A través de la ventana, mis ojos contemplaban un mundo muy distinto al que había existido. Un nuevo mundo empezaba a renacer. La oscuridad daba lugar a la luz. Después del sufrimiento, por fin la felicidad había llegado a todos los hogares de este mundo al que me habían dado la bienvenida. Lo que creíamos inalcanzable, pero deseable, ahora se había convertido en realidad.

Aún recuerdo la calurosa bienvenida con la que me recibieron todos al entrar por la puerta. Todavía algo confusa y aturdida, no sabía a donde había llegado.

Me hallaba en un lugar muy diferente al mundo de donde venía. Rodeada de paredes blancas y donde el bien estaba por encima de todo. Todos los habitantes convivían al igual que yo en unas habitaciones sencillas, no nos faltaba de nada. Los niños iban a la escuela todos juntos. La escuela donde se les enseñaba tenia  forma de capilla.

El fulgor que transmitía era semejante al de una piedra preciosa, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal. El material de su muro era de jaspe; pero la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio limpio; y los cimientos del muro de la ciudad estaban adornados con toda piedra preciosa. El primer cimiento era jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, ágata; el cuarto, esmeralda; Las doce puertas eran doce perlas; cada una de las puertas era una perla. Y la calle de la ciudad era de oro puro, transparente como vidrio.

Las nubes nos rodeaban, espumosas y suaves, con un encanto natural. Me encontraba rodeada de paz, un sentimiento de bienestar en mi interior que no puedo expresar con palabras.

De fondo una música celestial oían nuestros oídos, parecida al piar de los pájaros al despertar. En el mundo que me encuentro se ha desvanecido la oscuridad, dando lugar a la felicidad para siempre de todos los que moran aquí.

Después de contemplar ese mundo tan perfecto e ideal, me dijeron que había alcanzado la eternidad. Ese mundo era el Cielo, un mundo Eterno, «sin fin».