La Perla de la felicidad, by Neus Sintes

¿Cuántas veces no hemos soñado de pequeños en hallar tesoros escondidos?.  Soraya, una niña de unos once años de edad, había dejado de creer en los seres mitológicos y en los cuentos de hadas.

Una tarde soleada de verano, Soraya había ido a pasear con su abuelo por los alrededores de la urbanización. El médico le había aconsejado que era bueno para la circulación el dar aunque tan solo fuera un corto paseo. Mientras paseaban vieron un banco en el que se sentaron para descansar y beber un poco de agua.

-Soraya, tu padre me ha dicho que no crees en los cuentos de hadas – le miro de soslayo su abuelo

-No es que no crea – dijo dubitativa – es que son para niños pequeños

Su abuelo la miro y entonces dejó inhalar un suspiro largo y profundo. Y su mirada se perdió a lo lejos, mirando en un punto lejano. Hasta que sus primeras palabras surgieron de sus labios

-Me creas o no Soraya, en este mundo no solo vivimos nosotros. Existen muchos sitios y lugares desconocidos que no sabemos de ellos porque no hemos sido capaces de verlos o mejor dicho, encontrarlos. En ellos, tal vez vivan seres como nosotros pero que sean  criaturas a las que has dejado de creer. Nunca digas que no existen, negar que puedan existir seres a los que no has visto… – le indicó.

Soraya, asintió.  Sabía que cuando su abuelo se ponía así era por algo… – Abuelo, ¿Alguna vez has visto alguno de esos lugares o alguien que no sea como nosotros?.

-Sí, hace muchos años me encontré con una elfa. Era pequeña, graciosa y divertida. Aunque por desgracia solo pude verla durante un día, en mi corazón el recuerdo sigue vivo en mí. – le afirmó su abuelo.

Soraya y su abuelo se miraron largo tiempo y en silencio. Soraya apenas no sabía que decir. Y su abuelo sabía perfectamente que lo que necesitaba era tiempo y creer.

Por la tarde se despidió de su abuelo. Cuando le fue a dar un beso en la mejilla, su abuelo le hizo recordar la conversación que habían mantenido por la mañana.

-Soraya, recuerda – le advirtió – no cuentes a nadie que te lo he dicho. No tengas miedo a lo desconocido y hallaras tus respuestas, si tu crees en ellos.

Soraya, se fue a su casa con una extraña sensación en el estómago. Pensaba en las palabras de su abuelo, de la seguridad y confianza en las que se las mencionó…Creer en que en verdad su abuelo había visto a una elfa y que ella, Soraya había dejado de creer en las historias de fantasía porque no se sentía una niña.

Un domingo sus padres decidieron ir a pasar el día en el bosque. Prepararon unos cuantos sándwichs y bebidas y se encaminaron a pasar un domingo diferente, al aire libre.

-Lo tenemos todo? – pregunto su madre

-Sí, lo llevamos todo en los asientes de atrás. No te preocupes, no nos olvidamos nada. – le tranquilizó su marido.

Soraya miraba por la ventanilla. Un verde y precioso paisaje veían sus ojos. Ya habían dejado atrás el ruido de los coches. Estaban subiendo por una alta colina que les llevaría al sendero, donde allí tendrían que aparcar el coche y seguir andando.

-Me parece que ya hemos llegado! – Exclamo con entusiasmo su padre.

-Qué bien! , – dijeron al unísono madre e hija.

Bajaron del coche y un sol radiante le dio en la cara, dándole la bienvenida. Estuvieron contemplando largo rato el paisaje que tenían delante.

El cielo tenia un tono azul oscuro y sobre la cima de la montaña se apreciaba en el fondo una masa de nubes blancas y espesas que parecían de algodón. A los pies de la montaña, una llanura cubierta de hierba verde, como una alfombra que la recubre.

En el centro un camino serpenteante llamó la atención de Soraya. A ambos lado del sendero varios árboles se iban haciendo mas pequeños a medida que dirigían sus miradas hacia al fondo del camino. El lugar produce una sensación de calma y tranquilidad.

De esta forma, Soraya junto a sus cosas se encaminó junto a sus padres y se dirigieron hacía al bosque, cruzando un sendero de piedra.

-Mamá, voy a pasear un poco por el bosque – aseguró levantándose de donde estaba sentada.

-De acuerdo, pero no te alejes mucho – le advirtió su madre

-Tranquila, no me alejaré… – aunque su mente pensaba en poder investigar aquél hermoso lugar.

Mientras caminaba saboreaba la brisa veraniega, respiraba abriendo los brazos y cerrando los ojos el aire libre, que le inundaba una armonía que hacía tiempo no había experimentado.

Tras caminar un rato y pararse en cada hermosa flor que veía, se percató que se había alejado más de lo debido, aunque recordaba el camino; estaba segura.

De repente notó que el lugar se encontraba más silencioso. Los pájaros habían dejado de piar, apenas se oían las hojas moverse de los árboles. Parecía que el bosque había acallado las voces de todo lo que le rodeaba. Empezó a sentir un extraño presentimiento, un escalofrío recorrió su cuerpo, paralizada ante el temor de encontrarse sola y no poder gritar para evitar tener mas miedo.

-Zic, Zac, Zic, Zac…. – Pasos.

-¿Quien anda por aquí? – preguntó con nerviosismo al oír unos pasos cerca de ella

-Zic, Zac, Zic, Zac…. – Eso me pregunto yo…¿Quien eres?

Una fina y dulce voz resonó en el bosque silencioso. Soraya miró a su alrededor sin alcanzar a ver a nadie.

-Estoy aquí – afirmó.

-¿Donde? – pregunto Soraya, ya nerviosa

-Aquí abajo, a tus pies. – Si es que puedes verme claro. Si has podido oírme podrás verme también.

Se agachó lentamente, con prudencia. El corazón le palpitaba; se encontraba nerviosa. Entonces sus ojos vieron una pequeña y diminuta criatura con alas hermosas y radiantes, cuyas orejas tenían la forma puntiaguda. Su piel de tonalidad pálida resaltaba sus ojos color turquesa. Sus labios finos y sedoso le hacían resaltar aún más sus mejillas sonrosadas. Sus cabellos eran largos y muy lisos de color azabache. Medía unos trece centímetros, calculó.

Soraya quedó hipnotizada por breves instantes. Entonces recordó las palabras de su abuelo la última vez que lo vio. “Nunca digas que no existen, negar que puedan existir seres a los que no has visto”.

-Zic, Zac, Zic, Zac…. – más pasos.

A su alredor se encontró con más elfas y el elfos, seres que ella misma había dejado de creer. En su mente se decía que no podía ser verdad, que no podía ser real. Pero la realidad era que los estaba viendo, que estaban con ella.

-Mi nombre es Lima, pocos son humanos a los que hemos visto durante estos años. O mejor dicho, ellos no nos han podido ver – dijo con su dulce voz.

-No lo entiendo… – preguntó Soraya. ¿Los humanos no os pueden ver?

-Así es. Pero tú sí has podido hacerlo. – dijo la elfa encogiéndose de hombros.

-Aun recuerdo hace muchos años a un joven aventurero en busca de piedras preciosas que iba recolectando a medida que caminaba y se cruzó en nuestro campamento y nos vio. Muchos otros han pasado y no nos han oído ni nos han podido ver. El porqué todavía es un misterio. Sólo la madre natura lo sabe. – dijo Lima, mirando a la niña.

-¿Recuerdas su nombre? – preguntó por curiosidad

-Sí, su nombre era Pedro. – dijo sonriendo amigablemente

-Así se llama mi abuelo! – exclamó Soraya, abriendo los ojos como platos.

-Podría ser – Nosotros nunca olvidamos a aquéllos humanos que sí han podido vernos, al igual que tú. A ti nunca podremos borrar de nuestra mente el que tengas el don de habernos visto. Si Pedro era o es tu abuelo, cabe una posibilidad que tú, si nieta también puedas vernos.

-Todavía no me lo creo – dijo alucinando Soraya

-Pues va siendo hora que aceptes que si puedes. Que entiendas que existimos, que somos reales y tienes la suerte de que pocos humanos excepto tu como tu abuelo y otros humanos hayáis tenido la suerte de poder vernos.

-Soraya, has hallado el tesoro más valioso. estas frente al roble bicentenario. Aquí vivimos en comunidad todos nosotros y en este lugar guardamos un tesoro muy valioso.

-¿A qué os dedicáis?, preguntó

-Nos dedicamos los elfos del bosque a fabricar perfumes con olores a flores frescas, lilas, hojas de te, amapolas.. – Mira – Ven.

Guiándose por la magia del amor, una melodía resonó en sus oídos. Mientras se aproximaba vio como muchos otros elfos iban fabricando los perfumes a medida que escuchaban y bailaban al son de la música a su alrededor. Por otro lado, Lima le enseño su mundo, un mundo en el que también otros elfos se dedicaban a ejercer la agilidad con la espada, el arco y la flecha a modo de defensa.

-El amor es nuestro lema, la soledad nuestra enemiga. – declaró Lima.

-Ven un segundo, Soraya – quiero enseñarte una cosa.

Lima le enseño una perla del color del cielo. iluminaba como si a su alrededor contuviera una luz invisible al ojo humano. Brillaba con intensidad. La elfa la cogió y los demás elfos se colocaron a su lado.

-Soraya, no sé si algún humano nos volverá a ver y si tendrá el corazón como el tuyo. Te doy la perla de la felicidad. Quiero y deseo que la guardes, es nuestro tesoro, es demasiado valioso y peligroso para que lo tengamos en el bosque.

-Lima, ¿estás segura?, – dijo dubitativa…

-Sí, segura. Significa mucho para mi que la guardes tú. Conocí a tu abuelo. Y fue un muchacho al que recuerdo como si fuera ayer. Se parece mucho a tí. – dijo esbozando una sonrisa.

-De acuerdo, Lima. Si este es vuestro deseo, te prometo que estará a salvo.

-Ah, otra cosa. Debes guardarla durante toda tu vida. Ya que de este modo seguiremos existiendo. Que seamos inmortales no significa que algún día desaparezcamos…

-Y que pasará cuando yo envejezca, agregó Soraya.

-De tu vientre nacerá una niña que podrá vernos – dijo un elfo del bosque; vidente. Cuando sea el momento, tráela aquí, por favor. Sangre de tu sangre…ella nos podrá también ver. La perla deberá pasar de madre e hija, cuando ésta sea mayor. Y de generación en generacional podremos existir. Y así sucesivamente.

-Soraya sin palabras, no pudo más que asentir. – Así lo haré. Os lo prometo. Creo en vosotros y no dejaré que os pase nada malo. Una lágrima de despedida resbaló por la mejilla de la niña que despidiéndose de los elfos les prometió que cuidaría de la perla de la felicidad.

Unos gritos, los de sus padres la llamaban constantemente.

-Soraya, hija…¿Donde te has metido?

-Aquí, aquí… – respondió la niña – mientras se estaba despidiéndose de los elfos.

-Hija mía, te hemos dicho que no te alejaras… – le abrazó su madre. Me tenías preocupada

-Perdona mamá.. – Me he desviado del camino – dijo mirando al árbol bicentenario.

Mientras recogían las cosas para irse. Y una vez en el coche. Soraya desvió la mirada atrás y hablando con los labios en silencio dijo: Regresaré. Nunca os olvidaré.

Anuncios
Categorías: Etiquetas:

1 Comment

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s