El Castillo de Coral, by Neus Sintes.

E aquí me sitúo, un simple y viandante trobador con mi guitarra a cuestas cuyas historias y canciones voy narrando y cantando a la luz de una Luna Llena, que parece oírme cantar, mientras observo el llamado “Castillo de Coral”. Situado en Florida City cerca de Homestead .

No se trataba de un Castillo cualquiera. Renació de la nada por Edward, un hombre dolido por un amor no correspondido.

Desde niño Edward siempre había sido un niño que no se relacionaba mucho con el resto de los demás de su edad. Con quien entablaba largas a diario conversaciones era con el que fue su su abuelo. De su abuelo aprendió muchas cosas de las que más tarde le sirvieron para aprender a levantar este Castillo de Coral.

-Abuelo – cuéntame hoy una de tus cosas de las que de joven hiciste o aprendiste. – eran muchas de las ocasiones en que le solía decir.

-Siéntate a mi lado – le respondió el anciano. Hoy te contaré otra de mis anécdotas pero quiero que sepas una cosa, Edward. – Puedes aprender muchas cosas, pero sólo una llevar a cabo para poderla ejercer y aprender de ella como corresponde.

Edward era un niño todavía para poder entender lo que le había dicho con palabras. Pero era capaz de aprender todo y cuanto le enseñó su abuelo. Un albañil muy bueno en su oficio. El fue quien le enseñó a Edward día tras día cada uno de las posibilidades y de las cosas que podía hacer ejerciendo de albañil. Para Edward su abuelo fue su mentor. El único que le enseñó el oficio y amarlo para ejercerlo y ser digno de él.

Pasaron los años, Edward tenía 26 cuando conoció al único y gran amor de su vida, la joven Agnes, que tenía diez años menos que él. Se enamoraron y dispusieron la boda, pero justo el día antes de la boda, Agnes cambió de opinión y abandonó a Edward, que quedó tremendamente desolado.

El joven Edward, quizás pensando que la lejanía mitigaría su dolor emigró a Estados Unidos y tras rondar por algunos lugares durante una temporada acabó por asentarse en Miami. Lejos de olvidar a su “dulce dieciséis”, como él solía llamar a Agnes, dedicó el resto de su vida a construir un castillo en su honor y en su recuerdo, con la esperanza de que su joven amor volviese algún día junto a él.

Junto con los conocimientos que había recibido de su mentor; su abuelo. Empezó a construyó el castillo usando las mismas técnicas que los antiguos egipcios usaron para levantar las pirámides.

La piedra coralina o calcárea la sacaba de la misma propiedad. Se rumoreaba que
Edward conocía el secreto de las pirámides y que se valió de la manipulación de los campos magnéticos terrestres para magnetizar las piedras y atraerlas sin esfuerzo hasta su ubicación.

Edward siempre trabajaba por la noche y guardaba un celoso secreto en todas sus actividades. Edward llamaba a esta composición “Su piedra Rey”.

Pero no todo en el Coral Castle son misterios y enigmas. El amor que este hombre tenía hacia su “dulce dieciséis” está presente en todos sus rincones. Fuentes y jardines adornan todos los recovecos de su peculiar Castillo de Agnes. En el centro se puede encontrar su “Mesa de San Valentín”, una peculiar piedra tallada en forma de corazón donde Edward cenaba todas las noches y en la que anotaba cada 14 de febrero que pasaba sin Agnes, observando las flores que crecían en su centro, esas flores que tanto le gustaban a su amada y que desde que fueron plantadas, hace más de 60 años, todavía crecen fuertes y vigorosas.

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