Doncella; la de los cabellos dorados y ondulados que me tienen enamorado. Desde el día que posaste los pies en la casa, he ido tras de ti. Ocultándome detrás de las columnas de los pasillos, mientras tus caderas contorneaban de un lado para otro.

Tus ojos pardos a veces se han cruzado con los mios y un escalofrío por mi cuerpo he percibido, ¿Habrás percibido lo mismo, bella doncella?.

En tus tiempos libres te veo olisquear las flores del jardín, mientras la brisa hace que los pliegues de tu vestimenta se eleven tan naturalmente como tu ser. En otras ocasiones, te veo leer, con una pierna encima de la otra, sin darte cuenta de que saboreo a escondidas, deleitando con la mirada tu cuerpo perfecto, cuyas curvas desearía perderme, mientras mordisqueo con fervor de esos muslos que dejas entrever.

En ese preciso momento tus ojos se posaron en los míos y por algún motivo desconocido, entré en tus aposentos, me guié por por tu intensa mirada, que no dejaba de mirarme. Dejaste el libro a un lado.

Sus rodillas se rozaron y ambos notaron una fusión jamás conocida. Sin palabras, el la echó en su lecho tumbándola se desprendió de sus prendas de sirvienta, quedando finalmente desnuda.

Saboreó de aquellos pechos que tanto le excitaban, rodeando sus pezones, erguidos, atrapándolos para succionar cada uno de ellos. Mientras una de sus manos acariciaba el pubis de la doncella, empezó a removerse, mordiéndose el labio inferior.

Se dijeron cuanto se deseaban con la mirada. Se amaron durante toda la noche en la oscuridad de una noche inolvidable. Donde el único sonido que se podía percibir era los gemidos de ambos. Amándose en secreto.