Relatos

Al final de la puerta, by Neus Sintes

Me encontraba en el Hotel en el cual me habían dicho que se realizaría la reunión. Según los datos que me dieron se trataba de un agente Francés, bastante importante llamado Adrien, cuyas reuniones las solía hacer en el Hotel que frecuentaba conocido como: “Le Gardien Noir”.

Era una de mis primeras reuniones en el extranjero. Además había tenido que viajar sola porque mi compañero de trabajo se había puesto enfermo, Apenas llevaba como único acompañante un bolso-mochila, no necesitaba más para un día.

Me encaminé al vestíbulo donde me atendieron con unos modales exquisitos y muy sofisticados. En Francés me indicaron que el Señor Adrien me esperaba en la habitación 666.

Sostuve la tarjeta de entrada y les dí las gracias. Mientras notaba que el ascensor ascendía hasta el sexto, un escalofrío recorrió mi cuerpo sin saber porqué…la curiosidad me embargaba. El ascensor paró en seco entreabriendo las puertas de par en par, y mis pies empezaron a andar por el pasillo mientras rebuscaba el número indicado.

Mientras andaba, me percaté de la elegancia y de la sofisticada estancia en la que me encontraba, recordando que nunca había posado los pies en un Hotel de tan alta categoría. Por primera vez en años tenia la posibilidad de poder gozar de una experiencia cómo la que estaba recurriendo. El viajar a un país extranjero, desconocido por mí y adentrarme en una reunión con un privilegiado e importante cliente en el que intuí en la recepción que lo conocían de ser uno de los clientes más frecuentados.

Dejé mis pensamientos a un lado para poder gozar y tocara de esas paredes doradas que parecían de otro mundo. Anduve por el largo y estrecho pasillo, percibiendo el tacto suave de la alfombra hasta que llegué al final del pasillo donde una última puerta parecía esperar mi llegada. indicaba el número de habitación que me habían dado en recepción.

La puerta era de color dorada, reluciente a la vista de cualquiera. Con una placa en la que aparecía el nombre de Adrien, Le Gardien. No entendí el significado pero supuse que eran sus apellidos pero reconocí la puerta por su Nombre, era evidente.

Levanté los nudillos de la mano para avisar de mi presencia cuando la puerta se entreabrió sola. Dando lugar a que entrara. De nuevo un escalofrío recorrió mi cuerpo. Mi mente se paralizó por segundo cuando una voz melodiosa y agradable susurró desde dentro mi nombre, dejándome paso a que entrará.

-Bienvenue Miss, Dunia – dejándome entrar en la habitación.

Había aprendido algunas palabras en francés y me guié por mi intuición, mientras entraba en la amplia habitación con apenas mobiliario más que el suficiente para dar amplitud a la estancia en la que me encontraba. De entre las sombras, un apuesto caballero de dulce mirada celeste y cabellos dorados como los de un ángel me dio la bienvenida, dejándome aturdida.

Vestía un traje negro, que le daba una elegancia varonil que dejaría embelesada a cualquier mujer que se le acercara, incluida a mi. Me miró con una amplia sonrisa de finos labios, haciéndome pasar al vestíbulo principal.

-Belle Demoisselle – Me alagó, haciendo sonrojar. – Mientras me sostenía una de mis manos y me la besaba a modo de saludo.

-Enchantée – Encantada dije en mi escaso francés.

No solo era un hombre encantador, sino también muy educado, demasiado incluso. No sé si fue aquello que me cautivó, pero había venido a hablar de negocios, no era un viaje de placer. Con elegancia se desprendió de mi chaqueta que sopesaba encima de mis hombros, dejando entrever mis hombros al descubierto.

En un perchero cercano al recibidor dejo mi chaqueta y mi bolso-mochila. Me acercó una silla y empezamos a hablar del asunto en cuestión… – Después de una hora reflexionando sobre el temas decidimos tomar un descanso.

Cansada del viaje y de haber dado vueltas al tema del trabajo, sin darme cuenta apoyé la cabeza en el respaldo del sillón dejando entrever a la vista de Adrian un cuello largo a sus ojos y boca sedienta de sed.

Lentamente, sin hacer ruido alguno se acercó a mi. Con sus largos dedos me acarició el rostro, hipnotizada a sus encantos. Llevaba unos leguiss negros junto a una camisa blanca veraniega. Sus ojos no dejaban de mirarme. Hipnotizada a su encanto no pude articular palabra cuando sus finos labios, saborearon lentamente y con placer mi cuello que sobresalía de mis hombros al descubierto.

Al oído me susurro como un cántico celestial unas palabras que me sobresaltaron aunque apenas tenia fuerzas para huir de él, presa de la atracción que me atraía.

-Je te donnereai l’inmortalité, mon amor. – Te daré la inmortalidad, Amor mío. – susurró mientras de sus comisuras sobresalían dos colmillos, que me transformaron en su vampiresa.

Pasó un tiempo después de mi transformación y aunque aún me encontraba sedienta de sed. Adrien no dejó de alimentarme y de enseñarme cuanto debía saber. Se convirtió en mi mentor, en mi amante y compañero para toda la eternidad.

Aunque no había esperado esta transformación, en el mundo de los mortales no me esperaba nadie, más que una casa vacía y el eco de las paredes. Tal vez, y digo tal vez el viaje a Francia y conocer a Adrien fuera lo mejor que me hubiera sucedido.

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