Ataduras, by Neus Sintes

Lágrimas surcaban las mejillas de Violeta, de las pocas que le quedaban por derramar. De nuevo recibió otro cachete, esta vez por duplicado por ser una mujer desobediente con su esposo. Encerrada en su hermosa casa, de dos plantas, le suplicaba que parase.

Todos le avisamos de que ese hombre le haría infeliz. En el minuto en el que delante del altar pronunció el “sí quiero”, su vida se convirtió en un calvario. Aceptó el llavero, cuyas llaves abrían un nuevo camino, a un matrimonio infeliz.

El era su esposo y ella su mujer. Nosotros, los vecinos del barrio conocíamos la situación. Violeta había contraído matrimonio con un hombre que la hacia sentir infeliz. Después de la luna de miel que pasaron juntos y gozando de placer mutuamente. La vida en pareja fue muy distinto. Violeta descubrió que su marido tenía un lado oscuro y perverso, que ella desconocía.

Felipe era un hombre de negocios. Se conocieron en una fiesta benéfica a la que Violeta asistió, vestida con un vestido color celeste, dejando los hombros al descubierto. Entonces la música empezó a sonar y muchas parejas salieron a la pista.

Violeta se había quedado sentada, hasta que un hombre, de apariencia muy galante se había fijado en ella durante la fiesta. El hombre al verla sola, se acerco a Violeta.

-¿Cómo te llamas? – preguntó el hombre, muy educadamente

-Violeta. – contestó, dedicándole una sonrisa.

-Mi nombre es Felipe, el hijo mayor de la familia Reynes. – Se presentó.

Violeta quedó sorprendida. Tenía ante sí al hijo mayor de los Reynes. La familia más conocida por sus riquezas.

De fondo un vals empezó a oírse. Algunas parejas se retiraron y otras emprendieron el baile, animadas.

-Si me permite – le dijo ofreciéndole bailar

-No soy muy buena bailarina – dijo Violeta, mirándole a los ojos, tímidamente.

-Yo te guiaré – dijo con un tono cortés.

Sus cuerpos se acercaron mientras una mano la posó sobre su cintura y la otra la guiaba con su mano. Eran el centro de atención sobre la pista. Violeta se dejaba llevar por sus pasos. Mientras el la guiaba. Sus miradas se cruzaron por breves momentos. Violeta llevaba un vestido azul celeste, dejando entrever sus hombros desnudos. Poco a poco sin darse cuenta, sus cuerpos se fueron aproximando. Fue entonces cuando el vals finalizó y ambos se quedaron quietos, mirándose. Sus labios se encontraron cerca del otro, Violeta podía sentirlo, podía percibirlo, y en ese momento los labios de los dos se fundieron en uno solo. A partir de ese momento fue cuando Violeta empezó una relación con Felipe.

Felipe era el hombre perfecto. Empezó a sentir que sin él su vida no tenía sentido y sin darse cuenta así era como en realidad quería que se sintiera Felipe. El mantenía el control, todos los movimientos y acciones de Violeta. Ella empezó a pedirle permiso para salir. Esperaba ansiosa su llamadas cada día, ella creía que la llamaba por amor, cuando en realidad la llamaba para tenerla controlada y localizable.

Después de el “sí quiero”, su vida ya no fue la misma. El lado oscuro de Felipe abrió un nuevo camino en la vida de Violeta. Enamorada de él desde el primer día, ahora ya no sabía lo que sentía realmente. Sentía amor y rabia al mismo tiempo. Por otro, se sentía dependiente de él, sumisa a sus plegarias y obligaciones como esposa. Felipe pedía más.

Violeta se enteró que no solo viajaba por negocios. Sino, que durante todo este tiempo, el la había engañado con su secretaria. Y que en cada viaje aprovechaba para irse de prostitutas.

Se sentía engañada y atada a él. Ahora era Felipe quien deseaba que se comportara como una mujer y aceptara a su marido tal y como era. Deseaba a su mujer, y la quería. Pero Felipe le pedía cosas a Violeta que ésta no cumplía como mujer.

Violeta se dio cuenta que su esposo deseaba más de ella. Con el paso del tiempo Violeta fue cambiando. Felipe la había hecho cambiar.

Para que su matrimonio fuera mejor se vio envuelta en un mundo donde debía satisfacer todas sus necesidades. Felipe la obligó a ser mas callada y reservada. Obedecer y respetarle y ser suya hasta  que la muerte los separe. Así lo juró cuando contrajo matrimonio con él.

Decidió comprarle la ropa a su mujer. Decidir por ella y ponerse solo lo que el le comprara. Violeta, empezó a convertirse sin ella haberlo deseado en una mujer sumisa a sus deseos, por y para complacerle.

Cuando llegaba a casa, Violeta le tenía que recibir con la mesa preparada y ligera de ropa, así como él lo deseaba. A veces solo con la ropa interior.

Todas las noches, Violeta era sumisa a su deseos y a sus caprichos, como muñeca de trapo se tratara. La echaba sobre la cama, arrebatando la ropa interior y empezaba a acariciar su cuerpo y hacerla suya. Violeta sumisa, hacia lo que el le decía. Sin rechistar. Sin protestar. Un no por respuesta suponía un castigo y ella lo sabía.

Esa noche, Felipe le ató las manos a los barrotes de la cama y vendándole los ojos recorrió su cuerpo desnudo y empezó a lamer sus pezones erguidos. hasta llegar a sus caderas. Entreabrió las piernas de su mujer, introduciendo su lengua dentro de su clítoris hasta que ésta consiguiera un orgasmo. Luego la penetró suavemente.

Le ordenó ponerse a cuatro patas. Le colocó el collar en el cuello. Símbolo de que estaba ligada a el y solo a el. Como su amo y señor. Se puso delante de ella con su miembro erecto y con el látigo en la mano le dio en uno de sus muslos, indicándole que empezara a chupar.

-Perrita buena, – Métela, toda dentro de esa dulce boca.

Al cabo de un rato Felipe le de dio otro latigazo, indicando que parara para luego meter su gran miembro en su ano. A Violeta no le gustaba, le dolía, pero sumisa a sus peticiones, aún a cuatro patas, Felipe pudo penetrar en ella hasta el final.

Muchas veces eran en las que la sorprendía con alguna que otra joya. Quería ver a su hermosa mujer siempre bien arreglada, sobre todo cuando tenían que salir a algún evento o habían quedado con un algunos de los compañeros de Felipe para cenar en parejas. La quería ver radiante, para ser la envidia de todos. Para que vieran que su mujer era la mas bella.

Violeta se fue convirtiendo de la noche a la mañana en una esposa sumisa. Escondida detrás de una máscara invisible, habitaba otra Violeta que quería huir de esa pesadilla. Pero la sumisión era más fuerte y el miedo a quedarse sola la hacía permanecer junto a un hombre que no le convenía.

 

 

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