La llama de la perla azul, by Neus Sintes

Michele, se ganaba la vida como camarera en el un bar llamado “Vívelo”, donde su especialidad por los noches era un pequeño karaoke, donde la gente solía frecuentar, sobre todo por las noche.

Siempre estaba abarrotado de gente desde que el dueño decidió poner el karaoke y dar un estilo diferente al local, ya que por desgracia, muchos eran los hombres que solían ir a frecuentar sus penas y desgracias con la compañía del alcohol…y teniendo que echar junto al guarda de seguridad a largas horas de la madrugada, a medida que iba cerrando el bar, a aquellos hombres que no se separaban de la barra del bar aferrándose a su salvadora la botella.

Mix, trabajaba como guarda de seguridad sólo aquéllos días donde se sabia que el fútbol sería fruto de peleas y discusiones. Pero esa noche, Michele se encontraba sola. Era su turno de noche y Mix esa noche no trabajaba. A Michele le gustaba mas hacer el turno de día, ya que normalmente de día la gente de aquella zona no solía ir a emborracharse hasta la noche. Pero le había tocado el turno de noche.

Esa noche Michele llevaba puesto un bello colgante alrededor de su fino cuello. Llevaba unos días mirándolo, atraída por él. Cada vez que pasaba por delante de la tienda, se quedaba pensando que le quedaría genial, pero siempre terminaba por dar media vuelta e irse. Era incapaz, todavía de de poder comprarlo. Una de esas noches en que la dependienta estaba absorta en uno de sus clientes más adinerados, entró en la tienda y en aquellos momentos invadida por el deseo de tocar el collar, se lo encontró que lo tenía en las manos, lo miraba como quien mira algo muy preciado. Y Michele, tuvo un impulso. Salió de la tienda con el collar escondido en uno de sus bolsillos.

Michele no podía creer lo que había hecho. Un nerviosismo recorrió su cuerpo. Pero pensó que lo mejor era actuar con naturalidad, podían pensar mal la gente de la calle si la veían tensa o descontrolada bajo esa situación de no saber si correr o seguir andando con naturalidad.

Optó por lo segundo. Al llegar a su casa sus piernas todavía algo temblorosas por lo que había hecho, aún no se lo creía. Ella nunca había robado nada en su vida. Se sentó en el borde de la cama y cerrando los ojos soltó despacio el aire acumulado, sintiéndose más relajada. Diciéndose a sí misma que no había pasado nada, que ya se encontraba en su casa y lo más importante, que nadie la había visto.

Había pasado lo peor…o eso creía. Pensó.

Se fue quitando la ropa lentamente, adentrándose en la bañera donde dejó relajar sus tensos músculos durante unos largos minutos, y la tensión fue disminuyendo. Mientras notaba las burbujas acariciar su cuerpo, tranquilizándola.

Al salir, se cubrió con una toalla y con las yemas de sus dedos salpicados aún por el agua. Tocó aquella perla azul como sus ojos, que brillaba con intensidad. Desde ese día Michele solo se ponía el collar cuando trabajaba de noche, no quería ser vista con él de día. Para no llamar la atención.

-Será una noche larga – mirando la hora y viendo que por la televisión anunciaban que era día de fútbol. – Mientras se vestía con una minifalda vaquera y un top negro. Se recogió el cabello dejando lugar a una larga coleta.

Entonces sus ojos se posaron la mesilla de noche donde estaba la perla azul del collar, que parecía indicar que se lo colocará. No lo dudó. Con ambas manos cogió el collar y se lo colocó. Estaba lista.

-Que mala suerte! – se quejó – Hoy Mix estaba de vacaciones. – Tendría que echar ella a aquellos impertinentes aferrados a sus asientos con sus botellas vacías.

Mientras, la gente iba sentando  y reservando sillas para sus amigos, dispuestos a ver el fútbol. Cuanto más cerca mejor. Solo había un sitio vacío. El del fondo, detrás de un columna que impedía verlo bien. Normalmente a la gente que iba a tomar algo no le importaba, ya que el fútbol no era una de sus prioridades. Aunque normalmente siempre se encontraba vacío, ya que apenas había luz y se encontraba en las sombras del local, apartado.

Michele estaba tan atareada que no se percató que en ese sitio se había sentado un hombre. Se encontraba sentado, concentrado en una libreta. Parecía que no había venido a ver fútbol.

-Buenas noches – dijo sonriente Michele. ¿Que le puedo ofrecer?

-Buenas noches – le respondió el hombre, concentrado. Una caña, por favor.

-Siento el retraso – se excuso Michele. – Cuando hay fútbol el local esta lleno.

Oh, no se preocupe… – dijo esbozando una media sonrisa.

Cuando Michele dio la vuelta para irse, el hombre no paraba de mirarla. Ella se sentía observada, no sabía la razón, pero se sentía inquieta. Intentó no darle importancia y siguió trabajando, tenía mucho por hacer.

Fue sirviendo unas aceitunas a todas las mesas hasta que fue a parar a la mesa de al fondo, donde aquel hombre de mirada profunda estaba absorto en sus pensamientos.

-Unas aceitunas – de la casa. Le obsequió Michele con su ancha sonrisa.

-Espera – le detuvo el hombre la voz del hombre. ¿Como te llamas?

-Michele – y tu… – Titubeó

-Dick – respondió con una voz firme y segura.

Michele no paraba de mirarlo de detrás de la barra, mientras limpiaba los vasos. Su mente no paraba de pensar en ese hombre de apariencia tan extraña. No había parado de dibujar en su libreta diversos trazados y anotando apuntes a un lado, desde que había llegado.

Las horas iban pasando y el fútbol finalizó. Muchos clientes fueron yéndose; algunos para celebrar la victoria de su equipo, otros a a su casa derrotados.

Dick seguía sentado hasta que la barra una vez vacía, cogió su copa y se fue directamente a la barra. De reojo no paraba de fijarse en Michele. Ella empezó a darse cuenta y prefirió actuar con naturalidad. Había muchos tipos que habían querido ligar con ella en la barra y con el tiempo había aprendido a ignorarlos. Aún más a sabiendas de que estaba trabajando.

El último de sus clientes pagó su cuenta y se fue. Había quedado sola con el único cliente que se hacia llamar Dick.

-¿Hasta que hora trabajas? – preguntó curioso

-Normalmente los días de fútbol hasta más tarde. Los demás días, depende de los clientes que haya.

-¿A qué te dedicas, Dick? – le pregunto, acercándose mas a la barra.

-Soy trabajador freelance – trabajo por mi cuenta. – Le contestó, con desviando la mirada.

Michele se percató de que se estaba poniendo tenso, así que optó por no preguntar más. Un silencio se hizo en el bar. Michele aprovechó para terminar de recoger algunas copas que todavía quedaban encima de la barra y las colocó en su sitio.

Por otro lado Dick se fijó en el colgante de la chica. Miró sus bocetos y coincidían a la perfección. Dick trabajaba como detective en el departamento de robos de la policía.

-¿De dónde has conseguido ese collar? – le preguntó de repente

-Me lo regalo mi novio – titubeó Michele, algo nerviosa.

Dick, empezó a sospechar. Iba por su última copa, casi medio vacía y no dejaba de contemplar ese esbelto cuello del que en él, reposaba el collar que se le había sido informado, había sido robado hacía una semana.

-Ese collar…no te lo ha regalado nadie, ¿verdad? – preguntó con tono más serio

Al oír esas palabras, Michele sabía que la habían pillado. – Tú no eres un trabajador freelance, ¿verdad? – y de sus manos resbaló una copa, cayendo al suelo, haciéndose añicos.

Presa del pánico, intentó huir de detrás de la barra. Pero Dick la esperaba

-Soy detective, Michele… – le afirmó. No podrás huir tan fácilmente. – le dijo poniéndole las esposas en las manos.

-Espera.. – no llames a la policía. – le contestó con voz ahogada.

Dick se quedó mirándola. Michele tenía el pulso acelerado. Ambos se quedaron mirando el uno al otro. Dick no sabía que le sucedía. Pero empezó a sentir algo que le impidió apretar el botón de “llamada”.

Un cosquilleo empezó a arder en el cuerpo de Michele cuando Dick se aproximó a ella. Una mezcla de miedo de ser arrestada y por otro lado el del deseo hacia un hombre que no conocía…pero que la intimidaba.

Michele entreabrió los labios para decir algo pero Dick se lo impidió, sellándolos con su dedo índice. Un deseo incontrolable empezó a arder en los dos. Como la de una llama que se enciende sola.

Dick le rodeo el cuello con sus manos hasta quitarle el collar de su largo y fino cuello, y se lo guardó en su bolsillo.

-Lo siento, pero me lo tengo que quedar, preciosa… – le susurro en el oído.

-No volverá a suceder – respondió arrepentida, asintiendo.

Dick le quitó las esposas y viendo el deseo que ambos estaban sintiendo en su interior. La levantó y echó sobre la barra del bar con sumo cuidado. Atrapados bajo un hechizo de pasión incontrolable. Empezó a saborear su esbelto cuello, hasta llegar en el centro del nacimiento de su escote.

Dos pequeños botones de su top cubrían aquellos senos erguidos por una pasión inexplicable. Michele, atrapada bajo una nube, nunca se había sentido de esa forma, ni se hubiera imaginado ser amada encima de la barra donde ella tantas veces había servido copas a los demás. Ahora ella era la copa para Dick, quien había desabrochado su top, y sorbía lentamente de sus senos erguidos.

Sin apenas darse cuenta, entreabrió las piernas para que su amante pudiera excavar, profundizando en el interior de su cueva, humedecida.

En la barra del bar, dos cuerpos se veían amándose. De fondo, se oían los gemidos de placer de dos cuerpos deseándose. Dos desconocidos, mirándose a los ojos. Suplicando placer en la oscuridad de la noche.

-Tú eres la perla azul que tanto tiempo he estado buscando – le dijo Dick, susurrándole al oído.

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