El tiempo se desvanece, by Neus Sintes

Cada vez que oía el Tic Tac de las manecillas del reloj, era una hora menos de su existencia en esta vida. Su vida era un vacío del cual quería huir, una herida marcaba su dolido corazón.

En la búsqueda por encontrar la muerte y abandonar esta llamada “vida” que había sido y era su existir. Deseaba con encontrar el camino que la condujera a ella; a la muerte a la que tantos temían, pero a la que ella ansiaba para huir de tanto sufrimiento.

Daiana era mi compañera de piso. Habíamos compartido piso durante tres años. Tres años de los cuales compartimos muchas cosas juntas; entre ellas risas y lágrimas. Aunque veía en su rostro el sufrimiento en ella cada vez que terminaba una relación amorosa. Daiana nunca tuvo suerte en el amor.

Hace tres semanas que marchó. No me dijo a dónde, solo recuerdo su mirada penetrante, que sin decir nada parecía indicarme que no regresaría….En silencio marchó hacía un destino que ella desconocía, sin un rumbo fijo. Desde la ventana la divisé, hasta que desapareció detrás de una espesa niebla. Ésa fue la última vez que supe de ella.

Deambuló por los callejones oscuros en busca de la muerte. De hecho, no pensaba en el suicidio como forma de huir de la vida. Había posibilidad de que saliera con vida pero con lesiones mucho mayores….Descartó esa posibilidad adentrándose en una oscuridad que ella iba formando en su interior, sin darse cuenta que esa oscuridad iba apoderándose poco a poco de su vida. al dañar su corazón con el sufrimiento, más las heridas que ya tenía de antes.

Una noche fría y solitaria la silueta delgada de una mujer se hallaba caminando en silencio, mirando las tumbas de aquellas personas que perecieron por el camino. Hasta que se paró en una de ellas, decorada de flores de diversos colores. Era la tumba que destacaba entre todas las demás. Sus flores recientes, iluminaban el cementerio, gris y apagado.

Al tocarlas una punzada de dolor sintió en el corazón. Frunció el ceño, sin saber que le estaba sucediendo. Permaneció unos minutos sentada con la mano en el pecho, sintiendo como el dolor menguaba.

-¡Oh! – exclamó al abrir los ojos – En la tumba donde estaban las flores de colores, en ella se podía leer su nombre: “Daiana”.

Se desplazó hacia atrás, con el miedo en el cuerpo, y así como pudo se levantó e huyó del cementerio, mientras la oscuridad se cernía bajo un manto gris, pequeñas gotas de lluvia empezaron a caer. En un bosque cercano fue a parar, mientras el tic tac de su corazón dejaba poco a poco de latir., creyó oír una melodía, alzó la mirada al cielo y una luz se reflejó ante ella…

En un silencio sepulcral y una oscuridad absoluta, dormida plácidamente en una de las estancias del otro mundo se hallaba Daiana.

-Daiana- le llamó por su nombre la figura de un hombre vestido de negro.

-¿Dónde estoy? – preguntó Daiana al abrir los ojos, aun aturdida.

-En el otro mundo. Soy quién estabas buscando. – Soy la muerte.

-¡La muerte! – exclamó – mirando a su alrededor.

-Daiana, ven conmigo… – No tengas miedo – Te enseñaré tu mundo. Te encuentras en el bando de la oscuridad por desearla y querer abandonar la vida antes de tu hora final.

Daiana miraba a su alrededor mientras guiada por aquel hombre atractivo, de vestimenta negra y de mirada penetrante le hablaba sobre el que sería su mundo en la oscuridad. Su tono de voz era sereno pero firme.

-Mi nombre es Kay – Guardián de la muerte. Tengo el don de percibir a los mortales que desean abandonar su mundo. – dijo mirando a Daiana con su cálida voz..

-¿Kay? – se preguntó a sí misma. Donde había oído ese nombre, que tan familiar, tan cercano le parecía…

Su piel se había vuelto más blanca en comparación con el vestido negro, la hacía resaltar aún más. Kay la observaba en silencio, mientras Daiana descubría un mundo muy distinto del que venía.

-Los bandos se crearon cuando en el cielo y en el infierno empezaron a llegar más mortales. – Prosiguió Kay.

-Te escucho – contestó Daiana, mientras seguían andando por pasillos que conducían cada uno a lugares diferentes; algunos más tenebrosos que otros.

-A raíz de entonces, los mortales fueron conducidos en bandos distintos, dependiendo de cómo habían actuado en la vida en la Tierra.

Llegaron al centro de una gran sala donde cuatro puertas se hallaban cerradas. Cada una tenía un símbolo diferente que pertenecía a un grupo distinto de los que le había comentado Kay. En medio se encontraba un imponente reloj.

-Tic Tac , Tic Tac….

Daiana se encontraba diminuta en una sala tan grande y espaciosa. De paredes blancas y en medio el impresionante reloj.

-¿Cual es la hora que marca? – preguntó curiosa

-Ahora mismo – se volvió para mirarla – la de tu muerte.

Daiana alzó la mirada a las manecillas del reloj – sorprendida por la respuesta. Había una parte de ella que no entendía, que parecía divagar en otro lado… – sin comprender.

-¿Seguro que es este mi lugar? – fue su respuesta a una pregunta retórica.

Kay le alargó la mano sin dejar de mirarla – frunció los labios, pensativo. – Sígueme – Se situaron en frente de la primera puerta; La de los Guardianes.

-Escoge tú lugar, Daiana – le dijo, mientras la puerta de los Guardianes se abría ante ella.

Daiana empezó a caminar lentamente, poseída por una fuerza superior a ella. una voz de fondo resonó en su mente en la oscuridad, Guardianes aguardaban en ese mundo, tenebroso.

La muerte no es un misterio. La muerte no asusta a un ateo, porque sabe que nada podrá ocurrir después de muerto. Lo único que podrá asustarle es una muerte lenta y dolorosa.

En una esquina, agonizando se encontraban las almas de algunos muertos que sufrían en una silenciosa agonía para toda su eternidad.

Daiana desesperada, dió marcha atrás atravesando la puerta por donde había entrado sin mirar atrás.

Regresó a la sala, donde Kay la esperaba, como su Guardián.

-¿Cómo te encuentras? – preguntó

-Los Guardianes no son mi lugar – respondió, aún sin aliento

-Kay… – volvió a pensar – frunciendo el ceño. ¿De donde te recuerdo?, se preguntó a sí misma.

-Visita la segunda puerta – sugirió Kay, a ver si recibes respuestas a tus preguntas.

Daiana se incorporó y caminó con más cautela hacia la segunda puerta que conducía a Los Ángeles Caídos.

-Escoge tú lugar, Daiana – le dijo, mientras la puerta de los Ángeles Caídos se abría ante ella.

Se encontró rodeada de miradas de ángeles caídos, cuyas alas negras, fueron expulsados del cielo, como castigo por desobedecer a Dios y copular con mortales en la tierra. Su belleza sin igual era cautivadora. Percibió en ellos la miraban ansiosa, con deseo, ojos que se clavaban en ella, atrapándola…Daiana veía en ellos la belleza, escondida bajo las sombras de una oculta maldad. Empezó a sentirse mareada e intentando encontrar la salida, mientras la corriente de aire empezó a arrastrarla hasta conducirla, de nuevo en la sala.

-Estas aquí, conmigo – le susurró Kay

Daiana abrió los ojos y sus miradas se cruzaron por breves instantes. A su lado tenía Kay, el Guardián de la Muerte.

-Los Ángeles Caídos no son mi lugar – respondió exhausta.

Se incorporó y decidió probar la tercera puerta. Apretó los puños, acercándose al mundo de los Demonios

-Escoge tú lugar, Daiana – le dijo, mientras la puerta de los Demonios se abría ante ella.

Percibió de fondo risas maléficas que le erizaron la piel. Sus ojos vieron Espíritus y seres sobrenaturales que en diversas creencias y religiones encarna representando el mal.

Antes de que la cosa se pusiera fea…había averiguado que tampoco era su lugar. Un humarada de fuego la quiso arrastrar con su llanto pero Daiana había sido más veloz, regresando antes de ver más…

Salió sin aliento, miró a Kay y negando con la cabeza le indicó que tampoco era lugar para ella.

-Entonces…solo te queda uno; el de los Arcángeles..

-Escoge tú lugar, Daiana – le dijo, mientras la puerta de los Ángeles se abría ante ella.

Entro en un mundo celestial, donde el blanco predominaba sobre el negro. Caminó por pasillos angelicales, observó a seres celestiales, cada uno haciendo sus quehaceres, encargados de Dios, con categorías superiores a la de los ángeles.

Al desviarse, halló a un ser Supremo que le indicó que se acercara. Daiana no tenía miedo, había visto cosas más tenebrosas.

-¿Quién eres? – le preguntó el Supremo

-Daiana…

-¿Qué haces aquí? – le preguntó alzándo las manos para que contemplara el lugar

-Supongo que intento buscar mi lugar. Sigo sin encajar en los mundos que he visitado…

-Supones bien – le respondió cruzando los dedos. Éste no es lugar para ti, tampoco

-Entonces… – dijo dubitativa.

-Daiana – tal vez no sea tu hora, señalando la hora del reloj de los arcángeles. Que tú corazón se parará, siempre puedes escoger en que las manecillas vuelvan a funcionar…Tu mundo no está aquí, aún. ¡Regresa al mundo de los Mortales!.

Bajos sus pies una grieta se abrió, haciendo caer a Daiana en un profundo vacío, mientras una voz resonaba en su cabeza…

Los rayos de sol se filtraban por el cristal de la ventana. Daiana se hallaba en una fría cama de hospital, intentando regresar al mundo de los mortales.

El crujir de una puerta le hizo reaccionar y poco a poco sus párpados empezaron a abrirse lentamente hasta ver la luz, de nuevo

-¡Me alegro que hayas despertado! – dijo un chico que estaba sentado a su lado.

-¿Dónde estoy?. – preguntó – mirando al chico que tenía a a su lado. Cuyas facciones varoniles y mirada cálida la observaba con ternura.

-Ahora, Daiana; estás a salvo. – le dijo con una sonrisa en los labios. . – ¡Has despertado!, eso es lo que más me alegra.

-¿Quién eres? – preguntó todavía desorientada, sin comprender

-Mi nombre es Dany. Te hallé en el bosque entre la vida y la muerte. Tú corazón, débil, había dejado de latir. Entonces recurrí al hospital más cercano.

Daiana, todavía sorprendida, no podía creer la actitud del chico por salvarla. Por la tarde el médico le dio el alta. Tras una larga ducha y asearse parecía una nueva Daiana.

-Estas bella, Daiana – le dijo el Dany.

-¿Por qué será que tu mirada me resulta tan cercana? – le preguntó Daiana.

-Será que nos encontramos en otra vida… – le respondió con un beso en los labios.

Ambos salieron de las blancas paredes del hospital, agarrados de la mano hacía una nueva vida. Los rayos del sol esperaban a su salida.

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