En busca de su identidad, by Neus Sintes

Hace diez años atrás, Irina fue hallada en el portal de un orfanato. Desde entonces ha vivido bajo la protección de las monjas y sacerdotes. Nadie ha sabido de su pasado. Abandonada en un cesto y arropada con una tela de color negro y letras color carmesí aparecía escrito un nombre: Irina. Dieron por supuesto que era el nombre del bebé. Y desde entonces no han sabido nada más sobre su paradero. Tampoco hallaron en el cesto ninguna nota. Nada. Su nombre, eso era todo.

Han transcurrido diez años e Irina se ha convertido en una chica hermosa de piel pálida y cabellos oscuros como sus ojos. De andares silenciosos y ágiles. misteriosa e intrigante. Le atraía la noche, no le temía a la oscuridad. La encontraba agradable. En muchas ocasiones, a medida que fue creciendo, se la veía salir a hurtadillas, salir afuera a respirar el aire fresco. Escuchar la armonía silenciosa de la noche, contemplar el cielo estrellado junto a una radiante Luna que siempre parecía querer decirle alguna cosa.

-Irina, ¿me ayudas a preparar la mesa?, por favor – le rogó una de las monjas -desviándola de sus pensamientos.

-Si, ahora voy – respondió.

La cena de esa noche fue más tranquila de lo habitual. Rezaron y dieron gracias al Señor por los alimentos recibidos y el silencio reinó en la larga mesa, compuesta por varias monjas y sacerdotes. Irina se encontraba junto a otras niñas, que fueron acogidas como lo fue ella en su día.

Muchas de las niñas se habituaron a la vida eclesiástica y en su mente aspiraban a ser dignas de Dios y seguían cada paso que las monjas, sobre todo las mas ancianas, les enseñaban. Otras, eran adoptadas por familias. Aunque nadie se percataba en ella a Irina le daba exactamente igual.

Irina no las comprendía. Aunque tampoco prestaba interés en saber porqué les interesaba el mundo de la Iglesia. A pesar de sus diez años, había madurado demasiado temprano en según que aspectos y en su interior habitaba algo que no podía describir con palabras, solo lo sentía. Llevaba varios días con la mente en otra parte, y también sabia que los demás ya se habían percatado.

Las monjas se dedicaban en ir de habitación en habitación cada noche y dar las buenas noches a cada una de ellas. Cuando entraron en la habitación de Irina la vieron de nuevo pensativa.

-Irina, ¿te preocupa alguna cosa? – sabes que puedes confiar en nosotras.

-No, estoy como siempre – les respondió mirándolas con seriedad.

-Descansa. Mañana veras las cosas con más claridad. – le respondió una de las monjas más jóvenes.

Esa noche, la Luna brillaban con una gran intensidad, con un brillo muy peculiar. Sus ojos podían ver a la perfección durante la noche, no necesitaba de ninguna linterna para poder apreciar cada detalle. De hecho la noche le gustaba aún más que el día. Y así fue como se quedó mirando aquella luna llena, mientras su corazón palpitaba a un ritmo cada vez más rápido.

Muchas noches pensaba en sus padres. En su identidad. Así cómo muchas sus compañeras sabían parte de su historia, de su vida. Del porqué llegaron hasta donde están ahora, gracias a notas que sus parientes dejaron siendo niñas. Irina no sabía nada. No sabía ni el porqué la abandonaron ni el paradero de sus padres.

Cada día que pasaba, Irina se volvió cada vez más solitaria. Más silenciosa. Hubo ciertos cambios que empezaron a producirse en ella y la preocupación de las monjas empezó a difundirse por el orfanato, quienes intentaban averiguar qué le sucedía.

Empezó a sentir náuseas cuando olía o permanecía cerca del ajo y a marearse cuando se hallaba en la capilla al ver la cruz reflejada. Sus ojos se volvían de color carmesí. Como si estuvieran inyectados en sangre.

Las niñas con las que convivía empezaron a temerla por su frialdad. Especialmente su compañera de habitación; Sandra.

-Irina…¿Te encuentras bien? – preguntó su compañera.

-¿Porqué de repente todo el mundo se ha empeñado en hacerme la misma pregunta? – respondió indignada.

-Lo siento. – se disculpo Sandra. – No era mi intención. Pero es que apenas hablamos, teniendo en cuenta que compartimos habitación.

-Tienes razón – intentó bajar su tono de voz, aunque dentro de su ser un fuego ardía en su interior.

Irina era especial. Nunca había enfermado, ni había cogido una gripe o cualquier enfermedad que se pudiera contagiar entre las demás niñas. Hubiera sido lo mas normal. Siempre había sido una niña muy fuerte. Más solitaria que las demás pero aún así, era responsable y atenta.

Hundida en sus pensamientos más profundos, no cesaba de dar vueltas en la posibilidad de huir del convento cuando la luna estuviera llena, de nuevo.

Aunque esa noche una tormenta se aproximaba. Se oían a lo lejos los truenos tronar. Empezó con unas pequeñas gotas que se convirtieron en una lluvia intensa, fuerte. El tronar de los truenos y los destellos de los relámpagos, hicieron quedar a oscuras y sin luz al orfanato.

-¡Cerrad las persianas! – Se acerca una tormenta – exclamaron a modo de advertencia.

Las niñas, asustadas permanecieron en sus habitaciones sin moverse, tiritando de miedo; sollozando al ver que a oscuras se habían quedado.

Creían recordar que era la mayor tormenta producida en Rumanía desde hacía muchos años atrás.

-Tranquilas niñas – ya pasamos por una tormenta muy parecida hace exactamente, si mi mente no me falla, unos diez años atrás. – mirando de reojo a Irina.

-¿En serio? – dijeron al unísono muchos de los presentes.

-Lo recuerdo, porque fue la misma noche en que acogimos al convento a Irina – afirmó

Al oír su nombre, Irina se giró bruscamente, mirando a la monja más anciana. Sus ojos negros brillaron con intensidad. Cerro los puños, contenidos por la ira, mientras seguía escuchando…

-Sí, recuerdo como aquel día fui yo la que te acogí, Irina. – Mirándola de frente. Desde entonces aquí has permanecida, con nosotros. Por eso, esta tormenta me recuerda el día de tu acogida. Recuerdo que abrí la puerta para encaminarme a salir, cuando a mis pies en un cesto, te encontré.

Irina desvió la mirada y se dirigió hacía la ventana. Necesitaba del aire. Salir afuera. La ira que albergaba en su interior iba aumentando, consumiéndola. Necesitaba saber quién era en realidad y de dónde venía, que camino recorrió hasta llegar aquí.

Un cuervo se asomó a la ventana y la observó. Por breves segundos observó a  Irina  con esos diminutos y brillantes ojos negros y luego emprendió el vuelo…

Recorrió algunos pasillos a oscuras con una vela en la mano, aunque no le hacía falta, ya que podía ver en la oscuridad. Cuando se dirigía a su habitación, encontró a Sandra, su compañera sollozando. Un miedo en su cuerpo la invadía. A diferencia de Irina, Sandra siempre había temido a la oscuridad y nunca se había acostumbrado a ella.

-¿Te encuentras bien? – preguntó Irina – intentando consolarla

-Me da miedo esta tormenta – respondió Sandra, sollozando.

A la mañana siguiente, la tormenta había desaparecido dando lugar a un aire frío. Durante la mañana muchos ayudaron a coger las mantas guardadas que durante este tiempo habían estado guardadas ya que no habían hecho falta. Todo el mundo se abrigó con lo que encontró. No había gente por las calles. La tormenta había dejado sus restos, derribando árboles y demás destrozos. Recogieron los ramas caídas para poder hacer fuego en la chimenea y tener el convento caliente.

Irina también se cubrió con una manta, aunque no por frío, sino más bien para disimular y no llamar la atención. Ella no tenía frío. Era la única que no era como los demás. Aunque ya lo tenía asumido.

Al volverse se encontró con Sandra, cuyos labios cortados por el frío le habían hecho un pequeño corte del cual salía un fino hilo de sangre. Irina se quedó mirándola con un deseo hambriento…

-Irina, ¿Te encuentras bien? – le dijo Sandra – mirándola extrañada

-Eh…Si, si – le respondió desviándola la mirada

-¡Irina! – Tus ojos…. – se han vuelto rojos. Exclamó asustada

-No es nada. – la tranquilizó Irina. Me habrá entrada algo en los ojos. – dijo disimulando su deseo.

Irina le ofreció un trozo de papel para el corte del labio y sus ojos volvieron a su color natural.

-Gracias – Respondió Sandra – con un hilo de voz

-De nada.

Sandra sabía que muchas niñas se habían aislado de ella por sus rarezas y su forma de ser. Sandra, en cambio no quería aislarse de ella. Era su compañera de habitación y encontraba a Irina un tanto especial, aunque siempre había sido muy independiente. Ahora demostraba otra personalidad que muchos desconocían. Pero a pesar de todo, Irina estaba a su lado cuando ella la necesitaba.

Por la tarde aún se oía el viento aullar, cuando alguien llamó a la puerta. Las monjas del convento al oír que llamaban a la puerta creyeron en un principio que debía tratarse de alguien que venía a guarecerse del viento helado que tras la puerta aullaba sin cesar.

-Toc, Toc …

La Madre María, la más la más veterana del centro se encaminó a abrir la puerta. Al abrir encontró un elegante caballero al cual hizo pasar.

-Pase, pase – el tiempo no acompaña – le dijo apresurada.

-Puede pasar a mi despacho, caballero.

-Gracias – contestó éste con cortesía – echando una rápida ojeada al orfanato antes de pasar.

A María le sorprendió que un caballero de su clase anduviera con este tiempo por las desiertas calles de Rumanía.

Parecía ser un hombre de alta cuna llevando consigo su sombrero de copa, que con suma suavidad dejó a un lado, cuando se dispuso a sentarse frente a la mujer. Dejando ver una media melena ondulante del color azabache.

-¿Qué desea, caballero? – le preguntó extrañada. – a la vez que lo estudiaba con la mirada.

-Mi mujer falleció hace bastantes años y nunca tuvimos la oportunidad de ser padres. – empezó a narrar aquel hombre de tez pálida y labios finos cuyo bigote asomaba por encima.

Sus ojos ocultos por unas gafas oscuras no dejaban ver su mirada. Pero sus rasgos hacían de el un hombre varonil y que imponía respeto cuando hablaba, al igual que su implacable vestimenta.

María le escuchaba atentamente. Repasando mentalmente cada detalle de lo que salia de sus labios.

-Prosigue, por favor – le escucho.

Seguramente se preguntará que hago aquí, en un día como este – girando la vista hacía la ventana.

En la habitación reinó un extraño y largo silencio…

-Me gustaría adoptar a un niño de este orfanato – afirmó rotundamente.

Se quitó las gafas dejando ver unos ojos oscuros y brillantes como los de un cuervo. Apoyó las manos en la mesa entrecruzándolas. María pudo observar el anillo que en su dedo índice reposaba.

-Supongo que le resultara extraño, sobre todo un hombre de mi edad y a pesar de mis treinta y cinco años y viudo le proponga tal decisión – dijo con una fina sonrisa. – Pero usted, Madre María, no sabe lo que es perder a un ser amado.

-Lo siento Sr…- dijo dubitativa y algo desorientada. Aquéllas últimas palabras la habían dejado sin habla.

-Bram Stoker – respondió sin dejar de mirarla fijamente.

María se sentía nerviosa al sentirse tan observada. O tal vez debería pensar que su belleza varonil la había dejado hipnotizada. Intentó alejar rápidamente aquellos pensamientos de su mente e invadida por una sensación extraña en su cuerpo decidió enseñarle el orfanato.

-Encantada, Sr. Stoker – si desea, puede acompañarme a ver el recinto.

-El placer es mío.

Bram Stoker asió su sombrero y con pasos parsimoniosos dejó pasar a la Madre María. El Señor Stoker oyó como cuchicheos empezaron a susurrar entre las demás hermanas y miembros del orfanato. Incluso alguna que otros niños miraron de reojo al hombre que iba acompañado de la Madre María. Algunos con curiosidad, otros con aire despreocupado y el resto habían perdido la confianza en sí mismos que no podían confiar en personas ajenas.

Muchos de los niños habían vivido bajo el techo del orfanato desde que habían sido pequeños. Habían ansiado formar parte de una familia como muchos otros. Pero no todos habían tenido la misma suerte. Muchos de ellos habían perdido la esperanza y se escondían bajo su propia sombra; en su propio mundo. Por último existía una minoría, como era el caso de Irina que eran más solitarios e independientes, y no les afectaba el no haber sido adoptados.

A medida que pasaban por el largo pasillo que conducía a la sala principal, la Madre María iba enseñándole los diferentes salas que tenía el orfanato.

-Disculpe si antes le he podido ofender – Sr. Stoker – se disculpó María.  – No estamos acostumbrados a recibir visitas como un hombre como usted.

-¿Cómo yo? – se pararon en seco, en medio del pasillo.

-Usted parece ser un barón de alta cuna, y me ha sorprendido el interés por adoptar a uno de nuestros niños – prosiguió María.

-Oh!… – siguieron caminando. Entiendo. – asintió el Sr. Stoker con la cabeza. Toda dedicación que se le pueda dar a un niño será bien recibida…esa eran palabras que nos propusimos ofrecer mi mujer y yo en años anteriores a nuestros hijos. – mirando a María de nuevo a los ojos – y sigo creyéndolo.

-Su…mu…mujer tenía mucho uso de razón.  – tartamudeó. Se nota que usted tuvo una buena educación.

-Tranquila Madre María. Repito que es normal que la gente se extrañe por mi afán a dar una educación a un niño. Vengo de una familia noble y mi educación ha sido muy estricta  – con una nueva sonrisa, tranquilizó a María.

Siguieron caminando a paso más lento cuando María vio a Irina mirando a través de la ventana que daba acceso a las vistas al patio.

-Irina, ¿te puedo ayudar en algo? – preguntó María

-No hay nada en lo que me pueda ayudar Madre María. Ni usted ni nadie – dijo mecánicamente, mientras se giraba para mirarla.

Entonces los ojos de Irina se encontraron con los del Sr. Stoker que con su amplia sonrisa le devolvió la mirada. Irina le miró extrañada. Tenía un aire que le sorprendió a simple vista.

-No seas mal educada, Irina. Tenemos visita. Te presento al Sr. Stoker, está visitando nuestro orfanato.

-Vale – dijo encogiéndose de hombros. – como si tal cosa.

-Irina! – tienes un bonito nombre. – dijo el Sr. Stoker. – posando una mano en el hombro de la mujer – que parecía sentirse inquieta.

-¿Crees en las señales?…A veces nos transmiten mensajes que no percibimos a simple vista. – Prosiguió – Pareces una niña lista para entender lo que te estoy diciendo. – mirándole con una mirada fugaz.

-¿Que quien soy? – El Sr. Stoker. Sé más de lo que imaginas.

Irina se sentía nerviosa. Aquel hombre le estaba leyendo la mente. Se quedaron en silencio, mirándose. Tenían la misma mirada. Oscura y brillante.

Continuaron en silencio. Dejando atrás a Irina pensativa. Irina se encuentra en la minoría de niños que prefieren la soledad y la independencia.  – le informó María – Aunque últimamente… – dejo las palabras al aire –

-Tranquila, todos los niños pasan por etapas complicadas.

Después de visitar al orfanato, volvieron a pasar al lado de Irina que se encontraba esta vez al lado de su compañera Sandra.

Vendré a por ti, no temas – le dijo telepáticamente a Irina el Sr. Stoker – mientras cruzaba por su lado junto a la Madre María, de camino a su despacho.

Irina no le quitó la mirada de encima hasta que éste desapareció de su vista.

-Parece no caerte muy bien ese hombre – intervino su amiga Sandra

-Tiene algo que me inquieta… susurró

-Madre María ¿podemos hablar en su despacho? – sugirió el Sr. Stoker

Una vez en su despacho se alisó el traje con ambas manos. Carraspeó un poco sin saber cómo decir a Madre María lo que tenía en mente.

-Usted sabe que deseo adoptar un niño, como bien sabe.

-Así es  – afirmó con la cabeza. ¿Ha habido alguno de ellos que le llamara la atención?.

-Sí, Irina.

-Oh! – exclamó, sorprendida por la contestación.

-Por su reacción deduzco que no se lo esperaba…dijo inclinando ligeramente la cabeza hacia un lado para ver el rostro desencajada de la mujer, aún sorprendida.

-¿Irina?…¿Está completamente seguro?. Es que, es tan complicada.

-Madre…vengo de una gran familia donde se me ha enseñado un estricta educación. Puedo y quiero darle la oportunidad a Irina de que aprenda lo que yo sé.  – dijo mirándola intensamente.

La Madre María hizo la señal de la Cruz y mirando al Sr. Bram Stoker, vio un ángel reflejado de bondad al darle una oportunidad a una niña como Irina.

-Si le parece bien, Sr. Stoker, ¿Podría venir mañana a primera hora de la mañana? – preguntó la Madre María

-Por supuesto. Aquí estaré. – estrechándose la mano.

Por la noche  Irina no podía conciliar el sueño. No dejaba de pensar en el hombre que había venido a visitar el centro. Por alguna razón que desconocía le resultaba un tanto extraño. Se quedó mirando por breves momentos la luz intensa que desprendía la luna aquella noche. Cuando un dolor agudo percibió en la boca.

Sigilosamente bajó de la cama entrando en el aseo. Al mirarse en el espejo se palpó la mandíbula y vio reflejados en el espejo que unos colmillos habían aparecido en su lugar.

Al intentar calmarse. Tras serenarse los colmillos se escondieron.

-¿Qué me ocurre? – se preguntó a si misma – con el ceño fruncido.

El viento aullaba con fuerza, e Irina apenas pudo conciliar el sueño. Permaneció tumbada en su cama, mirando al techo. Dejó la mente en blanco sin recordar si llegó o no a dormirse.

A la mañana siguiente, Irina escucho cómo el timbre de la puerta volvía a sonar. De entre las sombras vio con sus propios ojos como la Madre María hacía entrar en su despacho al mismo hombre que vio ayer visitar el centro – después de abrirle la puerta con suma amabilidad.

Irina empezó a sospechar y hacer caso a las señales que sin percatarse le estaban avisando. Tenía la extraña sensación de que algo estaba ocurriendo tras las puertas de la Directora Madre María. ¿Qué se traía entre manos con ese tal Sr. Stoker?

A lo largo de su vida, Irina había visto como muchos niños o niñas iban siendo adoptados. Todos siguiendo un mismo protocolo. Venían los matrimonios interesados. Visitaban el centro y luego terminaban siempre hablando con Madre María. Encargada de dar a los niños una nueva familia.

Nunca habían dado en ningún caso a ninguna mujer u hombre soltero un niño en adopción . Siempre eran matrimonios.

La puerta de la Madre María se entreabrió ligeramente. Pudo ver cómo ambos se apretaban las manos. Habían pactado.  – pensó. ¿El qué? – se preguntó, intrigada por saber.

-¡Irina!, ¡Irina! – ¿puedes venir un momento conmigo, por favor? – le rogó la Madre María.

-De acuerdo – dando un ligero salto a los dos peldaños de la escalera.

Recorrieron en silencio el largo pasillo que daba acceso a la puerta de su despacho. cuando la Madre María abrió la puerta, Irina se encontró con el Sr. Stoker sentado en una silla.

-¿Qué está pasando aquí? – respondió Irina frunciendo el ceño.

-Buenos días – saludo Bram Stoker a Irina – mirándola con una fría e intensa mirada.

-El Sr. Stoker está aquí por un motivo – dijo la Madre María a Irina – mirándola detenidamente. – Prosiguió – La suerte se ha cruzado en tu camino.

-No será que… – titubeó – dando un paso atrás.

Así es, Irina – he venido para darte un nuevo hogar. – termino de decir el Sr. Stoker.

Irina no se podía creer lo que sus oídos estaban oyendo. Nunca nadie se había interesado en ella y ni falta que hacía. Siempre distante, mostrándose indiferente, mientras veía a otros niños y niñas partir.

-¿Porqué a mí? – fue lo primero en decir.

-Tu día tenía que llegar, Irina – dijo la Madre María, mirando al cielo – haciendo el símbolo de la Cruz

Irina se le empezaron a poner los ojos rojos e intentó desviar la mirada para que el Sr. Stoker no se diera cuenta, aunque creyó ver dibujada una sonrisa en los labios de este.

-Madre..¿Podría dejarnos “a solas” un momento? – por favor. – Quiero intentar hablar un momento con Irina.

-Sí, claro. Por supuesto. Me parece una idea excelente  – aprobando la situación.

La Madre María cerró el despacho dejando a Irina con el Sr. Stoker – o mejor dicho su ahora recién padre adoptivo.

-Irina, sé que en tu mente tienes muchas dudas y preguntas que hacerme. Lo entiendo. ¿Que porqué a ti? – se levantó de la silla y posó las manos encima de los hombros de Irina.

Irina lo miraba con furia y rabia en sus ojos todavía rojos. Sin entender que había visto en ella que no hubiera visto en los otros niños.

-Voy a contestarte a tu pregunta, Irina. – “Soy tu padre”.

-Tú no eres mi padre. – notando los colmillos aparecer en su boca.

El Sr. Stoker imaginaba cual seria la reacción de Irina. Le quitó los hombros de encima y apretó los puños con rabia. Se quitó las gafas, enseñándole sus ojos rojos y unos afilados colmillos reaparecer en su boca, al igual que Irina.

-¿Cómo….? – quedándose sin palabras.

-Te he contestado a tu pregunta, Irina. – Prosiguió. – Mientras avanzaba hacia la ventana.

Irina lo seguía con la mirada, pensando en cómo era posible que otro ser humano pudiera tener los mismos síntomas que ahora ella empezaba a desarrollar…No, no podía ser.

He venido a explicarte toda la verdad, Irina. He tenido que esperar diez años a venir a por ti, hasta que no he llegado a ver los efectos que el ajo y la cruz empezaban a  producir en tu cuerpo – mirándola esta vez muy serio.

 – … perdí a tu madre, no quiero perderte a ti también. 

-¡No entiendo nada! – dando vueltas a su alrededor – nerviosa, al escuchar las palabras que Bram Stoker le decía.

-Voy a narrarte una historia – ¿quieres oírla? – preguntó.

Irina asintió con la cabeza, sentándose en la silla – Pensando que tal vez sus dudas y sus preguntas que se había hecho durante todo este tiempo, saldrían a la luz. Junto a la ventana se encontraba Bram Stoker, mirando cómo una niebla espesa reaparecía.

-Hace muchos años atrás en el tiempo cuando yo apenas era un chico de unos 13 años de edad, mi padre decidió salvarme de convertirme  en un niño soldado. Vivíamos malos tiempos, bajo el dominio de el sultán Mehmed II.

Quería que 1000 chicos incluido yo fuéramos al ejército. Mi padre no quería que yo sufriera lo mismo que él tuvo que vivir cuando tenía su misma edad. En un intento de protegerme, huyó conmigo hasta la montaña “Broken Tooth”, donde había oído rumores de que allí se vivía un “Maestro”.

Al subir la montaña mi padre se percató de que no era un Maestro cualquiera, sino de un demonio inmundo, llamado “Maestro Vampiro”.

Mi padre hizo un pacto con el Diablo que me permitió tener la fuerza de 100 hombres y el poder suficiente para derrotar a mis enemigos. Sin embargo, a cambio me condenó con una sed insaciable de beber sangre humana, y ahí es cuando me convertí en Drácula.

-Silencio-

Irina intentaba asimilar cada detalle de la historia que le estaba contando. ¡Hija de Drácula!… – su mente no daba crédito a lo que oía. ¿Cómo podía ser la hija de Drácula?

-Imagino que estarás pensando en mil cosas, Irina. – lo entiendo, es comprensible. No es habitual que te digan que eres la Hija de Drácula. – le dijo susurrándole.

-Pero…

-Déjame continuar y entonces lo entenderás  – le interrumpió Bram Stoker.

A raíz de entonces fui adquiriendo habilidades que desconocía por completo, convirtiéndome en uno de los vampiros más poderosos.

Adquirí a dominar el poder del fuego, y sobre todo el poder de la sangre. Al ser tan poderoso, una gran cantidad de pequeños murciélagos me ayudaban en el combate. 

Estas habilidades no las conseguí gracias también por el mero de hecho de absorber las almas oscuras de otros seres de la oscuridad, de esta forma ganar sus habilidades.

Aún así, en una ocasión fui derrotado, por un vampiro con mas experiencia. Muchos me habían querido derrotar en vano. Pero un día fui vencido. El tiempo transcurrió rápido mientras yo dormía inerte bajo las profundidades de la tierra.

¿Cómo logré sobrevivir? – Gracias a que muchos otros vampiros eran seguidores míos. Ellos fueron quienes juntaron sus fuerzas y mutuamente hicieron el milagro de que yo regresara a la Tierra. Invocaron un conjuro de alquimia que permitía dar vida a demonios, como lo era yo. Un ser despiadado y sediento de sed…

-Silencio-

Mina lo miraba con los ojos bien abiertos. No estaba asustada. Sino que intentaba asimilar lo que su supuestamente padre le narraba. 

-¿Te doy miedo, hija? – le preguntó 

-No. – repuso Irina. Pero sí siento rabia por no haber sabido antes la verdad. Siempre quise saber sobre mí, de cómo vine a este orfanato…Estoy sorprendida. Intento analizar cada detalle y hacerme la idea de que soy tu hija.

-¿Te acuerdas del cuervo que se posaba en tu ventana? – le preguntó Bram Stoker. 

-Sí – contestó Irina con los puños apretados.

-Era yo. Te he observado desde niña. Con la esperanza de ver rasgos en ti que se asemejaran a los míos. Eres una inmortal como yo. Nunca has enfermado ni siquiera has sangrado si te has caído. Por tus venas corre la sangre de una vampiresa que tú aún desconoces. Poderes ocultos que yo te puedo enseñar a sacar a la luz.

-¿Quien es mi madre? – preguntó.

Bram Stoker suspiro, mirando al techo. Miró a Irina con ojos fríos y asintiendo a su pregunta – prosiguió. Mina. Ese era su nombre. 

-¿Era? – pregunto, frunciendo el ceño

-Déjame continuar, por favor Irina. He vivido muchos años y muchas experiencias pero sólo hay una que no podre olvidar jamás. A tú madre. Tu madre era una mortal. – Prosiguió.

-Cuando renací de nuevo habían pasado muchos años. El mundo había cambiado. Transformado en la apariencia que ahora ves. 

Había un castillo abandonado que antaño formó parte de una Reina llamada María después de que transcurriera la Primera Guerra Mundial. Al fallecer quedó el castillo abandono y decidí quedarme en él. Desde entonces resido en él.

En cierta ocasión dos jóvenes y apuestas señoritas vinieron a pasar una temporada en Transilvania, guiadas por su mayordomo. 

Una de ellas era hermosa, de cabellos largos y rizados. Cuya piel pálida y ojos negros poseían una mirada atenta. Sus labios siempre del color carmesí. Era una mujer muy hermosa. Sus rasgos finos y sutiles. Elegante y delicada.

Durante unas semanas dediqué mi tiempo a observarla. Era una criatura tan preciada. Que nunca daño querría hacerle. Sin embargo pronto se iría de nuevo y en un intento de conocerla propuse formar una fiesta. Asistieron todos. Incluida Mina. 

Vestía siempre encantadora. Pero esa noche se acercó a la fiesta con un vestido rojo al igual que el color de sus labios. Dejando entrever un escote de exuberantes pechos y fina cintura. 

No tuve ocasión de hablar con ella hasta que su amiga decidió irse con el mayordomo quien le acompaño a casa, ya que necesitaba ausentarse. Mina se quedó un rato más en la fiesta. Entonces nos conocimos. Nuestro encuentro fue casual. Le invité a una copa y después poco a poco nos fuimos enamorando. Cada día nos veíamos a escondidas. Intentando disimular nuestro amor, aunque llegó un día en que fue inevitable esconder la verdad. 

De su vientre empezó a crecer una criatura hermosa como su madre y fuerte como su padre. – mirando a Irina de soslayo – 

Mina decidió quedarse conmigo, dejando que su amiga se fuera con el mayordomo a su Tierra.

Durante nueve meses vivimos el amor intenso y la espera inevitable de tu nacimiento.

-Suspiro-

-Llegó el día en que decidiste salir del vientre de tu madre. Desgraciadamente tu madre era una mujer muy delicada y tras tu nacimiento, falleció. 

No pude hacer nada. Me maldije a mi mismo. Quería a tu madre y no pude convertirla. Intenté invocar a algunos demonios para que pudieran devolver a la vida. Pero no pude. Mis habilidades me permitían devolver a la vida seres malvados u otros vampiros, no a mortales.

-Silencio-

-¿Porqué me dejaste aquí? – dijo derramando una lágrima de sangre. – Era la primera vez que lloraba- 

-Te sostuve en brazos y me asusté – respondió. No he dejado de observarte desde que te lleve a algún lugar seguro. No quería perderte como perdí a tu madre. En ese momento no podía saber que dones habías adquirido si la inmortalidad o la de una niña mortal como tu madre.

-Estoy sin palabras – respondió. 

-Irina, te he observado durante todos estos diez años. Con la esperanza de que poseyeras mis dones. Posees la belleza de tu madre con la indiferencia e inmortalidad que la mía. ¿Dudas sobre mí, después de haberte confesado la verdad?

-Padre – no me abandones nunca más. – le dijo Irina – mirándolo por primera vez como su padre. 

Salieron del centro en silencio, mirando al frente. Una vez las puertas se cerraron detrás de ellos. Su padre le miró a los ojos y le dijo – volemos – En dos murciélagos se convirtieron, emprendiendo el vuelo. 

A lo lejos en un lejano castillo, vestidos de negro, dos sombras, la de un padre con su hija miraban al más allá…  

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7 Comentarios

    1. Gracias guiem. ! Dar un toque emotivo detrás del lado oculto como se nos ha mostrado en la realidad…Un giro o una continuación a la historia del Conde Drácula y sus orígenes

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