Sin salida, by Neus Sintes

Mery, una niña de 13 años esperaba en su casa pacientemente a que llegaran sus padres. Habían tenido que salir un momento, para recoger un paquete. Pasaron las horas y sus padres no regresaban. Una llamada de teléfono convirtió su vida en un infierno.

-¿Mery? – preguntó el de detrás del auricular.

-Si, soy yo…respondió Mery

-Siento comunicarle… – tragó saliva – que sus padres han tenido un accidente de coche. Ambos han fallecido.

El teléfono cayó de las manos de la niña, entrando en estado de chock, retrocedió dos pasos hacía atrás, tambaleándose, hasta caer desmayada.

Mery fue conducida a un hospital psiquiátrico, después de que los vecinos la oyeran chillar y llorar desconsoladamente, con un ataque de nervios. Una de las vecinas se encontró con el policía que estaba de camino, yendo a visitar a la niña. Al encontrarla tan fuera de sí; alterada, no dudaron en llevarla a un lugar seguro.

-Papá, mamá!! – chillaba sin respuesta alguna.

Después de un largo trayecto, la ambulancia se detuvo. Mery bajó en una camilla junto a dos enfermeros a su lado. La condujeron hacia unas puertas que se abrieron de par en par, ofreciéndole la bienvenida al “Centro psiquiátrico” del cual nadie había salido jamás.

-No estoy loca! – dijo exaltada Mery – intentando huir de las fuertes manos de los enfermeros que la conducían a la entrada.

-Tranquila, esta sera tu casa a partir de ahora – le dijo con calidez una de las monjas que venía a recibirla.

-Somos tu familia, hija mía – respondió la de más anciana edad.

-Soltadme!. Quiero irme a mi casa… – decía mientras veía como entraba en las tinieblas de un gran edificio donde sería internada para siempre.

unos altos y grandes barrotes protegían la entrada. La puerta crujió al abrirse para dejar pasar a las monjas acompañadas de Mery, mientras a sus espaldas el crujir de la puerta  se oyó cerrar para siempre.

Mery levantó la mirada, aún nublada por las lágrimas derramadas. Se hallaba ante un enorme y antiguo edificio de tres metros de altura. Custodiado por la presencia de rejas y telas metálicas en las ventanas. Donde en alguna de las ventanas se encontrarían las celdas de aislamiento. Grietas abiertas en un muro de silencio y cemento.

Un largo y estrecho pasillo se abrió ante sus ojos. A cada paso que daba veía niños como ella, hombres y mujeres desconsolados, miradas de pánico y miedo…

-Quiero irme! – insistió – presa del pánico de ver a donde la llevaban.

-Tranquila, tranquila. – intentaba calmarla la enfermera

-Seguridad! – llamó una de ellas – Necesitamos ayuda con una nueva paciente

Los de seguridad agarraron a Mery y la llevaron en brazos ante el director del centro.

-Doctor, tenemos a una nueva paciente. Esta muy alterada tras haber fallecido sus padres. Se resiste a ser atendida.

-Gracias, chicos. Tranquilos, me encargaré de tranquilizarla.

Mery se tranquilizó un poco más cuando los de seguridad la soltaron, aún así no confiaba en nadie. El Doctor condujo a Mery a su despacho para ser analizada como primer paso antes de entrar en el recinto.

-Entra, querida… – haciendo le pasar a su despacho, cerrando la puerta con llave.

-Me han contado lo sucedido – empezó a hablar muy pausadamente. Aquí te cuidaremos. Tienes a una nueva familia. Te daremos alimento y protección. No tienes de que preocuparte de nada. Te sanaremos tus heridas.

-Gracias – susurro.

-Bueno, bueno… – entrelazando las manos. Al ser la primera vez que entras, tengo la obligación, como doctor del centro de hacer una pequeña observación a los pacientes – dijo con tono calmado.

Ves la bata blanca que te ofrezco – prosiguió enseñándole una bata blanca.

-Si, – dijo asintiendo

-En el biombo que hay a mi lado, tienes que desnudarte y ponerte la bata cuando salgas, por favor.

-No!, – ¿porqué? – exaltándose de nuevo

-Son las normas, querida Mery. Tengo que comprobar que estas bien. Hazlo por tu bien. No me gustaría tener que llamar a los guardias – le contestó mas serio.

Mery asintió a regañadientes, no muy confiada. Se levantó. Mientras empezaba a desnudarse, no muy convencida de lo que estaba haciendo, el doctor extrajo un espejo por el cual a través de el, podía ver como se quitaba la ropa. Podía apreciar, a pesar de su edad, un cuerpo realmente bien desarrollado.

Mery salió con la bata puesta. En sus ojos se reflejaba la tensión. El impulso de que debajo de llevaba absolutamente nada. La hacía sentir indefensa. Nerviosa.

-Acércate – le ordenó.

Con lentitud fue desabrochando la parte delantera de la bata, cayendo ésta al suelo. Mery quería huir, pero si lo hacía sabia que llamaría a los guardias.

-Tranquila, solo quiero verte y examinarte. – como te he explicado antes.

-Eres muy guapa, sabes? – le dijo con una sonrisa. Aprender a aceptar la desnudez es una parte muy importante de cualquier persona, querida Mery.

-No me toque! – chilló.

-Tengo que hacerlo. Comprobar que estas sana. Mientras, te iré haciendo alguna preguntas.

-¿Que tipo de preguntas? – dijo extrañada

-Dame el brazo – ordenó.

Entonces sin pensarlo, le inyecto una droga que la sedó fuertemente. Mery empezó a sentirse mareada, semiconsciente. El doctor la asió con sus manos y la sentó en su regazo, sintiendo su cálido cuerpo contra el suyo, dispuesto a hacerle preguntas.

-Mery, ¿tus padres como murieron? – le pregunto. Mientras rozaba con suavidad aquellos senos que se iban desarrollando

-murieron…en un accidente de coche – respondió

-Mi querida niña, no fue así… – prosiguió el medicó mientras la observaba. Tu los mataste!.

-No es verdad… – dijo la niña, exaltándose.

-Lo lamento. Es así. Recuerda, los empujaste a la carretera y por tu culpa los atropellaron y ya no están vivos.

-No! sollozo – yo no pude hacer eso…

-Mi niña, mi dulce Mery. – lo hiciste. Por eso estás aquí.

A partir de ese momento la locura empezó en la mente de Mery. Incapaz de comprender que ella matara a sus padres. Recordaba el accidente, la carretera, la muerte. El doctor la ató de manos y la sostuvo en brazos, desnuda y semiconsciente y la llevo a un pequeño cuarto, donde la encerró con un colchón en el suelo.

-Esta noche vendré a verte, Mery – le  susurró en el oído.

-No me deje sola…

-Descansa y piensa en lo que has hecho mal. Yo me ocuparé de ti. La primera noche debes pasarla sola.

El doctor dejó a Mery sola. Atada de manos e indefensa, empezó a pensar que ella era la culpable de la muerte de sus padres. Su cabeza empezó a dar vueltas y más vueltas. Su cuerpo desnudo bajo un colchón frío en la absoluta oscuridad de la noche.

A la medianoche el crujir de la puerta la hizo despertar. Removiéndose en el suelo.

-Sé buena chica, Mery. – Todos han pasado por lo mismo.

-Doctor , que me pasa… – dijo con un hilo de voz

-Nada que yo no pueda solucionar. – le susurró.

El principio de la pesadilla había empezado mientras el doctor se apoderó del cuerpo de Mery. Suaves palabras le susurraba al oído mientras empezaba a tocar ese cuerpo, suave y delicado.

-Mery, si no eres buena, te tendré que azotar. – Has sido una niña muy mala. Debes aprender a ser buena y obedecer. Has matado. Por ello tendré que castigarte.

-He matado, he matado – repetía Mery a medida que el doctor analizaba cada rincón de su cuerpo. Las sombras cubrieron la habitación, chillidos de locura empezaron a resonar, mientras en su mente, la locura empezó a desarrollarse para hacerse realidad.

A la mañana siguiente una pequeña mancha de sangre apareció en el colchón. Había perdido su virginidad. Atada de manos empezó a oír voces acercarse. Dos enfermeras se acercaron a Mery la sujetaron por ambos brazos para sentarla en una silla. Le desataron las muñecas, doloridas.

-Buenos días, Mery –  El doctor vendrá en unos segundos

-¿Como te encuentras? – le preguntó la mas anciana. Mirándola con ternura.

Tenía la mirada vacía. Como si le hubieran extraído su alma. Su cuerpo ya no era suyo. Pertenecía a otros. Que pedir a la vida, si ella había matado.

-He matado, he matado!, – un ataque de nervios se apodero de ella.

-Tranquila, tranquila – enseguida la sujetaron a la silla.

La puerta se abrió y el doctor apareció con dos guardias a su lado.

-Mery, hoy se te ve más hermosa. – le dijo con esa sonrisa en sus labios.

-Pueden dejarnos, enfermeras – Gracias. Nos ocuparemos de ella

-Soltadme! – empezó a gritar

-¿Ves este botón? – enseñándole el mando que tenía en la mando. Si eres buena no lo usare, pero sino, vas a llevarte una descarga eléctrica que te borrará algún recuerdo de tu infancia.

Los guardias no dejaban de mirarla. Uno de ellos le susurro algo al oído al otro. Al ver que el nerviosismo seguía en Mery. El doctor presionó el botón, dejando inconsciente, de nuevo a Mery tras recibir una descarga eléctrica.

Al despertar veía borroso, hasta que algo mareada comprobó que se hallaba con otras personas, hombres y mujeres con sus batas blancas o algunos desnudos, como ella…

Gente amontonada y ociosa, en espacios oscuros, mal ventilados. Internos que duermen en el suelo, jóvenes atados, mujeres acicaladas y niños condenados a una existencia sin alegría ni ilusión.

Miré por la ventanilla de la única ventana que daba al patio y mis ojos solo ven cuerpos de hombres y mujeres tambaleándose, caminando sin ningún rumbo fijo. Dan vueltas por el patio, otros se encuentran sentados, con harapos viejos y rotos. Figuras inmortalizadas recuperan vida paseando errantes por los patios ajados.

Uno de los hombres se golpeaba a sí mismo contra la pared maldiciendo su vida. Deseaba morir. Pensé que no era el único que deseaba la muerte. Empecé a desarrollar en mi mente que lo mejor que me podría pasar era que la muerte viniera a visitarme.

La puerta de la habitación se abrió. Uno de los guardias empezó a separar a hombres y mujeres. Nos mandaron hacer fila hombres a un lado y mujeres en el otro. Mandaron desnudar a aquellos que llevasen ropa. Nosotras, las mujeres, fuimos conducidas a una habitación cerrada, cuando la presión de unos chorros de agua fría, mojaron nuestros cuerpos. El agua de lo que que era la ducha, o era un castigo más, estaba helada. Se oían los gritos de las demás mujeres resonar en mis oídos, la presión del agua hacía daño en la piel.

Los guardias entraron. Nos dividieron en dos grupos. Nos cubrieron con una toalla. Uno de ellos se llevó a unas mujeres a unas dependencias y a mí y otras mujeres en otras más apartadas.

-Nos están separando – decía una de ellas…

-Que significa – pregunte aturdida

Al final comprendí que nos habían separado por dos grupos, una de ellos por mujeres mas atractivas y otras que no lo eran tanto. Al aislarnos en las otras dependencias uno de los guardias que no había dejado de mirarme me susurro al oído que era afortunada. Mientras me quitaba la toalla de encima para sustituirla por una de las batas blancas.

-Si fuera por mí, te dejaría desnuda – le susurró al oído.

Al pasar por la galería de celdas, el guardia que nos acompañaba nos mostró un demente que estaba encerrado.

-Obedeced – sino queréis terminar como el – nos amenazó

Aproximándonos al ventanillo y, pegados a él, vimos a un hombre ya anciano, que en cuanto nos distinguió, comenzó con gritos desgarradores a pedirnos que les diésemos libertad: un cinturón fortísimo que le ceñía el cuerpo y dos argollas que le oprimían los antebrazos y le tenían sujeto las espaldas a la pared; al gritarnos con pasión abundantes lágrimas caían por sus ojos.

Compartía habitación con tres mujeres más en la habitación. El doctor entró más tarde para comprobar nuestro estado. Se han filtrado y suenan voces, voces sobresaltadas.

-¿Como os encontráis hoy? – preguntó

-En el mismo terror de siempre – añadió una de ellas

-Guardias! – Llevad a esta mujer al calabozo. Durante dos días permanecerá allí, sin comida ni agua.

-¿Alguien más tiene algo que decir? – su voz sonaba severa

Pasados dos años desde su internado, Mery y las otras tres mujeres fueron conducidas a un infierno en el que no tenían salida. Prisioneras y dominadas por la locura. Abusadas continuamente por las noches. Poseyendo sus almas, sus mentes y sus cuerpos. Oyendo esas risas, unas risas maléficas detrás de la puerta intentando abrirla. Risas diabólicas que percibo terriblemente en mis oídos.

Hacía meses, Mery había empezado a rezar, aún siendo atea. Lo que nadie sabia, era que a quien rezaba era al propio Diablo. Muchas noches, de rodillas frente a su cama, rezaba para que algún día se la llevara de ese lugar. Por mucho que había rezado y suplicado su presencia, éste todavía no había venido a visitarla.

Cierta noche, Mery presintió unas pisadas mas fuertes de lo normal, las oía perfectamente. Cada paso es un paso mas cercano y más peligroso. Tenía el pulso acelerado, el miedo se iba apoderando de su cuerpo y de su ser.

Pisadas fuertes y de paso ligero se detienen tras la puerta. La abren silenciosamente y al final la veo; la muerte había llegado a visitarme.

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