Relatos

La música de la noche, by Neus Sintes

Llegué a casa cansado, después de dos semanas internado en el hospital. Ahora tan solo tenía ganas de echarme en mi cama, impregnada por el aroma todavía de mi mujer. Amanda y sus notas de música aún en mi mente resonaban, lejanas pero eternas. ¡Amanda!, ¿por qué tuviste que marcharte tan pronto?.

-Señor Adrián – ¿necesita alguna cosa o que le prepare alguna infusión? – le preguntó el mayordomo aún preocupado por el regreso de su Señor.

-No. Gracias, Fredrick – tú tan servicial como siempre. – lo que necesito ahora es descansar e irme a mi habitación.

-Como mande, Señor. – cualquier cosa no dude en llamarme enseguida. – afirmó el mayordomo

Tumbado en la cama, mis pensamientos volvieron a mí de forma repentina. Posé una mano en donde se supone que mi Amanda tendría que estar, y lo que tocaron las yemas de mis dedos fue el lado de la cama vacía y fría.

Mis ojos vidriosos retrocedieron en el tiempo. Amanda era una gran violinista. Tocaba el violín con el alma y su corazón, con una pasión desmesurada. Amada por los que la rodeaban y aclamada por su público. Ahora en polvo y cenizas se había esfumado.

A mi mente regresaron todos los recuerdos. De cómo la conocí hasta que llegué a convertirme en su marido. Lo que no nos dijo el tiempo es que me la arrebataría de mis brazos. Poco a poco fue enfermando, los médicos no tuvieron cura para su “pronóstico”, así lo denominaban al no saber de la existencia del mal que hacía que sus huesos se debilitaran y poco a poco se fuera perdiendo para irse de mi lado; dejándome solo y dolido. Buscando la muerte, sin ser capaz de encontrarla, tan solo para estar con ella en la otra vida.

“Muerto estoy yo en vida” – me repetía sin cesar y aún me lo repito cada vez que pienso en ella.

Cerré los ojos del cansancio y una melodía llegó a mis oídos, profunda y cautivadora. Parecida a la música que siempre mis oídos habían escuchado tocar de mi mujer…La música no dejaba de sonar, no dejaba de oírla, de sentirla de creer que mi mujer era la que estaba tocando, cuando en verdad era imposible.

-¡Fredick! – llamé, desconcertado.

-Sí, mi Señor – Me ha hecho llamar… ¿se encuentra bien?

-Sí… ¿podrías decirme si oyes la música del violín tocar? – le preguntó

Fredrick miro a su Señor todavía preocupado por la pregunta que le había formulado. No quería decirle de que según que forma la respuesta sin que éste no se aturdiera

-No, mi señor – le respondió. No veo a nadie ni oigo ningún sonido que pueda parecerse a la de la música del violín.

-De acuerdo. No necesito nada más.

-¿Seguro? – ya sabe donde estoy – y el mayordomo se alejó silenciosamente, pensando en que todavía estaba muy débil y la muerte de su esposa le había marcado para siempre.

Adrián se asomó a la ventana. Se podía apreciar una noche de luna llena, con alguna que otra nube a su alrededor. Una figura femenina asomaba entre las nubes con un violín en las manos, estaba tocando para él. Adrián se frotó los ojos y la vio. Amanda, era ella.

-¡No puede ser! – exclamó para sus adentros.

-Adrián, soy yo. Nadie más que tú podrá oír mis notas tocar con el violín. Serás el único que me puedas ver por las noches silenciosas y mi música llegará a tus oídos mientras duermas.

Adrián se dejó llevar por las palabras de su mujer, creíble o no. Él creía haber escuchado y visto a su mujer pero no lo diría nunca a nadie. Si la locura formaba parte de estar cerca de la persona a la que amaba. El alma de su amada seguía de alguna manera a su lado, junto a su música. Claro está que no podía tocarla, pero su silueta estaba allí, su alma se encontraba con él. Es cuanto podía desear.

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