El retrato que cobra vida, by Neus Sintes

Robin se ganaba la vida como artista. Creando obras de gran calidad y de un talento innato. Conocido por todos, su nombre aparecía en todos los talleres y galerías de Arte.

Impartía clases en el Instituto de Bellas Artes, donde en muchas de las ocasiones había algún alumno interesado en sus obras, en cómo era posible de que a partir de un solo trazo, de una sola línea creara de la nada una obra genial y estupenda que todos podían apreciar en las galerías.

Robin siempre respondía con la misma respuesta: “Con dedicación y práctica se pueden realizar muchas, pero sólo con el corazón y con la pasión podrás crear una verdadera obra”.

Vivía en un estudio rodeado de sus obras y de su creatividad. A lo largo de su vida había viajado y experimentado muchas vivencias, en ellas había aprendido de culturas muy diferentes a las suyas. Desde su último viaje a la India, no había logrado mantener una relación con ninguna otra mujer…

Hace dos años atrás, una bella mujer se le apareció ante sus ojos. Robin caminaba entre unos matorrales cuando una voz sensual y femenina oyó a lo lejos. Hipnotizado por el canto que sus oídos estaban oyendo, siguió caminando hasta que podía percibirla de cada vez más cerca. Detrás de unos matorrales, podía vislumbrar que se escondía un río, de abundante agua cristalina. Al aproximarse detrás de una arbusto, su cuerpo se paralizó al ver una divinidad hecha realidad.

Una bella joven de dorados cabellos y  de piel blanca, tostada por el sol, se encontraba bañándose en el río. Se hallaba en su completa desnudez, sin pudor alguno. Sus labios carnosos suspiraban al notar el agua resbalar por su cuerpo. El agua le llegaba hasta su cintura. Dejó de cantar, detectando la presencia de Robin.

-¿Hola? – preguntó con una voz que hizo latir el corazón de Robin.

Robin sabía que no tenía alternativa que salir. Había notado su presencia. Mientras ella esperaba, Robin salió de detrás del arbusto, cauteloso.

-Hola, te oí cantar… – respondió, temeroso de asustarla.

Sutilmente y con elegancia se echo el cabello hacía atrás, dejando ver a la vista unos preciosos senos y un cuerpo que parecía bañado en oro. Empezó a salir del agua contorneando la cintura, cubriéndose con los brazos parte de sus pechos, aunque no parecía tener vergüenza alguna.

-No quería asustarte – prosiguió Robin – Solo estaba de paso.

-No tienes porque disculparte. – le respondió con una sonrisa.

A medida que salía del río unas exóticas y largas piernas fueron saliendo del agua sin ropa interior. Había soltado los brazos enseñando su cuerpo desnudo sin pudor alguno. Como si la desnudez formara parte de ella misma con total naturalidad.

-Hace tiempo que no veo a un mortal como tu – dijo a medida que miraba a Robin con deseo. Mi nombre es Bella, la Diosa que adora al río y a los mares.

-Mi nombre es Robin, soy pintor de profesión. Mi destino era viajar a la India para dibujar la hermosos paisajes que revela vuestra cultura.

Bella se quedó mirando al joven, pensativa. Era muy curioso que un humano que no fuera un dios o un hindú la hubiera encontrado.

-¿Quien te envía? – preguntó rodeándolo por la cintura, rozándole con su cuerpo muy levemente.

-Nadie… – respondió Robin, sin comprender. Oí tu dulce canto y mis pasos siguieron hasta que te encontré.

-Lo que oíste fue mi aura que emana de mi cuerpo. Mi vocación es símbolo de feminidad y seducción. Mi obligación es evocar a la libertad del placer sexual.

Robin no podía entender o mejor dicho comprender lo que estaba oyendo. Se encontraba ante una Diosa. No una cualquiera. Una de verdad. Lo más sorprendente que rondaba en sus mentes era cómo había podido percibir su aura.

-Los hindúes o dioses me avisan cuando vienen a sentir placer sexual, es algo habitual y normal. Forma parte de mí. De la naturaleza. – explicó Bella.

Un aura azul empezó a brillar con intensidad. Robin, prendido de tanta belleza fue acercándose más a ella, cautelosamente. Bella empezó a masajear haciendo pequeños circulos a su alrededor sus pezones, y no tardaron en erguirse. Asió a Robin de las manos para que éste pudiera tocarlos y saborearlos.

Robin, obedeciendo a sus deseos, empezó a sorber aquellos pezones como quien sorbe de una bebida prohibida. Su cuerpo empezó a emanar calor. Con sus manos se fue desabrochando la camisa, echándola junto a la fresca hierba.

Bella emitió un gemido que la hizo estremecer. Su piel emanaba un brillo especial. Una pasión incontrolable empezó a surgir entre los dos. Sus labios carnosos empezaron a saborear el lóbulo del joven y la excitación fue en aumento.

El miembro erecto de Robin se endureció. Bella se agacho sensualmente mientras iba desabrochando los pantalones del joven, dejando que su cuerpo desnudo se encontrara con el suyo.

Acaricio suavemente su miembro, mientras lo lamía con elegancia y sutileza. El aura del placer aumentaba en Bella. El éxtasis que sentían no lo podía describir. Bella cogió una mano de Robin y la reposó en su pubis humedecido.

Sus miradas lo decían todo. Tumbó a Robin sobre la hierba fresca. Reinaba el silencio en el ambiente. La joven Bella entreabrió ligeramente las piernas penetrando en ella el miembro erecto de Robin. Un gemido de placer resonó en el espacio sintiendo el calor que emanaba dentro de ella.

Bella se movía a un ritmo parsimonioso. Sus pechos se movían al ritmo de los movimientos de sus caderas. Solo las aguas del río eran testigos de lo que estaba sucediendo.

Escalofríos empezaron a recorrer su cuerpo. Sus miradas se cruzaron. Habían llegado al clímax. La joven empezó a tener orgasmos unos detrás de otros. Los gemidos iban en aumento. Robin estaba a punto de culminar dentro de la joven. Ella lo aceptó deseosa y agradecida. Un calor dentro de ella empezó a sentir, mientras absorbía dentro de ella el líquido caliente que surgía de su amante.

Había anochecido y apenas se veía más que el resplandor de su aura. En los matorrales yacían juntos. Bella miró a las estrellas y se levantó para adentrarse en las aguas del río. Como diosa tenía sus obligaciones y había incumplido una de ella. Dar placer a un humano fuera de su alcance.

Meditó sobre lo ocurrido, mientras en su mente un sentimiento, no solo de placer estaba apareciendo.

Robin despertó. La vio sumergida en las aguas del río. Con su aura azul resplandeciente en la noche oscura. Se quedó mirándola, parecía una escultura con su piel brillante y con unos rasgos perfectos. Había quedado prendido de amor bajo los efectos de Bella, la diosa de los mares y ríos. Su mente no dejaba de pensar en si había hecho lo correcto. No era una mujer cualquiera….Pertenecía a otro mundo.

Pero ambos se habían dejado fluir por la pasión que había surgido entre ellos. Bella se dio la vuelta al darse cuenta de que Robin la contemplaba. Salió del agua, con esa naturalidad tan propia de ella y fue dirigiéndose a donde se encontraba Robin. Sus caderas se contorneaban a cada paso.

-¿Has descansado bien? – le preguntó mientras se inclinaba para besarle.

-Espera – le interrumpió. Déjame contemplar tu rostro tan perfecto.

Permanecieron un rato en silencio, mientras Robin contemplaba aquel rostro angelical que tenía delante.

-¡Eres tan hermosa! – Esta vez fue él quien la besó.

-Robin, he estado meditando por la noche cuando estaba en las aguas del río, para ver si ellas me orientaban. Me siento perdida…un sentimiento al borde del abismo. He hablado esta noche con las estrellas y me han dicho que estoy bajo el efecto de un sentimiento que nunca he tenido.

-¿En que puedo ayudarte? – preguntó mirándola con un brillo en los ojos.

-Tócame – apoyando la mano en donde estaba su corazón. Mi corazón no para de latir a un gran velocidad.

-El mío palpita igual, Bella – ¿nunca has tenido ese sentimiento?

-dime, que significa – le rogó mirándole a los ojos.

-Es el sentimiento del enamoramiento. – le dijo mientras le acariciaba, besándola.

Varios pensamientos se amontonaron en Bella. Ella una diosa cuya función siempre había sido dar placer a aquel que lo necesitará, nunca había sentido ese deseo que iba más mas allá de la sexualidad. Se quedó pensando en la palabra Amor.

-Lo mas curioso y aún ronda en mi cabeza es que ni siendo un Dios ni un hindú, pudiste oír mi aura cantar…Eso es casi imposible por no decir imposible. Nunca ha sucedido.

-Bella, y ¿que ocurrirá si alguien se llega a enterar?

-Cualquier cosa, Robin…Cualquier cosa, menos buena…. – dijo pensativa.

-Robin, hazme tuya, otra vez. Quiero sentirme amada. – le afirmó.

Ambos se miraron y comprendieron que pasara la que pasara debían amarse aunque fuera su último vez, aprovechando los momentos en que pudieran estar juntos. Se refugiaron en los arbustos, escondidos de cualquier posible mirada….

Se amaron despacio, saboreando cada poro de su cuerpo. Sintiendo, deseando. Bella aprendió a a ser amada y dejarse amar. Sus labios se besaron sin dejar de mirarse el uno al otro. Tumbados en la yerba fresca, húmeda. Las flores florecían en esa parte. Robin cogió la más hermosa y empezó a recorrer el cuerpo de Bella, haciéndole cosquillas. Aunque más bien lo que sentía era un cosquilleo dentro de sí que proclamaba ardientemente que no parara de amarla como lo estaba haciendo.

-Te amo Robin – dijo entre susurro.

-Y yo a ti, mi Bella – le respondió.

Se amaron en silencio. Gozando de unos momentos inolvidables. Bella lo sentía muy adentro suyo, tanto que se mordió el labio inferior, para evitar que uno de sus gemidos resonara en el aire.

Exhaustos, quedaron dormidos, abrazados el uno al otro. Cuerpo a cuerpo. Había empezado a amanecer. El amanecer de un nuevo día. Las aguas del río estaban revueltas, sin saber por qué. Un mal presagio rondaba por la mente de Bella…

-Robín – le llamó, despertando.

-Las aguas del río se mueven con rabia… debería ir a comprobar qué ocurre – dijo mirándolo a los ojos.

-Ten cuidado, mi amor.

Entró en ellas, para calmarlas con su alma, cuando de repente se vio enredada en una especie de remolino, sin poder desenredarse.

Robin intentó ayudarla, pero se algo le retuvo. Detrás de la joven un Dios con su aura rojo era quien dirigía el remolino que tenía enredada a Bella.

-¡Oh Dios, Sam! – Desátame, por favor. – suplicó

-Bella, ¿has pecado? – dijo este enojado. Has traicionado a tu gente. Te has acostado con un mortal que no es Dios ni hindú.

-Él escuchó – bien podía haber sido una señal

-Has pecado – repitió. Sabes lo que significa, ¿verdad?.

Desató a Bella de las cuerdas del remolino y cuando se dio cuenta que Robin iba a su encuentro. El Dios Sam lo detuvo

-¡Alto! – Un paso más y será tu último aliento.

Por detrás, dos guardas del Dios Sam apresaron a Robin por ambos lados, sujetándolo con fuerza.

-No, no, no…. – Lo que has hecho esta muy mal, Bella – le dijo mirándola de arriba abajo.

-Bella, naciste con el destino en tus venas para ser una Diosa y saber dar placer. – prosiguió. Ahora has pecado, fallando a los nuestros. ¿sabes lo que significa?

-Os suplico, por favor… – dijo sin fuerzas.

-Cualquier Diosa que traiciona a su pueblo, a su gente, en esclava se convierte.

-No! – por favor.

-Llevaos a Bella al templo y al humano también. – afirmó enfadado ante tal falta cometida.

Los templos hindúes eran lugares de encuentro, de relaciones sociales, y en ellos se daba con normalidad la interacción entre las personas, contactos sexuales, con libertades.

Bailarinas, cortesanas, danzarines y músicos estaban presentes en los templos y daban colorido y belleza. Las esculturas así lo muestran, sin limitaciones, cualquier parte del cuerpo humano, sin restringir proporciones y sin evitar detalles.

-Traemos a una Diosa convertida en esclava por dar placer a un humano. – tocando a la puerta.

-Oh! – Una Diosa o tengo que decir esclava preciosa – dijo un hindue, abriéndoles paso.

Ataron a Robin para que pudiera contemplar el castigo que se le proporcionaba a su amada. Veía a su amada que sin poder hacer nada, era convertida en esclava. Donde los hombres eran los que dominaban sobre las mujeres. Su furia le quemaba por dentro. Un sufrimiento le embargaba.

-¡Traedla! – dijo el que parecía el jefe del Templo.

Se aproximó a Bella, quien todavía estaba atada por el lazo del Dios Sam.

-Dios Sam, con su permiso. Déjame observarla.

-Toda tuya. Es tu templo y aquí están tus esclavas. Bella, una de ellas.

Ambos se miraron, comprendiendo que había dejado de ser una Diosa para pertenecer al templo.

-Bella, querida. Ahora me perteneces a mí. ¿De acuerdo?. Mi nombre es Tamil.

Mientras le hablaba, recorría con la mirada su esbelto cuerpo. Se tocó la perilla, pensativo. – Eres hermosa, muy hermosa.

Le tocó sus senos, mientras le proporcionaba un mordisco en el cuello. Todos los ojos estaban posados en ellos. EL templo era abierto. Las jóvenes esclavas tenían la obligación de convertirse en objeto de todos aquellos que entraban.

Bella dejó la mente vacía, sin pensar en nada. Mientras Tamil saboreaba cada parte de su cuerpo, de su ser… Echada en el suelo fue abriendo sus piernas para poder hacer suya esa cueva prohibida a la que tantos había dado placer. Para ahora hacer saber quién mandaba sobre ella y su cuerpo.

Después de un largo rato de gozar de su su nueva esclava un extraño silencio se había producido en la estancia. Bella lo intuyó y decidió abrir los ojos y volver a la realidad. Su mente había permanecido vacía mientras era consumida por Tamil. Un hindú estaba preparando una pequeño fuego.

-Dios Sam con sus respetos… – podría acercarme la marca, por favor.

-Por supuesto  – respondió el Dios Sam, mientras se acercaba con una pequeña antorcha.

-Lo siento Bella – dirigiendo una mirada a bella. Tendré que marcarte. Como a todas las demás esclavas. Las normas son las normas.

Al ver la marca ésta se retorció. Evitando que la marcaran para esclavizarla de por vida. Esa marca significaba su perdición como Diosa y como humana.

-¡No!, –  Haced de mí lo que que queráis. Pero no me marquéis de por vida. – dijo en súplicas que no fueran escuchadas.

El calor se aproximaba al muslo de Bella. Era un calor ardiente y abrasador que cuando tocara su delicada piel, un roce bastaría para enrojecer y después vendría el dolor. Un dolor punzante que ella no quería.

Desvió la mirada y su mirada se cruzó con la de Robin que permanecía detrás de unas rejas. Alargó el brazo y pronunció su nombre.

-Bella, no!! – gritó

-Bella le dedicó una leve sonrisa y de los pocos poderes que tenía los uso intentó usarlos para evitar ser quemada.

Cerró los ojos y rezó a las aguas para que se la llevaran de ese lugar. La antorcha se acercaba lentamente cuando el cuerpo de Bella desapareció. Esfumándose, quedando un vacio.

El Dios Sam hizo apartar a todo el mundo. Una pequeña gota de agua había quedado en el lugar en donde había permanecido Bella. Se agachó y cerrando los ojos y muy a su pesar anunció que de los poco poderes que le quedaban. Había usado el último que podía tener.

-Señores…Bella, ha renunciado a la vida. Ha llamado a la muerte para reencarnarse en otra vida.

De madrugada, Robin se encontraba en su cama, envuelto en un sueño del cual no podía salir. Enredado con las mantas. Repentinamente despertó. Abrió los ojos, incorporándose, las gotas de sudor resbalaban sobre su frente.

-¡Bella! – gritó – alzando una mano al aire, en busca de una respuesta. Se llevó las manos a la cabeza.

Siempre despertándose por la noche, soñando con la misma pesadilla. La que le atormentaba el alma. Dos años habían transcurrido y aún en su mente aparecía la imagen de Bella.

Decidió levantarse e la cama y empezar a recordar, mientras con la mano derecha cogía sus pinceles y pinturas y en el mural blanco se iba representando la imagen de su Diosa. Pasó toda la noche en vela. Recordando. Creando su obra personal que solo sería suya. Nunca sería vendida ni expuesta. Iba a crear como recordaba a la Diosa de las aguas que le hizo sentir, vibrar de una pasión que jamás ha vuelto a sentir por nadie.

Debía haberlo hecho antes, pero el miedo le consumía. Tenerla cerca, aunque sólo fuera dibujada. Para él significaba mucho. Sabía que no dormiría de nuevo si no lo hacía.

Recordó aquellos tiempos en la India. La recordó a ella. Aquellos cabellos dorados ondulados. La frescura y tierna silueta que se le erizaba la piel al dibujarlo. Las curvas de una mujer perfecta. Diosa o no. Para el significaba mucho.

Las horas transcurrían en silencio. Pensando, recorriendo su cuerpo con pinceladas. Ahogando el alma con lágrimas consumidas. Sus ojos lloraban, su mente no paraba de reproducir escenas vividas.

El sol empezaba a salir y Robin finalizaba una obra de gran peso y valor para él. Se quedó mirando aquél cuadro que hace tiempo había permanecido en blanco. Ahora aparecía la silueta de una bella muchacha, de ojos vivos y sonrisa feliz. La acarició con las yemas de los dedos y por fracciones de segundos creyó apreciar un destello azul. Sus ojos ya le pasaban factura.

Por primera vez en dos años pudo dormir sin pesadillas. Al despertar oyó un ruido. Se giró para ver a su amada y volvió a ver un pequeño pero fugaz destello azul. Esta vez lo vio de más cerca, su vista no se encontraba cansada…

Decidió irse a la universidad, ya que llegaba tarde. Antes le dio un beso fugaz a su obra. Cerro los ojos y una paz en su interior empezó a albergar.

Al llegar a casa después de un día. Pudo comprobar que del cuadro surgía Bella. Había reencarnado en la pintura que el había creado. Ahora sabía que su lugar era estar con él.

Pero la magia del amor fue más fuerte. El beso que le había dado al marcharse dio fuerzas al cuadro para que saliera de él, reencarnándose en la pintura, enmarcada.

-No te asustes – soy yo, Bella.

-¿Cómo te has podido reencarnar en mi pintura? – dijo atónito

-Me has demostrado amor. Has creado una obra que soy yo. Por eso he podido reencarnarme en ella. Gracias por dejarme entrar en tu vida, Robin. Mi alma está en deuda contigo. Perdida en un océano me encontraba, sin una salida en la cual reencarnarme de nuevo. Perdida, asustada…

-Silencio-

Unas lágrimas rodaron por las mejillas de Robin. Se rodearon con temor a tocarse. Por miedo. A descubrir que todo era un sueño. Cuando se abrazaron sintieron lo que en palabras nunca se podrá describir. Se miraron a los ojos y se prometieron permanecer juntos para siempre.

 

 

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