a subir los diarios hasta su habitación.

Mientras subían, Lucio podía percibir el aroma que desprendía su cuerpo, junto al perfume tan suave y dulce que en su cuello reposaba y que por momentos, había tenido la tentación de besar. Pero debía tener paciencia y cordura. El hecho de convivir solo, sin la compañía de ninguna mujer, lo hacía más vulnerable. Sus ojos destelleaban cuando llegaron a la habitación de Elia, cuando sintió el roce de su piel en contacto con la suya, al entregarle los libros.

-Gracias por la ayuda, Sr. Lucio- le respondió. – No hubiera podido subir todos los tomos en una sola vez. – le dedicó una sonrisa.

-Llámeme, Lucio – apreciando en las comisuras de su boca, algo parecido a una sonrisa.

Elia percibió el brillo en los ojos de Lucio, y no se atrevió a mirarle más, por miedo a que se creyera que tenía otras intenciones. Se repetía que no podía mezclar el trabajo con el placer. Pero si no hubiera sido por trabajo, hubiera intentado tener mas contacto visual con ese hombre que le irritaba al ser tan misterioso y le excitaba su forma de ser, a veces tan galán, como si de otro época se tratara.

-Bueno, si desea algo, ya sabe donde encontrarme – y cogiendo una de sus manos, se la llevo a sus labios, y se la besó – a modo de cortesía.

Elia quedo sin palabras, mientras veía como se marchaba, subiendo las escaleras que daban a la torre superior; donde se encontraba su habitación. – como si el gesto que hubiera hecho fuero de lo más normal.

Una vez en la torre, Lucio se dio de bruces en la cabeza, alterado. – ¿Pero qué pensará ahora?, – andaba de un lado para otro devanándose los sesos, pensando en la tontería que había terminado de realizar. Años atrás, en otras generaciones, hubiera sido de lo mas normal. En la actualidad, ya no se hacían uso de estos modales.

La primera semana de su instancia en Rumania, la dedicó a traducir los textos. Algunos, eran de generaciones atrás. Elia llegó a pensar que el árbol genealógico de Lucio, se había basado en seguir la tradición de escribir sobre paisajes y viajes visitados en sus vidas. Por lo que dedujo que su familia siempre se había dedico a viajar y a conocer diferentes culturas. La tradición de los diarios parecía haber seguido tras generación en generación.

-¿Interrumpo? – preguntó Lucio – asomando por la puerta

-¡Oh, no! – en absoluto. De todas formas, iba a descansar un poco la vista.

-¿Le apetece un café? – le ofreció Lucio

-¡Gracias! – lo necesitaba.

-¿Cómo le va el trabajo? – preguntó

-Bien. Es fácil, pero minucioso. Esta semana prácticamente no he salido del castillo. He aprovechado el tiempo, teniendo en cuenta que ha estado lloviendo toda la semana. – Permítame decir que es una maravilla que tantas generaciones de su familia, incluido usted, hayan podido narrar los viajes, visitando distintas culturas a raíz del mundo.

-Si. Por ello les tengo ese cariño especial – contestó Lucio

Un silencio se produjo en la sala. Mientras veía a Lucio asomar por la ventana, mirando a la lejanía. Como si recordará viejos tiempos pasados. Pequeños finos de rayos de sol se filtraban por la ventana, dando por finalizado los días de lluvias, mientras un hermoso paisaje envolvía a su alrededor.

Elia se levantó de la mesa, en silencio. Mientras observaba el paisaje que tenía a su alrededor. En medio de la nada. En la absoluta tranquilidad de las altas montañas de Rumanía.

Lucio percibió su presencia y el aroma que desprendía.

-¡Acompáñeme! – Quiero enseñarle algo. – Le indicó Lucio

Llegaron a un cobertizo, fuera del castillo. Donde unos hermosos caballos de belleza sin igual , relinchaban alegremente. Lucio acarició a un semental de color negro, de gran estatura y de una belleza extraordinaria.

-¡Son hermosos! – dijo Elia -asombrada

-¡Demos un paseo! – ofreciendo una mano a Elia- No tema. Por su expresión deduzco que no sabe montar, pero eso no importa.

Elia, se agarró de la mano de Lucio, quien de un salto se montó en el caballo. Cuando empezaron a montar, se agarró por instinto a la cintura de Lucio. El tacto de Elia le produjo una sensación que hacía años no percibía. El tacto de sus manos acariciando sus costillas, mientras galopaban. La figura de dos siluetas a la lejanía cabalgando se podían apreciar, en los altos montes, cuyas montañas, lejanas a una civilización, ofrecían una tranquilidad a Elia que hacía tiempo no sentía.

-¿Le ha gustado el paseo? – preguntó ayudándola a bajar del caballo

-¡Oh, si! – Hacia mucho tiempo que no sentía tanta paz. Prosiguió – Ahora comprendo porque desea vivir en el montañas, alejado de la civilización. – mirándole de soslayo.

-Es lo que tiene poder vivir en las montañas. Pero es como en todos los lugares. Siempre se extraña algo o algún que otro concepto.

Elia espero a que estuviera el caballo en su cuadra y mientras, veía en él al hombre cuya sensibilidad escondida bajo su piel albergaba. Todo aquel que es amante de los animales, tiene su faceta de bondad en su interior. Un escalofrío recorrío su cuerpo al percibir sensaciones de atracción hacia Lucio; su cliente. No podía evitarlo. Quería conocerlo, quería estar con el, a pesar de que fuera una ilusión o una fantasía. Desprendía todo su cuerpo varonil algo que le atraía enormemente.

-Gracias por el paseo, Lucio – le dedicó una de sus sonrisas. – estaré en mi habitación.

-No me des las gracias – El placer ha sido mío, Elia. – sosteniendo de los hombros desnudos, le retiró un mechón de la cara – devolviéndole una de sus sonrisas varoniles.

Exhausta por todos los acontecimientos, especialmente de los sentimientos que empezaban a surgir, decidió darse una ducha. Mientras en el piso superior, Lucio temía por la atracción que ambos estaban empezando a notar. No porque fuera su cliente, sino porque el era un vampiro y ella una mortal.

En esos momentos se oía el agua de la ducha. Imaginando aquel cuerpo femenino, esbelto y de curvas bien proporcionadas, como las gotas de agua iban cayendo y resbalando sobre su piel. Hacía muchos años que había dejado de prestar atención a las mujeres, sabiendo realmente qué era él, pero Elia la hacia ser vulnerable.

Por la noche Elia no podía conciliar el sueño. Pensaba en Lucio, en cómo un varón como el podía vivir solo, sin la compañía de una chica en su vida. Un ruido la hizo volver a la realidad. Se encontraba en la cama con el blusón de dormir, color celeste transparente. Cuando una mano le cubrió la boca para evitar que chillara, pero ya fue demasiado tarde. Elía había chillado, alarmando a Lucio, quien al entrar en la habitación, encontró a Magín; su creador.

-¡Suelta a Elia! – Maldito Magín. – Su voz se había convertido en un rugido feroz.

-¡Lucio! – ¿así recibes a tu creador? – Exclamó

-¡No tienes derecho a irrumpir en mi casa, en plena noche, como si tal cosa. ! – Te recuerdo, Magín, que hace muchos siglos que me dejaste tirado en la acera de la calle de mi Bella Italia, abandonado a mi suerte, dándome un poder, que ahora me está pasando factura. Llevo mucho tiempo, demasiado en mi soledad.

-Yo no lo veo así – dirigiendo una mirada a Elia. Que no dejaba de escuchar la conversación de ambos personajes. – ¿de qué estaban hablando?.

Elia enmudeció al ver cómo se elevaban del suelo para enfrentarse el uno al otro. Jamás en la vida habría imaginado ver con sus propios ojos aquello en su vida. Ambos se estaban enfrentando en un atroz lucha, derribando todo a su paso. Elia quería huir, pero algo se lo impedía. No podía mover músculo alguno, le flaquearon las piernas en un intento de huir, en vano.

-¿A donde te crees que vas? – le preguntó Magín – mientras la sujetaba del cuello, rozando con las yemas de sus dedos largos y afilados, el punto exacto que le podría dar la inmortalidad o por el contrario darle muerte.

-¡Suéltala! – Exigió Lucio – mirando a Elia con los ojos desorbitados y furiosos a su contrincante. – Se trata de tú y yo. Tú, mi creador. El que desapareció después de darme el mordisco que me dio la inmortalidad – dijo mirando de soslayo a Elia.

Entonces, en esos precisos momentos, Elia lo entendió. Su forma de ser, de comportarse, a veces con modales de tiempos pasados. Su historia. La de de sus diarios. Los diarios que ella creía que eran de su cronología familiar. ¡Eran todos vivencias suyas y sólo suyas.!

-¡Lucio! – una lágrima resbaló por su mejilla

-¡Elia! – Te salvaré – te lo prometo.

-Querida, tu Lucio al que admiras tanto, no es más que un inmortal que yo le di hace muchos años un don muy poderoso. Que nada, ni nadie podría destrozarlo ni derrotarlo. El mismo don que tengo yo. El tiempo es nuestro enemigo y si encima, como es tu caso, Lucio, te encuentras bajo los efectos de la soledad… – meneó la cabeza.

-Es verdad que te abandoné – Prosiguió – pero lo hice porque sabía que te había convertido en un vampiro fuerte y poderoso. En lo que no contaba, era que dentro de tu ser alimentabas aún la bondad. Eras especial, en eso no me equivoqué. Mi equivocación fue en crear a un vampiro cuya bondad aún ronda por tus venas.

-No todos somos iguales; Magín – le dijo con un tono despreciable. Los ojos de Lucio empezaron a brillar con más intensidad, surgiendo de sus entrañas una poderosa fuerza, oculta.

-Deja a Elia en paz – esto es, entre tu y yo – Magín.

-Te equivocas – mirando de reojo a Elia.

-¿A qué te refieres, maldito? – rugió Lucio

-Me refiero a que ella forma parte de esta historia, porque en primer lugar, ella te importa. He estado observándote desde que decidiste traducir en tu idioma natal, los viajes que realizaste, mientras gozabas de tu libertad como inmortal. Después, vi como te refugiabas en las altas montañas, en busca de paz y armonía.

-¿Y porqué en ningún momento apareciste o te presentaste ante mí? – para saber cómo me iba o para orientarme, ya que eres mi creador. – Yo te responderé a la pregunta que te he formulado – Simplemente porque eres un cobarde; eso es lo que eres.

Magín, al escuchar de los labios de Lucio que le había llamado cobarde. Impulsado por la rabia y la maldad, asió con mas fuerza a Elia, quién gritó de dolor, cuando éste la impulsó y la echó en el suelo, Con tan mala suerte que al caer, Elia se dio en la cabeza, con la mesita de noche.

-¡Tú lo has querido! – exclamó.

-¡Elia! – Lucio gritó su nombre

-Sé que no puedo herirte, aunque tú a mi tampoco – Los ojos de Lucio brillaban con una gran intensidad, eufórico. Asió de las solapas a Magín, quien a su vez emprendieron una pelea entre ambos.

-¡Lárgate de mi vista! – Exclamó Lucio

-Lo haré. Pero ten en cuenta que a diferencia de mi. Tú, Lucio te esta dominando la soledad y el tiempo te está matando por dentro. Si quieres sobrevivir, tendrás que necesitar de mi ayuda, si la quieres… – dijo con una sonrisa maléfica.

-Magín – No quiero de tu ayuda y tu presencia me hace daño a la vista. – ¡Vete!. – Dictaminó.

-Tranquilo, Lucio. Me voy a ir – no volveré nunca más. – afirmó, echando el vuelo.

Un hilo de sangre corría por la frente de Elia. Se encontraba inconsciente. Lucio corrió a a su encuentro, tras echar a Magín de su vida. Ahora la vida de Elia peligraba. Sus palpitaciones eran de cada vez más leves e imperceptibles. Lucio la asió de la cintura, sostuviéndola en brazos, hasta llevarla encima de la cama. Le curó la herida de la frente pero aún así, no respondía.

-Elia, por favor – ¡Dime algo! – Exclamó.

De cada vez su corazón se tornaba más débil y seguía sin responder, sin despertar. Al cabo de un rato entreabrió los ojos y con una mueca de dolor, débil y asustada, lo único que pronunció fue su nombre – Lucio…

Lució le acarició la frente y su mirada lo decía todo. Amaba a esa muchacha, pero su muerte estaba por llegar. En su mente pasó la posibilidad de convertirla, pero no quería si no ella no lo aprobaba. Era una decisión importante, no quería que le sucediera igual que a él. Fue convertido sin aviso prévio.

-Elia, ¿me escuchas? – le preguntó

Elia asintió con la cabeza.

-¡Escúchame bien, por favor! – No sé como decirte esto…. – Pero estas muy débil, tu corazón apenas tiene fuerzas para seguir adelante – lágrimas surcaron las mejillas de ambos.

-¡Lucio! – deseo estar contigo… – y fue cerrando los ojos muy despacio.

-¡Elia! – ¿Quieres permanecer conmigo eternamente? – ¡Deseas que te convierta! –

Elia asintió con la cabeza, sin apenas fuerzas para hablar. Inclinó la cabeza a un lado, dejando a la vista su delgado y fino cuello. Lucio la beso y sus labios se redirigieron hacia la yugular, donde en vampira convirtió a Elia.

Tras una larga semana, la vida de ambos cambio para siempre. La soledad desapareció de su vida, dando lugar a la compañía de su amada Elia. Por otro lado Elia le estaba agradecida por salvarle la vida. El tiempo no sería ningún enemigo para ambos. Porque ambos se tenían el uno al otro. No volverían a sentirse solos nunca más.

 

suenminoe

Me encanta escribir y sumergirme en mundos paralelos al nuestro. Recorrer el mundo a través de las palabras. Dejarse llevar por el fruto de la imaginación.