Relatos

Paredes que hablan, by Neus Sintes

Los símbolos chinos, en forma de objetos, caracteres, diseños, figuras, papel recortado, animales, dibujos, divinidades, plantas, estampas o pareados, son una forma artística folclórica de mucho arraigo en el país y que data de miles de años. La necesidad por la supervivencia hizo que los hombres primitivos buscaran el apoyo de los buenos símbolos que les ayudaran a alejar los malos espíritus y las condiciones adversas.

Nos adentramos en la ciudad de Pekín, capital de China. Donde reliquias culturales forman parte de ella, además de su arquitectura moderna.

Esteban se encontraba en Pekín de viaje, siempre en busca de nuevas aventuras y admirando nuevas culturas que le proporcionaban un nuevo saber. Viajando había aprendido mucho, tanto de culturas como de su gente. Eso era lo que más le fascinaba. No era supersticioso, aunque los mitos y leyendas siempre le habían atraído, al igual que alguno de los objetos que todavía no sabían de donde provenían exactamente y en museos quedaban expuestos, como reliquias encontradas en tiempos remotos.

Un día fue a visitar la llamada “Ciudad Prohibida”, situada en Pekín. Se había unido a un grupo de turistas que también hacían el mismo recorrido.

-Bienvenidos a La “Ciudad Prohibida”, – anunció el guía, mientras les conducía por unas impresionantes y grandes salas. Según la tradición, solo las divinidades podían construir un palacio con 10.000 salas – prosiguió el guía. Simbolizando el número del infinito. Aunque para ellos el número 9 lo tenían muy presente, ya que era símbolo de longevidad.

-Espero y ansío que les sea de gran interés a medida que pasemos por las diversas y diferentes salas, indagaremos en la Ciudad Prohibida – terminó por afirmar el guía, mientras nos miraba a cada uno de nosotros.

-Nos encontramos delante de la Puerta de Tiananmen – anunció el guía con entusiasmo – Conocida como La Puerta de la Paz Celestial.

Según les narró el historiador La Puerta de Tiannmen era el punto previo al ingreso de la Ciudad Prohibida, símbolo oficial de la República Popular China y en ella aún roído por el tiempo aparecía el escudo nacional.

Esteban se puso los lentes de vista y pudo apreciar los detalles de la imagen y las facciones de un hombre aparecían en ella. Según pudo observar se trataba del Emperador. Un hombre cuyas facciones eran fuertes y varoniles. A simple vista parecía un hombre autoritario, no solo por su rango sino también por su carácter que daba a parecer. A veces una imagen daba mucho más que hablar que el folleto que en sus manos reposaba.

-Bienvenidos a mi Palacio. – Esteban levantó la mirada, con temor. Al oír una voz que provenía del escudo del Emperador. Se tuvo que frotar los ojos al ver como la imagen le hacía la reverencia de saludo.

Sin saber cómo reaccionar, Esteban le devolvió el saludo a modo de respeto…Aunque, aún en su interior un cosquilleo albergaba en su interior. En su mente pensaba que fueran o no imaginaciones suyas, no podía alterar el Templo que visitaba, tratándose de un lugar Sagrado para los que vivieron en esa época. Como aventurero y emprendedor, respetaba las creencias de los lugares que había visitado. Aunque imágenes se representaran ante él, para él le era una novedad a la vez que un temor.

Esteban recorría junto al grupo sin perder de vista cada objeto, textura y suavidad de las paredes, algunas aún se podía percibir rastros del incendio, sobre todo la sala del trono y tres de los salones principales fueron alcanzados por un rayo. Según narraba el historiador, El emperador temía en esos tiempos que el cielo se hubiera vuelto contra él. – Así que las salas no fueron reconstruidas hasta dentro de varios años mas tarde.

– “Estoy asustado hasta el fondo de mi ser, y no sé qué hacer …” – una voz creyó oír Esteban. Dio media vuelta y no encontró a nadie más. El resto de turistas iban delante de él. El se había quedado atrás absorto mirando cada pieza y material y pensando en aquellos tiempos en que fue construida la llamada Ciudad Prohibida.

-Estoy asustado hasta el fondo de mi ser, y no sé qué hacer – de nuevo el temor se apoderó de el, al oír una voz. Era una voz masculina. Esteban se acercó a la pared con la intención de oír al otro lado de ésta. Pero ésta le devolvió el eco de sus palabras a través de las paredes. El vello de sus brazos se le erizó, sin comprender. Parecía que las paredes le hablaran a él. Miró a los turistas y se percató de que ninguno de ellos había oído ningún susurro, ninguna voz.

-Ahora nos dirigimos al Salón de la Suprema Armonía – Prosiguió el guía. Constituye el corazón de la Corte, donde se hacían todo tipo de celebraciones e incluso bodas.

A medida que caminaba, Esteban no dejaba de oír en su mente lo que había escuchado – “Estoy asustado hasta el fondo de mi ser, y no sé qué hacer”. El Salón se encontraba en su eje central, constituido de mármol de piedra y rodeado de incensarios de bronce. En él nueve dragones esculpidos en piedra reposaban.

-“Somos los nueve defensores de este Imperio. Adoradores de nuestro Emperador.” – Un resplandor en las figuras de piedra de los nueve dragones pudo ver reflejado al haberlos oído.

-¿Se encuentra bien? – le preguntó un turista que pasaba por su lado.

-Eh…Sí, tan solo un poco cansado – intentando disimular.

Mientras se disponía a entrar en el Salón del Cultivo Mental, desvió la mirada atrás. Tal vez las voces fueran un milagro, una incógnita.

Según el guía el Salón del Cultivo Mental guardaba una importancia crucial. Era el lugar donde el mismísimo Emperador tenía su despacho y un dormitorio. Un suceso trágico sucedió. Tres emperadores de China fallecieron entre sus paredes y el último emperador firmó allí su abdicación.

Las paredes reflejaron las tres siluetas de los Emperadores fallecidos. Esteban pudo verlos.

Estaba dando vueltas a su cabeza, tal vez la historia iba cobrando vida en su mente. Los dragones adoraban y protegían el lugar, luego un incendio y después el fallecimiento de tres emperadores y el último de ellos abdicó.. – Ahora la frase del Emperador empezaba a cobrar sentido “Estoy asustado hasta el fondo de mi ser, y no sé qué hacer …”

-¿Porqué a mí? – se preguntó. Mientras salía finalmente al Jardín Imperial. El típico jardín chino con árboles, setos de flores, rocas y algunas esculturas.

Cuando se disponía a marcharse echó la vista hacía atrás para mirar la fotografía de la entrada e hizo el gesto de despido. Junto las manos e inclinó la cabeza. Al alzar de nuevo la vista en su mente volvieron a su mente el sonido de la voz

“Alguien sabrá la verdadera historia” – Y ahora descansaré en Paz.

Esteban ya no temía a la voz, al contrario, ahora sabía la verdad de lo ocurrido o parte de ella. Debía sentirse honrado de haber poder oído la voz y ver entre sus paredes.

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