Convertida en Geisha, by Neus Sintes

Akane como su nombre indica significa “rojo brillante”. Siempre fue una niña de mirada misteriosa y muy atenta. A medida que fue creciendo su belleza aumentó, así que su familia decidió, como tradición, convertirla en una geisha. Emprendiendo un laborioso aprendizaje para ejercer como tal y dar prestigio no solo a la familia, sino también a su país.

Las geishas eran bien aceptadas por la sociedad japonesa. Se aprobaba e incluso se veía con buenos ojos que un hombre acudiera a una fiesta con geishas, ya que, debido a su elevado precio, poder permitirse el contratar una geisha significaba símbolo de riqueza y alto status social.

Kenji era un hombre alto y atractivo pero también muy poderoso. Era un gran observador y tenía un don en ver el atractivo de las niñas que podían ser unas exóticas Geishas con en el tiempo…y en Akane encontró la perfección ejemplar cuando cierto día la encontró en la calle comprando el pan.

A partir de ese día no dudó en reunirse con sus padres para tener una conversación que hizo que el destino cambiara para siempre.

-Señor y Señora Kaory. – inclinando la cabeza a modo de saludo

-Pase Sr. Kenji – le hizo pasar la señora Kaory – madre de Akane

-Perdón por las molestias – se disculpó Kenji.

-Oh, no! – en absoluto. Siéntese, por favor.

-Mujer – déjenos a solas un segundo, sugirió el marido.

-Iré a por té y unas galletas caseras – agachando la cabeza – obedeciendo.

La señora Kaory dejó a ambos hombres hablar a solas, mientras preparaba dos tazas de te y unas galletas que ella misma había hecho.

-He venido a hablar de negocios… – prosiguió el Sr. Kenji.

-Usted dirá, le escucho – contestó el Sr. Kaory – cruzando las manos

-Veo que tiene usted…tres hijos – ¿verdad?

-Sí, efectivamente. Dos varones y una niña.

-Mire Sr. Kaory – le voy a ser sincero – y quiero que usted me de su consentimiento – mirándolo fijamente a los ojos.

-Sé el gasto que supone tantas bocas que alimentar… – pero su hija podría salvaros de esta pobreza.

-¿Mi hija? – Akane – No sé de qué – echándose a reír.

-Su hija es muy bonita y podría ser una gran Geisha. Yo podría convertirla en una de ellas por su hermosura. Sr. Kaory. Tiene en su casa a una hija con los dotes perfectos.

El Sr. Kaory quedó pensativo, hasta que la Señora Kaory llegó trayendo consigo una bandeja que depositó con sus tazas de té que sirvió a cada uno.

-Gracias – respondió Kenji con amabilidad

-Espere… – no se retire. Señora. Kaory, quédese, por favor. – insistió Kenji

-Como guste…. – mirando a su marido.

-Ahora que estamos los tres reunidos – prosiguió Kenji mirando al matrimonio y analizando cada palabra que iba a decir

-El Sr. Kenji y yo hablábamos de Akane…

.¿de Akane? – se sorprendió la mujer.

-Sí – afirmó Kenji. Le decía a su marido que su hija tiene dones para ser una gran geisha y yo podría enseñarle a serlo. Por otro lado, no tendríais que sufrir por la escasez de dinero. Y su hija tendría un un futuro garantizado.

-Oh! – exclamó la madre – llevándose una mano a la boca.

-La decisión es vuestra – dijo Kenji mirando a ambos en silencio

La Sra. Kaory permanecía con la mirada hacia abajo, esperando la respuesta del hombre de la casa.

-Sr. Kenji – dejamos en sus manos a Akane. Aceptamos – mirando a su mujer.

-Es lo mejor, mujer – afirmó el marido.

-La Sra. Kaory asintió con la mirada baja.

-Akane! – ven aquí un segundo – la llamó su padre

-Sí, padre – ¿que desea? – mirando a Kenji de reojo

-Te presento al Sr. Kenji. – De ahora en adelante le perteneces. El te guiará por las enseñanzas para convertirte en una geisha.

-Qué! – exclamó – mirando a su madre.

-Tranquila, Sra. Kaory. Cuidaré de su hija como un padre. – ofreciéndole la mano y firmando ambos el contrato que dejaban marchar a su hija para vendérsela al Sr. Kenji.

A partir del momento en que emprendió el aprendizaje a Geisha aún era una niña para comprender ciertas reglas de las que tenía que seguir a rajatabla. La más dura; el separarse de su familia.

-Madre – ¿por qué tengo que marchar?

-Akane, a tus nueve años de edad aún no lo puedes comprender…pero posees una belleza de la que puedes sacar provecho. No habrá oportunidad en la vida cómo la que te ofrece el Señor Kanji.

-Nosotros estaremos bien, hemos de seguir adelante con tus hermanos pequeños.

-Basta de sentimentalismo – dictó el padre de familia- de carácter más severo.

-Akane, tu hora ha llegado. El Señor Kenji te guiará por un camino del que nos ayudarás a salir adelante. – le recordó su padre.

Una lágrima resbaló por la mejilla de la niña. Con sus nueve años de edad Akane emprendió un viaje a un destino del que no tenía vuelta atrás. Miró hacía atrás por última vez y se encontró con la mirada de su madre, que parecía hablarle en silencio.

Akane fue vendida por el Señor Kenji quien le enseñó la casa donde compartiría y trabajaría duro para convertirse en una gran Geisha. Los comienzos fueron duros. No solo el aprendizaje, sino el adaptarse a otra casa que no era la suya. Con gente que no era su familia. La que no volvería a ver, tal vez, jamás.

Akane de esbelta figura y exótica belleza. Poseía los rasgos para ser una verdadera Geisha. De Tez blanca y ojos negros como su cabello largo y fino. De mirada atrayente y de labios rojos carmesí, poseedora de un gran atractivo que a todo hombre que se interpusiera en su camino desearía ser su acompañante.

Akane fue trasladada a una casa de Geishas, donde allí impartiría varias actividades para convertirse en una de ellas. Durante la niñez tuvo que empezar a trabajar de criada o asistenta, de aquellas que ya habían adquirido cierto experiencia. Se encargaba de la limpieza de la casa, la preparación de las ceremonias, ayudaba con la preparación del té entre otras actividades.

Durante las noches intentaba no pensar en su familia, no porqué no quisiera. Sino porque la tristeza invadía su corazón.

Una tarde de otoño, se presentó el señor Kenjij a la casa para visitar a Akane. Habían transcurrido varios meses…

-Buenas tardes, Akane – saludó – poniéndose de rodillas junto a ella.

-Buenas tardes, Sr.Kenji – respondió – bajando la mirada.

-¿Te ido adaptando, durante estos seis meses? – le preguntó.

-Sí, Sr.. – mirándolo con esos hermosos y grandiosos ojos.

-De cada vez estas más bella – le respondió mirando el kimono rojo que le hacía resaltar su piel.

-Gracias – sin saber qué responder.

Mientras sorbía del sake que ambos bebían en silencio. Kenji la observaba. Le acarició el rostro con cariño con las yemas de sus dedos.

-Akane, gracias por tu compañía – ahora tengo que marchar

-¿Regresará a visitarme? – preguntó.

-Por supuesto y levantando la barbilla, le miró fijamente a los ojos. Volveré siempre, para saber de ti, de tu evolución como Geisha…

Con el tiempo y los años, Akane aprendió muchas artes, la del té, tocar el shamisen y por supuesto algunos bailes propios de la danza que aprendió en la casa de las Geishas. A medida que aprendía, también iba madurando y volviéndose mas hermosa.

A sus ya recién cumplidos sus 18 años, su madurez predominaba ante las demás. Poseía la madurez de una chica de 20 que es cuando son realmente oficiales para adquirir el concepto de Geisha, pero sus maestras sopesaron el que a sus 18 años se convirtiera en Geisha.

-Akane ha sido una chica que desde su niñez se ha esforzado y ha parecido más madura que las demás – dijo su maestra – que hasta entonces había sido su mentora en la casa..

-Podríamos darle una oportunidad, ya que aunque no haya cumplido sus 20 años. Tiene 18 años pero con una madurez de más edad. Con ella ser puede hacer una excepción. – afirmó. Teniendo en cuenta que ha aprendido todas las artes propias de una digna Geisha.

-Akane, – ven un segundo.

-Desea algo – mi señora – respondió

-Siéntate a mi lado. – le hizo una seña con las manos para que se se sentara

-Desde hoy te convertirás en Geisha, aunque tengas 18 años de edad… has adquirido una madurez propia de una de mas edad.

-Oh!, – se sorprendió.

-Hoy vendrás a una fiesta donde demostrarás tus habilidades y serás obediente y acompañante de quién te desee en su mesa, como una digna Geisha.

-Así lo haré – muchas gracias.

Dedicó prácticamente toda la tarde al peinado, maquillaje y a la vestimenta de su kimono. Tenía que llevar el pelo recogido, aunque ella siempre le había gustado llevarlo suelto.

En la fiesta un hombre la había contratado para tenerla como su acompañante. en la fiesta y que la distrajera con sus artes.

Akane con sus labios pintados de rojo y su kimono del mismo color con varios decorados empezó a conversar con el cliente y a animarle en la fiesta sirviendo te o sake. Lo que el deseara. Akane estaba impecable, como debía ser…seducía con la elegancia de una mascada de seda que juega con el viento.

-Preciosa – sirve Sake – por favor.

Akane bajó los ojos al servir el sake, dejó deslizar un poco de tela del kimono para que la piel quedara al descubierto e iniciar un sutil juego entre el deseo y el rechazo. No podía mostrar emociones y, sobre todo, nunca hablar del amor. Ya que para una Geisha estaba fuera de lugar.

Pero aunque el amor estuviera prohíbido, el coqueteo era primordidal. Tras una o dos hora sde fiesta. El cliente le pidió a Akane que quería verla bailar para el. Y así lo hizo.

Akane empezó a bailar varias artes de la danza que había aprendido. Su acompañante saboreaba ese placer. Ver como bailaba le producía un escalofrío y una satisfacción que los yens que había pagado por ella, lo valían.

A partir de esa noche Akane se convirtió en una de las Geishas más jóvenes y con mas madurez y belleza que había en la casa y que muchos clientes eran los que preguntaban por ella.

Aunque muchas eran las ocasiones donde el desconcierto, venía a visitarla por las noches…Eso es lo que provoca una mujer que todo el tiempo busca aparecer graciosa, inalcanzable, perfecta. Pero cuando cae la noche y se encuentra sola en su habitación con la cara limpia y el cabello suelto, la geisha se enfrenta al espejo y a una sola realidad: es humana, pero no común y corriente. Además de ser artista, ella misma es una obra de arte que nace y muere cada día para invitarnos a un mundo secreto.

En una ocasión un grupo de extranjeros llegaron a Japón con el propósito de contratar a una Geisha. Contrataron a varias Geishas y uno de ellos contrató a Akane por varios yenes que fueron muy bien recibidos…

Izan había oído hablar de la Geisha Akane y no dudó en contratarla para una de las fiestas.

-Deseo contratar a Akane, – sugirió.

-Por supuesto – al ver los yenes que les eran dados, y que también después de la fiesta había contratado extras para un baile…no dudaron ni un segundo en que Akane fuera esa noche su acompañante.

Los japoneses no tienen la idea de que, para muchas personas fuera de Asia, las geishas son consideradas meras prostitutas de lujo. Eso no lo tenían en cuenta…y a raíz de la llegada de extranjeros, las consecuencias llegarían…

La joven y hermosa Akane apareció en la fiesta donde Izan la esperaba sentado en uno de los almohadones. Al verle avanzó hacia el, con un vestido rojo como sus labios y un adorno en sus cabellos.

Se saludaron y Akane le ofreció la compañía de Geisha como mandaba la tradición. Le sirvió el te mientras sus hombros descubiertos dejaban ver una suave piel que empezó a gustar a Izan.

-Así va bien – Sr..Izan – O desea más.

-Así esta bien – afirmo – indicándole que podía sentarse.

-En verdad eres tan hermosa cómo me habían dicho – le susurró al oído. Luego quiero que me dediques un baile, a solas….cuando finalice la fiesta.

-Como guste,..Estoy a su servicio – dijo bajando la mirada.

-Mírame – le indicó. – Tu hermosura debe ser complacida. – acariciándole el hombro desnudo.

-¿Más sake? – preguntó Akane. – observando a su acompañante y pensando en lo diferente que eran de los japoneses…

-Sí, gracias. – le dedicó con una sonrisa

Akane se levantó y junto a las demás Geishas empezaron a repartir alegría en la fiesta con sus cantos y su música. al oír la música de nuevo en la estancia.

Al finalizar todos los presentes aplaudieron de la actuación de las geishas. Complacidos de sus servicios y de su grata compañía. Akane regreso al lado de Izan, su acompañante. Se colocó a su lado, de rodillas, encima de los almohadones. Asió su abanico y mientras se abanica para coger aire, Izan no dejaba de contemplar aquella belleza, joven y llena de vida.

Todos se fueron e Izan sujeto de la cintura a Akane para que le enseñara su servicio extra que le tenía que ofrecer, mientras se dirigían a una habitación apartada.

-Bueno, bueno – al fin solos

-¿Que es lo que desea que haga? – le preguntó

-Que seas mía por esta noche – le susurro, besando aquellos rojos que desde el primer momento había querido hacer.

-Pero… – yo no, nunca – se alarmó

-Shisst – tranquila, déjate llevar, siente tú cuerpo danzar.. Baila para mí, por favor, Akane

Una sensación empezó a percibir, mientras danzaba para Izan, quien no dejaba de observar sus caderas moverse al son de la música. Sacó su abanico y con el realizó un danza muy hermosa y a la vez sensual.

-suéltate el pelo! – le dijo Izan

Una cabellos largos y finos como la seda cayeron sobre su vestido, dándole un toque mas atrevido.

-Eres más hermosa todavía – indicándole que se acercara.

Mientras avanzaba hacía el un presentimiento cruzo su por su mente. En Japón una mujer debía obedecer lo que le dijera un hombre. Una geisha también. Por ella había pagado muchos yenes.

-Deseo que esta noche seas mía,Akane – le indicó tocándole el rostro

-Sí, así lo desea… – dijo dubitativa

-No te preocupes por nada – Confía en mí.

Mientras permanecía de pie se dejaba acariciar por esas manos desconocidas. Akane mantenía los ojos bien abiertos. En silencio, en los aposentos de la habitación, Izan besaba lentamente su esbelto cuello desnudo y aquellos hombros que por primera vez un hombre acariciaba.

-Desata el lazo del que sujetas el kimono, Akane – le dijo con cautela

Se desprendió del lazo, haciendo caer lentamente el kimono al suelo, dejando ver a la alcance de Izan un esbelto cuerpo que se escondía tras las prendas de un kimono.

-Relájate, Akane – disfruta del momento.

-La asió en brazos conduciendo a Akane en la cama donde poco a poco le indicó que se quitara su ropa interior. Akane así lo hizo. Se desprendió de la parte de arriba dando lugar a unos pechos que fueron saboreados por Izan, mientras Akane seguía quitándose sus ultimas prendas

-¿Cómo es que una muchacha como tú no ha vivido ninguna experiencia como esta?

-Las geishas debemos permanecer vírgenes…

-¿Sabes guardar un secreto? – la miró. A partir de esta noche dejarás de ser una geisha virgen.

Akane asintió. – asustada

-No temas, conmigo estarás segura. Conocerás el arte del placer.

Esa noche para Akane fue inolvidable, sumisa ante la peticiones de su cliente. Conoció el llamado placer del que tanto había oído nombrar pero que desconocía. Su cuerpo fue saboreado por ese extranjero que la lleno de su goce y de su pasión. Haciéndola suya por esa noche, luego la siguiente y así continuamente fueron la veces en que Izan pagaba cuantiosas cantidades de yenes para tener la compañía de Akane.

Con los continuos encuentros con el Sr. Izan empezó a sentir el placer como algo bueno y apetecible. Una sensación que la liberaba de estar continuamente obedeciendo las reglas de la casa de las Geishas. Cuando escuchaba que el Sr. Izan la quería contratar por una noche, Akane sabía de que tipo de noche y extras deseaba…¿Quién podía sospechar?.

Las noches con Izan cada vez se volvieron más frecuentes y Akane aprendió del arte del placer, junto a su maestro extranjero. Entre ellas a gozarlo y saborearlo con dulzura. En su recámara eran las muchas las ocasiones en que pensaba cuando lo volvería a ver para poder así tener la libertad de librarse de sus prendas y de tener sus cabellos sueltos, como a ella le gustaba.

Hacía tiempo que el Sr. Kenji, no había venido a verla ni había aparecido por la casa…supuso que tenía mucho trabajo. Hombre de negocios y atareado como siempre andaba…Apreciaba con cariño al Sr. Kenji, quien había sido como un padre desde su niñez. Le había enseñado muchas cosas para ser una geisha y ahora Akane mantenía un secreto; su virginidad.

En una ocasión, una noche de luna llena Akane se encontraba con Izan en el dormitorio. Practicando el arte del placer. Gemidos unos más débiles otros más intensos se oían a través de la privacidad de aquella habitación.

Akane se encontraba tumbada mientras su amante Izan gozaba una y otra vez. El placer iba en aumento cuando el ruido de la puerta hizo que Akane se sobresaltara…

-Akane! – exclamó el Sr. Kenji – sin poder creer lo que veían sus ojos.

-Espere, Sr.Kenji! – No es lo que cree… – Se lo puedo explicar – dijo con los labios entreabiertos.

-No se vaya! – se levantó, cubriéndose con una manta.

-Me has engañado, Akane – le dijo con la mirada fría

-Tú, Akane, me pertenecías. Has roto lo servicios dignos de una geisha.

-Pero… – intentó hablar

-No sigas! – Mírate, amas y gozas del placer. Eso no lo hace una geisha.

-Lo siento! – se disculpó, bajando la mirada.

-No hay nada que hablar – No eres una geisha, sino una cualquiera. – Tiró de la toalla y la dejó desnuda – ¿así es cómo quieres que te vean los hombres?.

La noche fue larga y cuando el día amaneció en la recepción reapareció Izan hablando con los de la casa de las Geishas.

-Si desea contratar a Akane – no esta disponible.

-No deseo de sus servicios – respondió Izan, mirando a la recepcionista.

-¿Que desea entonces?

-Comprar a Akane – enseñando una suma muy elevada. Sé que ha roto sus servicios como Gesihas, por eso yo la quiero.

-Un segundo… – dijo la mujer

-¿tanto la deseas? – le preguntó reapareciendo por la puerta.

-Así es – afirmó

-Me gusta – y cómo sé que tendrá que salir de la casa de Geishas… – un hogar quiero darle en mi país.

-De acuerdo – tocándose la perilla, la iré a llamar

Akane reapareció con un kimono propio de la gente de la calle….ya no era Geisha. Miró fijamente a Izan, sorprendida y a a la vez al que fue su mentor el Sr. Kenjij

De la mano de Izan emprendió un viaje del que Japón tenía prohibido la entrada. Considerada una cualquiera salió de la casa donde había vivido desde su niñez y apretando los dientes, asumía su responsabilidad. Akane había escogido el arte del placer y libertad del que las geishas eran privadas.

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