Sergio era un estudiante ejemplar. Siempre dispuesto a cargar con su mochila a cuestas. Un día decidió sacarse el carnet de conducir. Había cambiado de instituto y por ello necesitaba de los servicios públicos para desplazarse. Las enseñanzas eran públicas y entre ellas había una asignatura que le era superior a él; la educación física.

Apenas había practicado ninguno, por no decir nada. Su cuerpo, mal cuidado por dentro; se dedicaba a centrar su atención únicamente en los estudios y en pasarse las noche comiendo sin tener apetito. Comer por comer. Para luego por la mañana ir caminando con toda su mochila llena de libros hasta llegar al colegio.

Durante un meses estuvo estudiando para el carnet de conducir y haciendo las practicas necesarias. Llegó el día en que el examen tanto teórico como práctico se acercaba y los nervios se iban por dentro. Hizo el examen y después de saber los resultados, había aprobado. Ante sus ojos tenía su carnet que le decía que podía conducir. Aprobado.

Toda su trayectoria de vida cambió. Desde la comodidad de llevar las cosas detrás  del maletero del coche y evitarse contracturas en la espalda a sentirse libre como el viento, delante del volante.

Pero en la teórica lo que no había aprendido ni le habían enseñado era qué hacer cuando uno se quedaba en la carretera sin combustible. En esos momentos, en el andén, deseó coger un martillo y darse con el.